cómo no pensarle en cuanto la mañana llega.
le escribo, porque no hace falta que esté cerca para que mi cabeza decida hundirse en un mar de pensamientos tan llenos de él. he dado por hecho que mi mirada nunca dejará de buscar la suya, por más que el tiempo pase por encima, tan rápido que apenas se deje percibir; mis ojos locos de amor siempre querrán cruzarse con los distraídos suyos.
lo confieso, pienso que es hermoso. la forma tan genuina que tiene de caminar por el mundo junto a mí, esa ternura que lo envuelve como si la palabra misma y su significado brotaran de sí, de cada minúsculo detalle que lo hace ser él mismo.
sí, es agosto y sigo enamorándome. de cada palabra directa, de cada beso —desde aquel más dulce, hasta el más posesivo— que me ha dado, de cada caricia que me ha regalado. de esa risa que cada vez se escapa de entre sus labios cuando está nervioso y trata de esconderlo, de las expresiones más pequeñas que a veces dicen más que las palabras, de sus dos manos frías con las que adora helarme por las noches, pero que no me canso de sostener para llenarlas de calor.
es verdad que todo lo veo en él. y sé que si no estuviera cerca ahora, aún podría sentirlo. en los silencios que no soporto, en un cielo despejado precioso y en las hojas de tonos verdes algo desgastadas que todavía no terminan de caer. lo veo a él en todo. y si fuera capaz de retroceder el tiempo para cambiar este momento, ocuparía toda mi vida para no hacerlo.
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