Sentada en la azotea, bajo un cielo estrellado,recuerdo a ese amor que creí haber amado.
Viví prisionera de su risa y su voz, de brazos que envolvían y juraban los dos. Hoy miro su sombra y no sé quién será, el hombre que fue mío ya no existe.
Se volvió un extraño, un rostro sin paz, un monstruo que hiere sin mirar atrás. Prometió quererme, prometió quedarse, y aprendió, sin culpa, el arte de lastimar.
Me obligó a detenerme, a no mirar igual, a entender que su amor sabía lastimar. Sigo aferrada a un cuerpo sin identidad, a un nombre vacío, a una falsa verdad.
El amor de mi vida se perdió en su piel, o tal vez nunca hubo un “nosotros” en él. Quizá no fue amor, quizá fue error, quizá amé dos rostros del mismo dolor.
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