mobile isologo
buscar...

Dos grados de diferencia

Ir#167

May 2, 2026

30
Dos grados de diferencia
Empieza a escribir gratis en quaderno

Nadie vendrá a buscarme.

Grito mi última noche en la ciudad de la furia desde la ventana de un desconocido que, no hace mucho, había hecho un análisis demasiado básico y severo sobre quién era yo. Me enojé. Pensé en Bruno, en cómo al principio siempre venía a buscarme cuando hacía berrinches así. Hace dos años.

Ahora me estoy yendo. Siempre duele viajar en avión.

Vuelvo al ventanal del pulmón. Esta vez no hay un Bruno que venga a buscarme. No lo extraño, pero hay una nostalgia que se deja saborear. Vi una foto del felino, tan vieja como la historia misma, y me fui a acostar junto a un hombre que no me valora, y yo menos.

Somos desconocidos que se conocen íntimamente. No me asquea.

Casi cedo a una lágrima.

No soy la que era. Es sobre Buenos Aires.

Seguramente cuando viva acá saque muchas menos fotos de las que imagino ahora, como en este viaje, donde también saqué menos de las que proyecté. Aun así, algunas quedaron. Antes alcanzaban. Ahora no.

Las miro y me sirven. Para eso sirven. A veces me molestan. Recuerdo con una nitidez incómoda ese lugar donde todo parecía durar lo que dura el verano. Por suerte, salí muy linda.

Nunca fui fanática de las señales, pero siempre hubo un susurro en el alma que me hacía sentir conectada con ciertas coincidencias. Como si el azar tuviera algo de magia. Algo absurdo y, aun así, propio.

Entre todas mis tragedias, la peor es sentir poco.

Sé que solo los muertos no sienten, pero cuando se trata de mí, entre sentir poco y no sentir hay apenas dos grados de diferencia. El primero: respiro. El segundo: no tengo que ser cobarde.

Como decía, esto es sobre Buenos Aires. Cada amor estuvo ahí, incluso desde mi infancia. Roberto Goyeneche bailaba piantao conmigo por la nueve de julio en mis sueños. Después vino el delirio de una provinciana con más esperanza que realidad. Después la promesa de amor eterno. Después la libertad de elegir, irse, no volver.

Después entender que mi ser estaba ligado a esta ciudad sin saber por qué.

Fumé un cigarrillo. Recordé a B diciéndome que soy crítica, rígida. Dejé caer esa tristeza baja, esa cosa de utilidad, de prejuicio.

Dormí acompañada. No era el amor de mi vida, ni siquiera un amigo. Un desconocido.

Todo fue insignificante.

Y, sin embargo, no fue automático. No fue costumbre.

Ahora vuelvo a mi hogar. A lo conocido, a lo que me aburre, a lo que casi nunca extrañé, salvo en esos momentos en que me sentí ajena a mi propia ciudad helada. Ahí extrañé el abrazo materno, los besos de la abuela.

Vuelvo sin peso.

A mi único amor, que sobrevivió a los años y a mis cambios, no lo extraño.

No lo necesito extrañar.

Ir

Comentarios

No hay comentarios todavía, sé el primero!

Debes iniciar sesión para comentar

Iniciar sesión