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Dos ensayos sobre la Argentina cíclica 

Abr 18, 2026

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Dos ensayos sobre la Argentina cíclica 
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Dos ensayos sobre la Argentina cíclica 

La mesa que no cambia y el tablero que se rompe 

Ignacio Uriel Galetto Rodríguez 

· Betanzos, Galicia · Abril de 2026 

Índice 

Ensayo I · La calesita de Polémica en el bar 

I. La mesa como república en miniatura 

II. La era Sofovich: cuando el humor le ganaba a la política 

III. El capítulo Menem: cuando Sofovich fue Cavallo 

IV. Norma Plá, abril de 1994: la clase de civismo que el menemismo nunca esperó 

V. El capítulo Superman: cuando el pueblo se muere y el programa se queda sin chistes 

VI. La calesita: por qué este programa demuestra que Argentina es cíclica 

VII. Posdata esperanzada: la primera mesa distinta en sesenta años 

Ensayo II · El tablero roto 

Prólogo: el fin del mundo que conocíamos 

I. El mundo antes de entender el mundo: el marco teórico 

II. Estados Unidos: el hegemón que se cansa de serlo 

III. China: el ascenso que ya no disimula 

IV. Argentina: el país que nunca puede elegir su destino en paz 

V. España: el puente que no quiere quedar atrapado entre dos trenes 

VI. Las relaciones bilaterales: el mapa complejo 

VII. Los recursos: la geografía del poder del siglo XXI 

VIII. Los escenarios futuros: ¿qué puede pasar? 

IX. La perspectiva minarquista: instituciones, no voluntades 

Epílogo: cuatro países mirando el mismo cielo 

Bibliografía y referencias 

 

Ensayo I 

La calesita de Polémica en el bar 

Sesenta y dos años de la misma discusión, y por qué todavía tengo esperanza 

Por Ignacio Uriel Galetto Rodríguez 

Hay un programa de televisión argentino que, sin proponérselo, se convirtió en la prueba más contundente de una tesis incómoda: que la Argentina no avanza, gira. Que no camina, pedalea en el aire. Que no es una flecha que apunta hacia el futuro, sino una calesita que pasa por los mismos caballitos una y otra vez, y cada tanto nos deja agarrar la sortija para convencernos de que algo cambió. 

Ese programa se llama Polémica en el bar, nació en 1963 como un sketch dentro de Operación Ja-Ja, lo inventaron los hermanos Gerardo y Hugo Sofovich, y sigue al aire en 2026. Seis décadas largas. Once presidentes. Dos hiperinflaciones. Una dictadura. Cuatro defaults. Tres mundiales ganados. Un intento de magnicidio. Un plan de convertibilidad, un corralito, un cepo, una motosierra. Y el programa, impertérrito, con la misma mesa de café, el mismo mostrador, el mismo gallego atrás, y los mismos cinco tipos discutiendo exactamente lo mismo. 

Quiero escribir sobre este programa porque creo que es, sin saberlo, el mejor ensayo político que se produjo nunca sobre mi país. Y quiero escribirlo ahora, cuando por primera vez siento que algo podría empezar a cambiar, aunque sea un poco, aunque sea lentamente. Lo escribo con el cuidado del que teme equivocarse: mirar Polémica en el bar es mirar cuántas veces los argentinos creímos que algo iba a cambiar, y cuántas veces terminamos, unos años después, en el caballito de siempre. 

I. La mesa como república en miniatura 

La primera mesa de Polémica, en 1964, fue un acto de ingeniería sociológica disfrazado de humor. Gerardo Sofovich sentó a cinco personajes y cada uno representaba, con una precisión que hoy los manuales de ciencia política envidiarían, un sector de la sociedad argentina. 

Estaba Juan Carlos Altavista como Minguito Tinguitella, el grasa de barrio, el hijo de inmigrantes, el laburante. Altavista se vestía con la ropa de su padre, un matricero humilde: sombrero, camisa, saco, echarpe, un escarbadientes entre los dientes, zapatillas de paño. No era un disfraz, era un homenaje. Minguito era el pueblo argentino en carne y hueso: picardía, ternura, bondad, trabajo, y esa mezcla tan nuestra de resignación y esperanza. Estaba Jorge Porcel, el porteño que se las sabe todas, el pícaro urbano, el rey del chiste. Estaba Carlos Carella, el intelectual, el que leía. Estaba Rodolfo Crespi, el aburguesado conservador. Y atrás del mostrador, Alberto Irízar como el gallego dueño del bar, y Vicente La Russa como “El Preso”, su ayudante. 

Ahí estaba la Argentina entera metida en ocho metros cuadrados. El trabajador, el vivo, el ilustrado, el burgués, el inmigrante, el marginal. Sofovich no escribió un tratado, armó una mesa. Y la mesa habló sola. 

A partir de 1972 el programa se volvió independiente. Se sumaron Fidel Pintos como el chanta sanatero —ese personaje eterno de la política argentina, el que habla confuso para no decir nada—, Javier Portales reemplazando a Carella en el rol de intelectual, Adolfo García Grau como el hombre de clase media, y Rolo Puente. Era una ONU criolla. Cada uno tenía asignado su lugar en la discusión, y la fuerza del programa estaba en que las posiciones eran predecibles: se sabía lo que iba a decir cada uno antes de que abriera la boca. Como en la política argentina. 

La genialidad de Sofovich no fue crear personajes. Fue darse cuenta de que los personajes ya existían en la calle, y que lo único que tenía que hacer era poner una cámara. 

II. La era Sofovich: cuando el humor le ganaba a la política 

Los años ochenta fueron la época dorada del programa. Gerardo Sofovich, peleado con su hermano Hugo, tomó el mando absoluto. La mesa llegó a picos de sesenta puntos de rating, un número que hoy parece ciencia ficción y que en ese momento significaba que la mitad del país estaba sentada frente al televisor mirando a cinco tipos tomar café. Minguito, Porcel, Mario Sánchez, Julio de Grazia, Rolo Puente. Por la barra del bar pasaban Plácido Domingo, Sandro y Diego Maradona a saludar. El programa empezaba con Porcel acodado en el mostrador, Minguito entrando con su clásico “¿Qué hacé, tri tri?”, y a partir de ahí la Argentina se detenía. 

Hay detalles de esa época que ya no recuerda nadie, o que sólo guardan los que vivieron aquella televisión en tiempo real. El programa se grababa con público en el estudio, y Sofovich armaba la mesa mezclando a los parroquianos fijos con un invitado que rotaba cada semana. Podía ser Álvaro Alsogaray, podía ser un futbolista, podía ser un cantante de tango. Los libretos los escribía el propio Sofovich, muchas veces minutos antes de salir al aire, y solían ser apenas una hoja con puntos sueltos: el resto lo hacían los actores. Fidel Pintos improvisaba en estado puro: su sanata era tan impecable que los demás a veces se quedaban sin respuesta y se tapaban la cara para no cagarse de risa en cámara. Javier Portales, el intelectual, leía con anteojos puestos títulos de diarios que muchas veces ni siquiera estaban ahí. Rolo Puente tenía una carpeta que abría cuando se trababa, pero adentro estaba vacía. 

