Revolví los cajones del tiempo,
y de ellos surgieron espejos,
no eran solo fotos,
eran ventanas abiertas al ayer,
una máquina del tiempo en blanco y negro,
que me trajo a ti, abuelo,
cuya voz ahora es un susurro olvidado
en la vastedad de mi memoria.
Tu sonrisa, congelada en ese instante,
me habla de días que se han desvanecido,
de un amor que aún resuena
en los rincones más profundos de mi ser.
Te necesito, hoy más que nunca,
en esta soledad que no entiende de ausencias,
en esta búsqueda de un abrazo
que solo el pasado puede ofrecer.
Y luego, otra imagen,
el jardín de infantes, la inocencia,
y a mi lado, esa presencia olvidada,
la mujer que una vez amé,
y que aún hoy,
en lo más íntimo de mi corazón,
sigue siendo el amor de mi vida.
¿Cómo no la vi antes?
Tan cerca, tan lejana.
El tiempo, cruel y ciego,
nos ha llevado por caminos distintos,
pero en esa fotografía
todo parece tan sencillo,
como si el destino nos hubiera dado
una última oportunidad de ser felices.
Ahora, estas fotos duermen conmigo,
testigos mudos de lo que fue y no será,
recuerdos que se aferran a mi alma
con la fuerza de mil nostalgias.
Y yo, perdido en esta melancolía,
me pregunto si alguna vez
volveré a escuchar tu voz, abuelo,
o a sentir su amor,
como lo sentí en ese tiempo
que ya no me pertenece.
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Estanislao José de Rosas
Militante, estudiante de Relaciones Internacionales y Bartender. Suelo decir que San Martín es el ídolo de los chicos y Juan Manuel de Rosas, el de los hombres.
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