El tango que abría el programa, Cafetín de Buenos Aires de Discépolo en la voz de Edmundo Rivero, no era un detalle menor. “De chiquilín te miraba de afuera / como a esas cosas que nunca se alcanzan…”. Sofovich entendía que el bar no era un bar, era una iglesia laica, el único lugar donde un trabajador, un intelectual y un burgués todavía podían sentarse a la misma mesa y discutir sin matarse. La televisión argentina, en ese rato, se convertía en el último espacio público de un país que ya empezaba a fragmentarse. 

Un detalle que casi nadie menciona: en esos años, Gustavo Sofovich, hijo de Gerardo, era un chico que crecía entre los estudios de Canal 7 y los camarines del teatro Maipo. Se crió entre Minguito, Porcel y Pintos. Años después contaría públicamente, con una honestidad brutal, que se drogó durante treinta años seguidos, que su padre nunca lo supo, y que hoy lleva la herencia del programa sin caer en la trampa que lo estuvo a punto de matar. Esa historia —la del hijo del creador de Polémica peleando contra una adicción que nació cuando Minguito todavía hacía reír al país— es otra manera de contar la Argentina: la del hijo que tiene que reconstruirse después del padre. 

El final trágico y perfecto de esa era llegó el 20 de julio de 1989, Día del Amigo. Juan Carlos Altavista se descompensó en el set de Polémica en el bar, vestido de Minguito, con el sombrero puesto y el escarbadientes en los labios. Murió caracterizado como su personaje. Se fue con el traje puesto. No hay mejor metáfora posible: el pueblo argentino muriéndose en el escenario donde había venido a hacer reír. 

III. El capítulo Menem: cuando Sofovich fue Cavallo 

Los noventa cambiaron todo. El programa se volvió político, pero no como antes. En los ochenta, Minguito y Portales discutían la inflación o la deuda externa con una distancia paródica: el humor ganaba la batalla antes de que empezara. En los noventa, Sofovich pasó a sentarse en la mesa, y dejó de ser un maestro de ceremonias para volverse un protagonista ideológico. Se había hecho íntimo amigo de Carlos Menem. Había sido interventor de ATC, la televisión pública, por designación presidencial. Ya no era un humorista dirigiendo humoristas: era un menemista de primera hora rodeado de periodistas menemistas. 

Menem se sentó en la mesa en plena campaña de 1995, a días de la reelección. Álvaro Alsogaray también pasó por ahí. El programa se volvió una especie de ateneo oficialista con chistes. Se sumaron periodistas como Luis Beldi —que algunos describieron, sin cariño, como “el Majul de Menem”—, Hugo Gambini, Ernesto Cherquis Bialo, César Jaroslavsky. Ya no era la mesa de la república: era la mesa del gobierno. 

Y entonces pasó algo que ningún libreto había previsto. 

IV. Norma Plá, abril de 1994: la clase de civismo que el menemismo nunca esperó 

Este episodio merece un capítulo aparte, porque es, sin exageración, uno de los momentos más poderosos de la historia de la televisión argentina. Y porque explica, él solo, por qué este país necesita que la intelectualidad le gane de una vez al gorilismo. 

Norma Beatriz Guimil —Norma Plá, por el apellido de su marido— nació en 1932, hija de un guarda de tranvías y una empleada doméstica que trabajaba, curiosamente, en la casa de la familia Martínez de Hoz. Creció en Villa Domínico. Dejó la escuela en tercer grado. Empezó a trabajar a los trece años: limpieza, una fábrica textil, Bagley, casas particulares, una fábrica de huesos para perros. Nunca tuvo un trabajo registrado. Nunca pudo jubilarse, aunque laburó desde los trece hasta los sesenta y dos años. Cuando su marido murió, le quedó una pensión de ciento cincuenta pesos —que en la convertibilidad eran ciento cincuenta dólares— y ahí empezó todo. 

Plá se convirtió en la cara visible de las marchas de jubilados frente al Congreso. Todos los miércoles. Durante cinco años seguidos. Acampó más de cien días en Plaza Lavalle. Fue detenida veintitrés veces. Le tiraban huevos y harina al Congreso. Mandó una corona fúnebre a la casa de Cavallo. Organizó choripaneadas frente a la residencia del ministro de Economía. Se subió a un escenario con Mijail Gorbachov de invitado y le gritó que le dijera al mundo que los jubilados argentinos estaban cagados de hambre. Le hizo llorar a Cavallo en el Congreso recordándole que él también tenía padres jubilados. 

En abril de 1994, la invitaron a Polémica en el bar. La mesa estaba conformada así: Gerardo Sofovich al frente, y a su lado Luis Beldi, Hugo Gambini y otros periodistas abiertamente oficialistas. La única mujer era ella. La única invitada a la que no aplaudieron cuando entró. La intención era clara: ridiculizarla. Exhibir a la vieja loca, la que tiraba huevos, la que molestaba en la plaza, y dejarla en evidencia frente a la cámara. 

Lo que pasó fue exactamente al revés. 

Norma se sentó, dejó que Sofovich hiciera su presentación condescendiente —“si le parece, si-le-pa-re-ce, vamos a tratar de tener un diálogo ordenado, queremos escucharla”— y arrancó con una calma demoledora: 

—Yo quiero que me escuche el ministro de Economía y el señor Presidente también, porque nunca pudimos llegar a un diálogo con él. 

Durante una hora, una mujer que había hecho tercer grado de primaria les dio a cinco periodistas profesionales una clase magistral sobre el Estado, sobre el origen de la violencia política, sobre la dignidad cívica, sobre el derecho a la rebelión, sobre el respeto a los mayores. No gritó. No se desbordó. Habló. Hablaba y la mesa se iba quedando sin municiones. En un momento, Sofovich intentó el argumento meritocrático clásico del menemismo —él había progresado trabajando, cualquiera podía hacer lo mismo— y Norma lo desarmó con dos frases: 

—Yo salí a luchar cuando tuve hambre. Usted, cuando tenga hambre, si algún día tiene hambre, va a salir a luchar también. 

El silencio que siguió lo cuentan todos los que lo vieron. Sofovich se quedó callado. Beldi bajó la vista. La mesa entera, que había venido a ridiculizarla, terminó aplaudiéndola para no quedar peor de lo que ya había quedado. El tiro les salió por la culata, como suele pasar cuando el poder se confía. 

Norma murió dos años después, en junio de 1996, de un cáncer de mama. Nunca pudo jubilarse. Pidió que sus cenizas fueran esparcidas en Plaza Lavalle, donde había dormido más de cien noches peleando por los jubilados. La mitad de sus cenizas están ahí; la otra mitad, en la casa de su hija en Temperley. 

Lo que hizo Norma Plá en aquella mesa es, para mí, una de las lecciones más importantes que dio la televisión argentina: el argumento bien construido, dicho por alguien que sabe de qué habla porque lo vivió, derrota a cualquier operación mediática. La verdad le puede ganar al poder aun cuando el poder tiene la mesa, las cámaras y el libreto. Pero hay un detalle que me duele: tuvimos que esperar a que una jubilada de Temperley, con tercer grado, viniera a enseñarnos lo que la intelectualidad argentina debería haber estado enseñando desde hace décadas. La mesa de Polémica, llena de universitarios, fue refutada por una mujer que no pudo terminar la primaria. Algo dice eso sobre nuestra intelectualidad. 

V. El capítulo Superman: cuando el pueblo se muere y el programa se queda sin chistes 

Adelanto rápido hasta abril de 2016. Polémica en el bar había vuelto al aire en Telefe, bajo la producción de Gustavo Sofovich —el hijo que se había criado entre la mesa y las drogas— y con Mariano Iúdica como conductor. Minguito ya no era Juan Carlos Altavista, fallecido hacía casi treinta años: lo interpretaba Miguel Ángel Rodríguez, yerno de Altavista, con una devoción que todavía hoy emociona. Rodríguez le había pedido permiso a la familia antes de ponerse el sombrero y el escarbadientes. No quería suplantar, quería continuar. 

El sábado 16 de abril de 2016, en la fiesta electrónica Time Warp en Costa Salguero, cinco jóvenes de entre veintiuno y veinticinco años murieron por consumir una pastilla conocida como “Superman”. Otros cinco quedaron internados en estado crítico. El nombre de la droga era brutalmente simbólico: se vendía con el logo del superhéroe, como una promesa de invencibilidad en forma de comprimido. Cinco chicos la tomaron buscando volar, y terminaron estrellándose contra el piso de un hospital. La noticia paralizó al país durante una semana. 

La pregunta obvia era cómo iba a tocar el tema un programa que, en los noventa, se había llenado de chicas ligeras y chistes subidos de tono. La respuesta la dio Minguito. En el programa del lunes siguiente, Miguel Ángel Rodríguez entró caracterizado, se sentó a la mesa, y en lugar de hacer gags pidió silencio. Lo que vino después se subió ese mismo martes al canal oficial de YouTube del programa con un título que lo dice todo: “La emotiva reflexión de Minguito por los fallecidos en la fiesta electrónica”. El video sigue online casi diez años más tarde, y cada tanto vuelve a hacerse viral. Lo miré otra vez para escribir este ensayo, y sigue pegando igual. 

El monólogo arranca con una frase que parece de tango: 

—Hay una cosa que es segura, que es el tema de la muerte. Es delicado. Vinimos a este mundo y sólo tenemos una cosa asegurada: el final de la historia. Ese final, dejalo, pibe, piba, que lo elija el que está arriba, el que vos creas. Dejalo. El camino está para hacerlo. Hacelo. 

Ahí Minguito ya dejó claro que no venía a hacer humor. Venía a pedirle al pueblo que no se entregara. La idea es filosófica y vieja, pero dicha con la voz del grasa de barrio, con el escarbadientes entre los dientes, le pega diferente. Es tu viejo el que te está hablando. Es el padre que no tuvimos o el padre que tuvimos. Es la voz del país humilde que no se resigna. 

Después vino el golpe más fuerte. Minguito se puso serio y habló del negocio que hay detrás: 

—El tema de la falopa es un puro negocio de otros veinte hijos de p… que arman esto para ganar un sope. Y vos te jodés. ¿Pa qué te jodés? Si la vida es hermosa. 

Es una línea que parece simple pero es política en el mejor sentido. Minguito no estaba moralizando contra los pibes que toman la pastilla: estaba señalando la cadena económica que se enriquece adulterando pastillas y vendiéndolas en fiestas. No hay sermón, hay denuncia. Es el viejo del barrio explicándole al nieto que el que le vende el caramelo envenenado no es un amigo. Y lo dijo en televisión abierta, en un programa que producía un ex adicto, en un país que hacía décadas no quería hablar en serio del tema. 

Y entonces vino la parte que le dio el nombre al capítulo, y la frase que el propio canal oficial eligió destacar en el título de la pieza: 

—¿Superman, la pastilla? ¿Superman? ¿Y vos la tomás? No, pibe. Pa ser Superman la transitás a la vida. Estudiá, progresá, enamorate, armá una familia, tené los pibes, y cuando ellos te miran a los ojos y te dicen “papá, te quiero”, ahí sos Superman. ¿Qué pastilla? 

Le cambió el sentido a la marca, que es lo más difícil que se puede hacer en cultura popular. Durante toda esa semana la palabra “Superman” había sido sinónimo de muerte, de pastilla adulterada, de velorio de pibe. Minguito, en treinta segundos, le devolvió la palabra a su dueño: Superman no es el que se cree invencible por dos horas, es el que se banca treinta años siendo padre. No es el atajo. Es la vida entera. 

Y cerró con una frase que, releída hoy, me sigue haciendo ruido: 

—Paren con que la Argentina es un país de tránsito. País de tránsito a la muerte están llevando a estos pibes. 

Esa línea es política dura disfrazada de mensaje televisivo. Durante años el gobierno de turno había repetido, para lavarse la cara, que “la Argentina no es un país productor, es un país de tránsito” —es decir, que la droga que circula acá es para exportar y que por lo tanto el problema no es tan nuestro. Minguito lo demolió con una frase: el tránsito es hacia el cementerio, y los que están en el tránsito son nuestros hijos. No importa si la pastilla salió de Holanda o de Rosario. Los muertos son argentinos. 

Lo que le dio peso a ese monólogo no fue sólo la actuación. Fue que atrás del libreto estaba Gustavo Sofovich, un hombre que se había drogado treinta años seguidos, que había sobrevivido a cosas que no sobrevive casi nadie, y que estaba escribiendo, a través de la voz de Minguito, una carta a un pueblo que se estaba muriendo de algo que él conocía de primera mano. El hijo de Gerardo, escondido detrás del personaje que había creado su padre, hablando sobre la trampa que él mismo había vivido. Ese mes, además, Gustavo cumplía exactamente dos años limpio: había dejado de consumir el 27 de abril de 2014. El monólogo de Minguito salió al aire días antes de ese aniversario. No hace falta ser sutil para ver la capa de significado personal que hay ahí: no era un guion televisivo, era una confesión encriptada. 

Por eso, aun con toda la decadencia del ciclo moderno, yo creo que ese monólogo es uno de los pocos momentos en treinta años en que Polémica en el bar volvió a ser lo que fue en 1964. Una mesa del pueblo hablándole al pueblo. Sin libreto político, sin oficialismo, sin chiste fácil. Con el viejo del barrio diciendo lo que había que decir. 

Ahora hago el puente con mi tesis, porque este capítulo no es sólo sobre las drogas. El Superman, la pastilla, es una metáfora exacta del problema argentino. La misma lógica que hace que un pibe se trague un comprimido para sentirse invencible un sábado a la madrugada es la que hace que un país vote, cada doce años, a alguien que promete arreglar en dos semanas lo que se rompió durante décadas. Es el Superman electoral. El atajo. La pastilla mágica. “Con la democracia se come, se cura y se educa”. “Síganme, no los voy a defraudar”. “Pobreza cero”. “En dos años esto se arregla”. La Argentina se pasa la vida tomando Superman. Y siempre termina igual: cinco chicos muertos en una fiesta, o cuarenta millones de argentinos mirando cómo se devalúa otra vez lo que habían ahorrado, o una hiperinflación, o un corralito, o un cepo. 

Lo que Minguito le dijo a los pibes en abril de 2016 es exactamente lo que yo, como minarquista, le diría a mi país: no hay pastilla. Superman no existe. No hay atajo. Se construye lentamente, con instituciones aburridas, con reglas estables, con paciencia. Se es padre, en el sentido político del término, durante treinta años seguidos. O no se es. 

VI. La calesita: por qué este programa demuestra que Argentina es cíclica 

Vuelvo a la tesis que me llevó a escribir este ensayo. Creo que Polémica en el bar es, sin proponérselo, la prueba más sólida de que la Argentina es cíclica. 

Miren la secuencia. En 1991, Cavallo ajusta el gasto y los jubilados salen a la calle. Norma Plá se hace famosa en 1994 peleando por una jubilación mínima de cuatrocientos cincuenta pesos. El programa discute si el Estado tiene plata o no la tiene. En 2017, Macri impulsa una reforma previsional, los jubilados vuelven a salir a la calle, hay represión en el Congreso, y el programa discute si el Estado tiene plata o no la tiene. En 2024, Milei veta un aumento jubilatorio aprobado por el Congreso, los miércoles vuelven a haber movilizaciones frente al Congreso, y el programa —ahora conducido por Mariano Iúdica en su edición 2025, con Maslatón, Marina Calabró, Nazareno Casero, Diego Moranzoni y compañía— discute si el Estado tiene plata o no la tiene. 

Treinta años. Tres gobiernos de signos distintos. La misma mesa. La misma discusión. Los nombres de los polemistas cambian —donde estaba Porcel hoy está Maslatón, donde estaba Portales hoy hay algún periodista leído, donde estaba Pintos hoy hay algún personaje mediático que habla sin decir nada— pero los arquetipos son exactamente los mismos. Porque los arquetipos no son los actores. Son el país. 

Si usted agarra un episodio de Polémica de 1984, uno de 1994, uno de 2004, uno de 2017 y uno del mes pasado, y los mira en fila, va a sentir una cosa angustiante: está mirando el mismo programa. Los temas son los mismos. Los argumentos son los mismos. Las peleas son las mismas. Incluso las frases son las mismas, repetidas con treinta años de diferencia por cinco tipos distintos que creen estar siendo originales. Cambia la estética, cambia la calidad de la cámara, cambia el canal. No cambia la conversación. 

Y ahí está, para mí, el dato más político que produjo la televisión argentina: no es que los gobernantes fracasan por incapaces. Es que el país entero entra en la discusión equivocada, y una vez adentro, no hay manera de salir. La mesa te expulsa o te asimila. Te convierte en otro caballito de la calesita. 

Lo dije antes y lo repito: la pregunta no es qué gobierno va a cambiar la Argentina. La pregunta es qué hace falta para que Polémica en el bar no pueda seguir siendo Polémica en el bar. Qué hace falta para que, dentro de veinte años, un pibe que encienda la televisión y vea un episodio del ciclo actual sienta que está mirando algo de otro mundo. Que no reconozca la discusión. Que diga “pero esto ya no nos pasa”. 

VII. Posdata esperanzada: la primera mesa distinta en sesenta años 

Termino con la única observación que, contra la tesis de este ensayo, me permite escribir todo lo anterior sin caer en la pura resignación. Porque si Polémica sólo demostrara que Argentina es cíclica, este ensayo sería una despedida, no una reflexión. 

En la mesa del 2025, bajo el gobierno de Javier Milei, por primera vez en mucho tiempo hay discusiones que no son las mismas. No del todo. No todavía. Pero hay. Se discute si el Estado tiene que seguir siendo tan grande, y eso antes no se discutía: se daba por sentado. Se discute si emitir para pagar jubilaciones es realmente pagar jubilaciones o robarles el poder adquisitivo dos meses después, y eso antes no se discutía con honestidad intelectual. Se discute el déficit fiscal como un problema y no como una solución. Se discute la regulación laboral, la carga impositiva, el valor del peso, la apertura comercial, con argumentos que hace veinte años eran tabú en televisión abierta. 

No soy ingenuo. Soy minarquista, no optimista. Sé que este gobierno tiene límites, que es reformista pero no tanto, que muchas cosas que yo creo que habría que hacer no se van a hacer, y que dentro de cuatro años el péndulo puede volver a moverse. Sé que la calesita es una maquinaria pesada y que una vueltita distinta no alcanza para romperla. Pero es la primera vez en mi vida adulta que, cuando prendo la tele y escucho la mesa de Polémica, percibo una cosa que antes no estaba: la posibilidad de que la discusión se corra un centímetro. Un centímetro. No es mucho. Pero en un país que llevaba sesenta años discutiendo lo mismo, un centímetro es más de lo que nos habíamos permitido soñar. 

Mi deseo —y éste es el sentido último de este ensayo— es que las futuras generaciones de Polémica en el bar hablen de cosas diferentes. Que dentro de veinte años, cuando alguien ponga un capítulo del ciclo actual en YouTube, lo vea como vemos hoy los debates sobre si las mujeres deben votar o si hay que estatizar el petróleo: discusiones cerradas, cuestiones superadas, polémicas que ya no son polémicas. Que mi hija o mi nieto prendan la televisión y no tengan la sensación, como la tengo yo, de que si uno enciende cualquier programa de cualquier década está escuchando exactamente la misma pelea. 

Que la intelectualidad argentina, de una vez por todas, le gane al gorilismo. Y que no tenga que venir otra Norma Plá, con tercer grado y la dignidad intacta, a darnos la clase que nosotros —los que tuvimos el privilegio de la universidad, los libros y el tiempo— teníamos que haber dado hace mucho. 

Ojalá dentro de veinte años Polémica en el bar ya no exista, o exista como existe Titanes en el Ring: como un recuerdo entrañable y un poco extraño de una época que pasó. Ojalá dentro de veinte años alguien escriba otro ensayo sobre este programa y tenga que explicarles a los lectores qué era ser Minguito, qué era ser Porcel, qué era ser Norma Plá. Ojalá el único caballito que siga girando sea el de la nostalgia, y no el de la pobreza estructural, la inflación crónica y la discusión eterna. 

Pero hasta que eso pase —si pasa—, seguiremos mirando la mesa. Porque es, todavía, el mejor espejo que tenemos. Y porque, aunque duela, un país que puede reírse de sí mismo durante sesenta años es un país que tiene más reservas de las que él mismo sospecha. 

“De chiquilín te miraba de afuera / como a esas cosas que nunca se alcanzan…” 

— Discépolo, Cafetín de Buenos Aires 

* * * 

 

Ensayo II 

El tablero roto 

Argentina, EEUU, España y China en la era del desorden global 

Por Ignacio Uriel Galetto Rodríguez 

Prólogo: el fin del mundo que conocíamos 

Hay una fecha que marca el antes y el después del orden internacional contemporáneo: el 20 de enero de 2025, cuando Donald Trump volvió a sentarse en el Despacho Oval. No porque Trump sea la causa de todos los males —los problemas estructurales venían de antes— sino porque su regreso aceleró, profundizó y volvió irreversible una transición que ya estaba en marcha: el paso de un mundo unipolar, ordenado en torno a la hegemonía estadounidense y la ilusión de la globalización liberal, a un mundo multipolar, fragmentado, donde cada actor juega con sus propias reglas. 

En ese tablero roto, cuatro actores resultan especialmente reveladores cuando se los analiza juntos: Argentina, Estados Unidos, España y China. Cuatro realidades radicalmente distintas en tamaño, poder e historia, pero entrecruzadas de maneras que pocas veces se analizan con la profundidad que merecen. Este artículo intenta hacer exactamente eso. 

I. El mundo antes de entender el mundo: el marco teórico 

Antes de hablar de estos cuatro actores concretos, hay que entender el sistema en el que operan. 

Durante tres décadas —desde la caída del Muro de Berlín en 1989 hasta aproximadamente 2017— el mundo vivió bajo lo que podríamos llamar el Consenso de Washington ampliado: libre comercio, democracia liberal, instituciones multilaterales (ONU, FMI, OMC, OTAN) y una potencia hegemónica —EEUU— que actuaba como garante del orden. China participaba de ese sistema, crecía dentro de él, pero sin desafiarlo abiertamente. 

Ese período terminó. Lo que tenemos hoy es lo que los analistas llaman un sistema en transición hegemónica: EEUU ya no puede —ni quiere— sostener el orden que construyó; China aspira a reemplazarlo o, al menos, a construir un orden paralelo; y el resto del mundo busca desesperadamente una posición que maximice sus ventajas en medio del caos. 

La teoría clásica que mejor ilumina este momento es la Trampa de Tucídides, desarrollada por el politólogo Graham Allison: cuando una potencia emergente desafía a una potencia dominante, la guerra es más probable que la paz. De las dieciséis transiciones hegemónicas históricas que Allison estudió, doce terminaron en conflicto armado. Los optimistas señalan que las cuatro que no lo hicieron también son casos reales. Los pesimistas señalan que ninguna de esas cuatro involucró armas nucleares en ambos lados. 

A esto se suma la teoría de la interdependencia compleja de Keohane y Nye: cuando dos países están profundamente entrelazados económica y tecnológicamente, el costo de la guerra se vuelve prohibitivo. Eso explica por qué, pese a todo, EEUU y China siguen comerciando mientras se insultan. Y explica también por qué Argentina, pese a su alineamiento ideológico con Washington, no puede —ni quiere— cortar sus lazos comerciales con Pekín. 

II. Estados Unidos: el hegemón que se cansa de serlo 

La paradoja central de la política exterior estadounidense bajo Trump 2.0 es ésta: EEUU sigue siendo la potencia militar y tecnológica más formidable del planeta, pero ha decidido voluntariamente erosionar su propio liderazgo. 

El instrumento favorito de Trump ha sido el arancel. Lo que en su primer mandato (2017-2021) fue una política focalizada en China, en esta segunda etapa se convirtió en una herramienta universal aplicada incluso a aliados históricos: Canadá, México, la Unión Europea. La justificación oficial es corregir déficits comerciales y reindustrializar EEUU. La lectura más profunda es otra: Washington ya no concibe las relaciones internacionales en términos de un orden liberal compartido, sino en términos estrictamente geopolíticos y transaccionales. Cada relación se evalúa en función de lo que le reporta directamente a EEUU, no en función de un bien común global. 

Esto tiene consecuencias enormes. La Estrategia de Seguridad Nacional publicada en noviembre de 2025 es un documento revelador: plantea abiertamente la competición con China como el eje organizador de toda la política exterior americana. Rusia es una amenaza secundaria. Europa es, en el mejor de los casos, un socio subordinado que debe pagar más por su propia defensa. América Latina es un patio trasero que no debe caer en manos chinas. 

En términos ideológicos, el trumpismo representa el triunfo del nacionalismo realista sobre el liberalismo internacionalista que dominó la política exterior estadounidense desde 1945. Es, en cierto sentido, el fin del proyecto wilsoniano: EEUU ya no pretende exportar democracia ni construir instituciones globales. Pretende ganar. 

III. China: el ascenso que ya no disimula 

Si EEUU es el actor que se retira del orden que construyó, China es el actor que avanza para ocupar el espacio que queda vacío. 

El ascenso chino es, probablemente, el fenómeno geopolítico más importante del siglo XXI. En 1990, China representaba el 1,7 % del PIB mundial. Hoy supera el 18 %. Tiene la segunda marina de guerra del mundo. Ha construido islas artificiales en el Mar del Sur de China. Lidera la producción global de paneles solares, baterías de litio y vehículos eléctricos. Y a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta —la nueva Ruta de la Seda— ha extendido su influencia financiera e infraestructural a más de ciento cuarenta países. 

Lo que cambió en los últimos años es que China dejó de disimular sus ambiciones. Durante décadas, el Partido Comunista siguió el consejo de Deng Xiaoping: guardá tus capacidades, esperá tu momento. Con Xi Jinping ese momento llegó. China hoy afirma explícitamente que el orden internacional debe ser “más justo y representativo”, lo cual es una manera elegante de decir que el orden liderado por EEUU debe ceder espacio a uno que incluya —y eventualmente esté liderado por— Pekín. 

Los instrumentos chinos son múltiples y sofisticados. En lo económico: inversión en infraestructura, préstamos a países en desarrollo, acuerdos comerciales bilaterales. En lo tecnológico: Huawei, TikTok, las redes 5G. En lo institucional: el BRICS ampliado, la Organización de Cooperación de Shanghái, el Banco Asiático de Infraestructura e Inversiones. En lo narrativo: el discurso del “Sur Global”, que presenta a China como aliada natural de los países que fueron colonizados por Occidente. 

La gran vulnerabilidad china es interna: desaceleración económica, crisis inmobiliaria, envejecimiento demográfico y una dependencia tecnológica crítica en semiconductores avanzados —el talón de Aquiles que EEUU golpea con sus restricciones a la exportación de chips. 

IV. Argentina: el país que nunca puede elegir su destino en paz 

Argentina es un caso de estudio único en geopolítica: un país con recursos estratégicos de primer orden, una élite política históricamente incapaz de convertirlos en poder, y una oscilación permanente entre diferentes patrones de inserción internacional. 

Los recursos: la base material 

Argentina posee dos activos que, en el contexto geopolítico actual, tienen valor estratégico incalculable. 

El primero es Vaca Muerta, en Neuquén: la segunda reserva mundial de gas no convencional. En un mundo que busca diversificar fuentes de energía —especialmente Europa después de la guerra de Ucrania— la capacidad exportadora argentina de gas natural licuado la coloca en el centro del tablero energético global. 

El segundo es el litio. Argentina forma parte del llamado “triángulo del litio” junto a Bolivia y Chile, que concentra más del 50 % de las reservas mundiales de este mineral esencial para las baterías de vehículos eléctricos. EEUU, la UE y China compiten ferozmente por asegurarse el acceso a estas reservas. 

La historia: la oscilación permanente 

La política exterior argentina ha oscilado históricamente entre dos polos: el alineamiento con Occidente y la búsqueda de una “tercera posición” autónoma. Juan Domingo Perón formuló en los años cuarenta la doctrina de la Tercera Posición: ni con EEUU ni con la URSS. Arturo Frondizi buscó inversión americana pero terminó derrocado. Menem, en los noventa, aplicó un alineamiento automático con Washington. Los Kirchner pivotaron hacia China y Venezuela. Y ahora Milei hace lo opuesto: alineamiento ideológico total con Trump, con la salvedad de que no puede romper los lazos comerciales con Pekín. 

Milei y la paradoja del alineamiento selectivo 

Javier Milei representa la ruptura más radical en la política exterior argentina de las últimas décadas. Su alineamiento con Trump no es meramente táctico: es ideológico. Comparten la misma narrativa —la batalla cultural global entre libertad y socialismo— y el mismo enemigo: el “globalismo”, las instituciones multilaterales, los “socialistas del siglo XXI”. 

En la práctica, esto se ha traducido en gestos concretos: apoyo explícito a la política estadounidense de máxima presión sobre Nicolás Maduro en Venezuela, votos alineados con EEUU en organismos internacionales como la OEA, y un distanciamiento diplomático de gobiernos considerados “de izquierda” en la región (Brasil, Colombia, México, Chile). 

Pero hay una contradicción que el propio Milei reconoce abiertamente: China es el principal socio comercial de Argentina. Las exportaciones argentinas de soja, maíz, aceites y carne tienen en el mercado chino su principal destino. Romper eso no es una opción económicamente viable, especialmente para un gobierno que necesita dólares con urgencia. La solución mileísta es la distinción entre geopolítica y comercio: alianza política con Washington, negocios con Pekín. Es una postura pragmática que, sin embargo, genera tensiones permanentes con Washington, donde hay sectores que presionan para que el alineamiento sea total. 

En 2025, Argentina ratificó parlamentariamente el Acuerdo UE-Mercosur, un tratado que lleva más de veinticinco años de negociaciones. Geopolíticamente, el acuerdo cumple una doble función: consolida a Argentina dentro de la arquitectura comercial occidental y actúa como contrapeso frente a la influencia china. Pero también abre debates internos sobre desindustrialización, dado que el acceso europeo al mercado argentino puede perjudicar a sectores productivos locales menos competitivos. 

El Atlántico Sur como variable oculta 

Un elemento frecuentemente ignorado en los análisis de la política exterior argentina es la dimensión del Atlántico Sur y la cuestión Malvinas-Antártica. Con la nueva doctrina Trump, que prioriza los recursos naturales y la proyección militar en el hemisferio occidental, la situación en el sur del continente americano adquiere nueva sensibilidad. El reclamo argentino sobre las Islas Malvinas —donde el Reino Unido mantiene soberanía— es un tema que Washington históricamente no quiso tocar, pero que en el nuevo contexto de competencia por recursos del Atlántico Sur podría adquirir mayor relevancia. 

V. España: el puente que no quiere quedar atrapado entre dos trenes 

España ocupa en el sistema internacional una posición peculiar: es una democracia occidental sólida, miembro de la OTAN y la UE —ambas estructuras del orden liderado por EEUU— pero tiene una historia, una cultura y una posición geográfica que la inclina naturalmente hacia roles de mediación y equilibrio. 

Entre la OTAN y la autonomía 

La relación de España con EEUU bajo Trump 2.0 ha sido tensa. El gobierno de Pedro Sánchez —socialista, multilateralista, ideológicamente opuesto al trumpismo— ha tenido choques evidentes con Washington. En junio de 2025, España llegó a un acuerdo con la OTAN estableciendo un gasto en defensa del 2,1 % del PIB, resistiendo la presión estadounidense de llegar al 5 %. Sánchez ha argumentado repetidamente que la inversión en bienestar social y diplomacia es también inversión en seguridad. 

El episodio más revelador ocurrió recientemente, en abril de 2026, cuando Sánchez —en su cuarta visita a China en cuatro años, una frecuencia que no tiene ningún otro líder europeo— rechazó públicamente que las bases militares españolas pudieran ser utilizadas para operaciones de EEUU contra Irán. En Pekín, este gesto fue interpretado como una muestra de autonomía estratégica frente a Washington, y los medios estatales chinos lo amplificaron extensamente. 

El eje China-España: ¿socio o vasallaje suave? 

La relación entre España y China es crecientemente estratégica para ambas partes. China es la segunda economía del mundo y un mercado de enorme potencial para las empresas españolas. España es, por su parte, un interlocutor europeo valioso para Pekín: no es Alemania ni Francia en términos de peso económico, pero tiene mayor disposición a explorar márgenes propios dentro del bloque occidental. 

El Real Instituto Elcano, el principal think tank de política exterior de España, ha conceptualizado la posición española bajo la fórmula “ni enemigo ni vasallo”: España no debe tratar a China como un adversario —lo cual limitaría su autonomía— ni caer en la trampa de la dependencia financiera que ha afectado a países que adoptaron masivamente la Iniciativa de la Franja y la Ruta. 

El objetivo declarado en la Estrategia de Acción Exterior 2025-2028 del gobierno español es convertir el país en un actor de autonomía estratégica abierta: mantener el anclaje en la OTAN y la UE, pero diversificar relaciones y no alinearse mecánicamente con ninguna lógica de confrontación de bloques. 

América Latina: el puente más valioso 

El activo geopolítico más genuino de España en el tablero global es su relación con América Latina. No es un vínculo puramente retórico: el español es el segundo idioma más hablado del mundo, empresas españolas tienen presencia determinante en sectores estratégicos latinoamericanos (energía, banca, telecomunicaciones), y la Cumbre Iberoamericana de Madrid en 2026 es un foro donde España ejerce un liderazgo diplomático real. 

En este contexto, la ratificación del Acuerdo UE-Mercosur coloca a España en una posición doble: es miembro de la UE que celebra el acuerdo y al mismo tiempo tiene vínculos históricos profundos con los países del Cono Sur. Si el acuerdo funciona bien, España puede ser el “puente natural” entre ambas regiones. 

VI. Las relaciones bilaterales: el mapa complejo 

Argentina-EEUU: hermanos ideológicos con historia traumática 

La relación entre Argentina y EEUU es una de las más complejas del hemisferio occidental. Durante el siglo XX, Washington apoyó —o al menos no impidió— golpes militares en Argentina cuando consideró que los gobiernos civiles inclinaban al país hacia posiciones anti-americanas. El más brutal fue el apoyo de Kissinger a la dictadura de 1976. Esa historia no se olvida. 

Bajo Milei, la relación alcanzó niveles de cercanía que no se veían desde Menem. El alineamiento ideológico es genuino: ambos gobiernos comparten una narrativa libertaria-conservadora que los distingue del mainstream político occidental contemporáneo. Pero hay asimetrías estructurales que no desaparecen: EEUU quiere que Argentina se aleje de China; Argentina no puede permitirse ese lujo sin sacrificar divisas que necesita desesperadamente. 

Argentina-China: el socio incómodo que no puede rechazarse 

China es el primer socio comercial de Argentina. Las exportaciones argentinas a China superan las que van a Brasil, EEUU y España juntos. Empresas chinas tienen inversiones significativas en minería de litio, infraestructura energética y puertos. 

La relación no está exenta de tensiones. El gobierno de Milei canceló en 2024 varios acuerdos firmados por la administración kirchnerista con China, incluido el swap de monedas del Banco Central. Pero simultáneamente, el comercio siguió fluyendo. La conclusión es que la ideología puede moldear los bordes de la relación, pero no puede revertir la gravedad económica. 

En el mediano plazo, la competencia por el litio argentino entre EEUU, la UE y China será uno de los capítulos más interesantes de la política exterior argentina. Washington está presionando activamente para que las empresas chinas no controlen la cadena productiva del litio. Argentina, como siempre, intentará sacar el máximo provecho posible de esa disputa. 

Argentina-España: la familia que se mira de lejos 

La relación entre Argentina y España tiene una dimensión que ningún análisis geopolítico convencional captura bien: es una relación entre pueblos, no sólo entre gobiernos. Millones de argentinos tienen pasaportes españoles o ascendencia española. La migración argentina a España es uno de los flujos migratorios más significativos de la última década. La cultura, el idioma, la gastronomía: el tejido de vínculos es demasiado denso para reducirlo a relaciones comerciales. 

En términos diplomáticos, la relación Milei-Sánchez es prácticamente inexistente, por no decir hostil. Son dos gobiernos en las antípodas ideológicas: uno libertario ultraliberal, el otro socialdemócrata. Los cruces verbales entre ambos líderes son frecuentes. 

Pero más allá de la coyuntura, la relación estructural es sólida. España es un socio comercial importante, un destino de inversiones, y un puente hacia la UE. El Acuerdo UE-Mercosur, cuya ratificación avanzó en 2025-2026, es en ese sentido el marco que más importa para la relación bilateral a largo plazo. 

España-China: el equilibrio difícil 

Como ya se señaló, Sánchez ha visitado China cuatro veces en cuatro años. Eso no tiene precedentes para un líder europeo. La explicación es una combinación de pragmatismo económico y convicción multilateralista: China es un mercado enorme, y España necesita diversificar sus relaciones en un momento en que la relación transatlántica es impredecible. 

El riesgo es el que señala el Instituto Elcano: caer en la “trampa de la deuda” —depender en exceso de capital chino en sectores estratégicos— o dar señales contradictorias dentro de la OTAN y la UE, donde la desconfianza hacia China crece. El desafío de España es ser un interlocutor genuino de China sin convertirse en su portavoz dentro de Europa. 

España-EEUU: el aliado que se irrita 

La relación de España con EEUU es estructuralmente sólida —EEUU tiene bases militares en Rota y Morón, y la integración en la OTAN es profunda— pero políticamente tensa bajo el gobierno de Sánchez. Hay dos ejes de fricción. El primero es el gasto militar: Washington quiere más, Madrid resiste. El segundo es China: EEUU presiona para una postura más dura, España prefiere la autonomía estratégica. 

En 2025, las relaciones se deterioraron y España “perdió centralidad en Bruselas”, según el propio análisis del Instituto Elcano. Pero en 2026 se espera cierta normalización, en parte porque el 250.º aniversario de la independencia estadounidense es un año de gestos diplomáticos simbólicos, y en parte porque ambos países tienen demasiados intereses comunes para permitir un deterioro mayor. 

EEUU-China: la contradicción madre 

La relación EEUU-China es el eje gravitacional del sistema internacional actual. Todo lo demás gira en torno a ella. La metáfora más precisa es la de dos alpinistas atados a la misma cuerda que compiten por llegar a la cima: el éxito de uno no garantiza la caída del otro, pero la caída de uno puede arrastrar al otro. 

La guerra comercial —con aranceles recíprocos que en algunos productos superan el 100 %— coexiste con un comercio bilateral que sigue siendo el mayor del mundo. La competencia tecnológica —especialmente en semiconductores, IA y energías renovables— coexiste con cadenas de suministro profundamente interconectadas. La rivalidad estratégica militar —en el Indo-Pacífico, en Taiwán, en el Mar del Sur de China— coexiste con canales diplomáticos que ambos mantienen abiertos para evitar la escalada accidental. 

Lo que ha cambiado desde 2025 es que se empieza a vislumbrar una posible tregua en la confrontación arancelaria. Hay señales de que ambos gobiernos están buscando un equilibrio: China acepta mayor apertura al consumo interno (lo que favorece exportaciones americanas), EEUU modera algunas restricciones tecnológicas. Pero las tensiones estructurales —Taiwán, Xinjiang, el Mar del Sur de China— no desaparecen. 

VII. Los recursos: la geografía del poder del siglo XXI 

Cualquier análisis geopolítico serio de estos cuatro actores debe pasar por la geografía de los recursos estratégicos del siglo XXI. Tres vectores dominan. 

Litio y minerales críticos. La transición energética hacia vehículos eléctricos y energías renovables creó una demanda explosiva de litio, cobalto, níquel y tierras raras. Argentina tiene reservas gigantescas de litio. China domina hoy el procesamiento y buena parte de la extracción global. EEUU y la UE quieren desconectarse de esa dependencia. España, como país europeo con industria automotriz relevante, tiene interés directo en garantizarse acceso a esos minerales, idealmente a través del acuerdo Mercosur. 

Gas y energía. Vaca Muerta posiciona a Argentina como potencial proveedor energético global. Europa —que sufrió el trauma de la dependencia del gas ruso tras la invasión de Ucrania— es el mercado más interesado. España, con infraestructura de regasificación y una red de gasoductos hacia Europa, podría ser la puerta de entrada del gas argentino al continente. EEUU también tiene interés en que las exportaciones energéticas de Argentina contribuyan a diversificar las fuentes europeas. 

Tecnología e infraestructura digital. La competencia por la infraestructura tecnológica —redes 5G, cables submarinos, plataformas de datos— es uno de los frentes menos visibles pero más importantes de la competición EEUU-China. Argentina y España están siendo objeto de presión de ambos lados para que sus infraestructuras críticas no caigan en manos chinas. 

VIII. Los escenarios futuros: ¿qué puede pasar? 

Escenario 1: la nueva Guerra Fría (el más probable) 

El mundo se bifurca en dos bloques cada vez más definidos: uno liderado por EEUU (con sus aliados en Europa, Asia-Pacífico y algunos países latinoamericanos) y otro liderado por China (con Rusia, Irán y creciente influencia en África y partes de América Latina). El comercio entre bloques no desaparece del todo, pero se segmenta. Las cadenas de suministro se reorganizan regionalmente. Argentina oscila incómodamente entre los dos, aprovechando su posición de proveedor de materias primas para ambos. España refuerza su anclaje occidental pero intenta mantener canales con Pekín. El conflicto armado directo entre las dos potencias se evita, pero los conflictos proxy se multiplican. 

Escenario 2: el gran acuerdo (el más optimista) 

EEUU y China alcanzan un modus vivendi estable: Taiwán mantiene su autonomía de facto sin declaración formal de independencia; el comercio fluye con algunas restricciones tecnológicas; ambas potencias cooperan en cambio climático y salud global. Europa y América Latina se benefician de un sistema más estable. Argentina puede avanzar en su reinserción internacional. España consolida su rol de puente. El mundo no vuelve a la globalización de los años noventa, pero encuentra un nuevo equilibrio. 

Escenario 3: la fragmentación caótica (el más peligroso) 

El orden internacional colapsa sin que ningún poder tenga la voluntad o capacidad de reemplazarlo. Los conflictos se multiplican. El multilateralismo muere definitivamente. Las economías se reorientan hacia bloques regionales rígidos. Argentina, sin acceso fluido a los mercados globales, entra en una crisis estructural profunda. España sufre los efectos de un comercio europeo contraído. El mundo de los años treinta —no la Segunda Guerra Mundial, sino el período de fragmentación, proteccionismo e inestabilidad previo— se convierte en la referencia más inquietante. 

IX. La perspectiva minarquista: instituciones, no voluntades 

Desde la perspectiva que este autor sostiene —el minarquismo como política práctica— el análisis geopolítico no puede reducirse a quién gana y quién pierde en el corto plazo. La pregunta relevante es: ¿qué marcos institucionales permiten que los individuos vivan con mayor libertad, seguridad y prosperidad? 

La respuesta no está en la hegemonía de ningún país específico —ni EEUU ni China son modelos de Estado mínimo— sino en la calidad de las instituciones que regulan las relaciones entre naciones. El derecho internacional, cuando funciona, es una forma de contrato social global. Su erosión —que tanto Trump como Xi están acelerando, desde ángulos distintos— nos hace a todos más vulnerables. 

Argentina, en particular, necesita entender que su debilidad geopolítica no es una fatalidad geográfica: es una consecuencia de décadas de destrucción institucional doméstica. Un país con reglas claras, propiedad privada respetada, independencia judicial real y moneda estable no necesita elegir entre EEUU y China: puede relacionarse con ambos desde una posición de fuerza. El problema argentino no es geopolítico en primer lugar. Es institucional. 

España, por su parte, tiene la ventaja de haberse anclado hace décadas en un marco institucional europeo que, con todas sus limitaciones, le da previsibilidad y estabilidad. El desafío español es conservar esa autonomía dentro del marco sin perderla. 

Epílogo: cuatro países mirando el mismo cielo 

Argentina, EEUU, España y China miran el mismo cielo pero lo llaman de maneras distintas. Para Washington, es el cielo de la primacía americana que no puede cederse. Para Pekín, es el cielo del siglo chino que está llegando. Para Madrid, es el cielo de la autonomía estratégica que hay que construir con paciencia. Para Buenos Aires —siempre Buenos Aires— es el cielo de los recursos que tenemos y el orden que no logramos construir para aprovecharlos. 

El tablero está roto. Eso no significa que el juego haya terminado. Significa que las reglas están siendo reescritas mientras jugamos. Y en ese momento —precisamente en ese momento— es cuando importa más saber quién se es, qué se tiene y qué se quiere. 

* * * 

 

Bibliografía y referencias 

Fuentes consultadas para ambos ensayos, agrupadas por materia. 

I. Sobre Polémica en el bar y la historia de la TV argentina 

Infobae (2016). «53 años de Polémica en el bar, la historia viva de la TV argentina». Teleshow, 7 de noviembre de 2016. 

Infobae (2023). «El regreso de Polémica en el bar: entrevista a Gustavo Sofovich». Teleshow, 29 de mayo de 2023. 

Infobae (2023). «Histórica transmisión por los 60 años de Polémica en el bar: Argentina, Uruguay y Paraguay unidos por el debate». Teleshow, 8 de julio de 2023. 

Infobae (2025). «Polémica en el bar regresó a la televisión a 62 años de su estreno y con Mariano Iúdica al frente». Teleshow, 23 de septiembre de 2025. 

La Nación (2020). «Polémica en el bar, un éxito inoxidable». Sección Espectáculos, 9 de septiembre de 2020. 

La Nación (2023). «Así fue el regreso de Polémica en el bar a la pantalla de América». Sección Espectáculos/Televisión, 30 de mayo de 2023. 

Wikipedia en español. «Polémica en el bar». Enciclopedia libre, consulta: abril de 2026. 

Archivo Prisma — RTA (Radio y Televisión Argentina). Fondo documental «Polémica en el bar». Emisiones de campaña 1995, participación de Carlos Menem y Álvaro Alsogaray. 

II. Sobre los personajes: Altavista, Pintos, Porcel, Sofovich 

Infobae (2024). «Juan Carlos Altavista, el creador del inolvidable Minguito que se ganó el corazón de todos los argentinos». 20 de julio de 2024. 

Infobae (2025). «Juan Carlos Altavista, entre el humor y el barrio: la vida detrás del entrañable Minguito Tinguitella y el homenaje a su padre». 20 de julio de 2025. 

Alternativa Teatral. Ficha biográfica de Fidel Pintos. 

La Nación (2021). «Gustavo Sofovich: “trabajo todos los días de mi vida para estar afuera de la droga”». Personajes, 4 de febrero de 2021. 

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Infobae (2021). «Gustavo Sofovich habló con Gastón Pauls de las adicciones, la cocaína y el juego». Teleshow, 5 de junio de 2021. 

Exitoina / Perfil (2019). «El estremecedor relato de Gustavo Sofovich: me drogué durante 30 años». 

III. Sobre Norma Plá y el capítulo de abril de 1994 

MDZ Online (2021). «Muerte de Menem: el video de Norma Plá dejando en ridículo a Sofovich es viral». Sección Política, 15 de febrero de 2021. 

Izquierda Socialista (2020). «El recuerdo de Norma Plá», por José Castillo. 

Huella del Sur (2020). «Menem lo hizo». Ensayo sobre el menemismo y la participación de Norma Plá en Polémica en el bar, 7 de julio de 2020. 

La tinta (2017). «Norma Plá, la jubilada que luchó contra el ajuste», 15 de diciembre de 2017. 

Marcha (2024). «Norma Plá, la jubilada que sembró la resistencia». 

La Izquierda Diario (2024). «Norma Plá, in memoriam». Editorial de El Círculo Rojo, Radio Con Vos. 

El Diario Sur (2025). «El recuerdo de Norma Plá, la vecina de Temperley que fue un emblema de la lucha por los jubilados». 25 de agosto de 2025. 

LatFem (2017, actualizado 2025). «Norma Plá: la jubilada que fue lucha y hoy vuelve a la calle con mil nombres», por Tali Goldman. 

Agencia Paco Urondo. «Un documental sobre Norma Plá, la santa patrona de la resistencia». 

IV. Sobre el capítulo Superman y la fiesta electrónica Time Warp (2016) 

Polémica en el bar — Canal oficial en YouTube (2016). «La emotiva reflexión de Minguito por los fallecidos en la fiesta electrónica». Publicado el 18 de abril de 2016. URL: https://www.youtube.com/watch?v=7JbGpFdWaTA 

La Nación (2016). «Polémica en el bar: Minguito les dedicó unas palabras a los jóvenes que murieron en la fiesta electrónica». Sección Televisión, 18 de abril de 2016. 

C5N / Rating Cero (2016). «El monólogo de Minguito sobre la muerte de los jóvenes en Costa Salguero». 

Infobae (2016). «Minguito contra las drogas y un mensaje para la juventud». 17 de abril de 2016. 

Infobae (2016). «Continúa la polémica entre Sofía Gala y Gustavo Sofovich por el consumo de drogas». 27 de abril de 2016. 

V. Sobre geopolítica y relaciones internacionales (Ensayo II) 

Allison, Graham. Destined for War: Can America and China Escape Thucydides’s Trap? Houghton Mifflin Harcourt, 2017. 

Keohane, Robert O. y Nye, Joseph S. Power and Interdependence. Little, Brown and Company, 1977. 

Nye, Joseph S. Is the American Century Over? Polity Press, 2015. 

Real Instituto Elcano. España en el mundo en 2026: perspectivas y desafíos. Madrid, enero de 2026. 

Real Instituto Elcano. Informes y comentarios sobre la relación España-China y la doctrina «ni enemigo ni vasallo». 

Gobierno de España. Estrategia de Acción Exterior 2025-2028. 

Foreign Affairs Latinoamérica. «Las relaciones internacionales en 2026», enero de 2026. 

White House. National Security Strategy, noviembre de 2025. 

Rallo, Juan Ramón. Una revolución liberal para España. Deusto, 2019. 

VI. Marco teórico propio del autor 

Galetto Rodríguez, Ignacio U. De la democracia liberal a la democracia minarquista. Manuscrito inédito, en preparación. 

Nota del autor 

Todas las citas textuales reproducidas en el Ensayo I —en particular las de Norma Plá y del monólogo de Minguito interpretado por Miguel Ángel Rodríguez— provienen de las fuentes periodísticas y audiovisuales citadas arriba. Cuando se transcribe una intervención oral (Norma Plá en 1994, Minguito en 2016) se ha preservado la expresión original, suavizando exclusivamente las palabras soeces por motivos de publicación, y se indica con puntos suspensivos cuando corresponde. La interpretación de los hechos, los juicios de valor y la tesis sobre la naturaleza cíclica de la Argentina son responsabilidad exclusiva del autor. 

Ignacio Uriel Galetto Rodriguez

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