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Dopado de amor

Jan 3, 2026

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Dopado de amor
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Ya llegué a mi hogar. Salí hace seis días de él. Contaré mi experiencia en toda mi travesía. Creo que, cuando arranqué mi viaje, lo hice porque necesitaba encontrarme nuevamente y, sí, me sentía desconsolado. No estaba preparado para que mi vida diera un giro gigantesco. Tuve que colapsar tanto física como mentalmente.

Partiré evocando mis dolencias, aquellas que me llevaron a sentirme así: una ruptura amorosa; el cansancio de no ver a mis padres por tres años; el sentirme solo; ahogarme en alcohol para disipar mi dolor; ver cómo mis amigos se iban a sus hogares y me dejaban solo; estar cansado de mi trabajo; cargar con muchos sentimientos, y no solo los míos, sino los de todas las personas a las que amo. Pensé en dejar mi trabajo, suspender la universidad por unos semestres, retomar el hogar de mis padres y poder sentirme acompañado.

Creo en la trashumancia del ser humano, pero esta vez mis emociones fueron tan grandes que solo quería compañía, que alguien me escuchara y no ahogarme en mis pensamientos y lamentos. Afortunadamente, me he rodeado de personas muy bonitas que me escucharon y me acompañaron por momentos. Todos estaban tan preocupados porque no me vieron con el mismo brillo con el que habito; vieron a otra persona totalmente diferente. Todos me hablaron de mis virtudes; aconsejaron al que da los consejos.

La frase de mi diciembre fue: “No huyas del dolor; para llegar al mar tienes que cruzar la arena caliente”. Esta frase será trascendental en mi vida, porque me hizo entender que la vida es para vivirla, saborearla y pensarla.

Así que el 27 de diciembre tomé mis cosas después de trabajar y partí con la idea de que necesitaba respuestas. Tomé un bus desde la terminal de Medellín hasta la de Bogotá, donde conocí a un muchacho que vive una vida en el campo y trabaja en el día a día. Me enseñó cómo se fabrica la cocaína, me mostró fotos y, siendo un completo desconocido, me contó sus proyecciones: quiere comprarse una moto. También me dio de comer, me prestó una cobija y me dio compañía. En este mundo tan banal aún existen personas muy llenas de amor.

Ya llegando a Bogotá, tuve que pasar por esa multitud de personas y, bueno, en ese momento iba a comprar mi tiquete para ir a Arauca y no tenía el efectivo suficiente. Así que me dirigí a un cajero para retirar y, de la nada, una muchacha se me interceptó y me pidió el favor de que le prestara efectivo y que ella me lo enviaría a mi cuenta. Claro que acepté, porque pensé que yo también pude haber estado en esa situación. Al caminar con ella le pregunté para dónde se dirigía y me dijo: “Voy para Paz de Ariporo (Casanare)”. Le respondí que yo iba para la capital y comentamos lo pequeño que es el mundo. Nos quedamos charlando sobre nuestra estadía en Medellín. En esta situación, mi celular estaba descargado y no había comido. Juntos nos vimos nuevamente en la misma situación, así que decidimos cuidarnos el uno al otro mientras poníamos a cargar nuestros dispositivos móviles: una extraña cuidando de mí y yo de ella (y de nuestras pertenencias).

Más adelante, cada quien tomó un camino diferente y me dirigí a mi parada de bus. Cuando entré, me topé con muchas personas de Venezuela; yo era el único colombiano. Me senté a charlar con ellos. Tienen formas de ver el mundo muy diferentes, pero todos me trataron con mucha nobleza. Pasamos más de 17 horas sentados en un bus; fue una odisea. Sentía que ese viaje nunca iba a terminar. Nunca pude cargar mi celular porque el puerto tipo C no funcionaba en ningún asiento, así que me dediqué a leer Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Tuve una conexión especial con este libro, porque el señor que estaba a mi lado vio mi lectura y me dijo: “Oye, me da mucha pena contigo, pero tu lectura se me hace interesante. Me encantaría pedírtelo por un momento, pero no sé leer muy bien”. Estas palabras me sorprendieron y le dije: “Claro que sí, yo te leo”. Mientras lo hacía, tuve que explicar o sustituir palabras poco comunes para que no se perdiera. Más adelante me di cuenta de que se quedó dormido mientras le leía. Y sabes, tuve una conexión profunda con ese libro: me sentí atrapado en él; sentía que las hojas y las palabras se quedaban cortas. Cuando me di cuenta, ya había leído 20 páginas en menos de 30 minutos. No sé si fue por el calor o si estaba delirando por el trayecto, pero fue algo que dejó una huella en mí y me hizo enamorarme aún más de la lectura y de la escritura.

Cuando rondaron las doce del mediodía, nos detuvimos para almorzar. Me comí un arroz con pollo delicioso y pude cargar mi celular. Me senté en ese calor abrazador y pensé: “¡Wow, qué sofoco!”. Me tomé una cerveza que parecía estar hirviendo. Después retomamos el viaje y se hicieron muchas paradas en pueblos en los que nunca pensé estar. Vi cómo las personas viven una vida muy simple, son agradecidas con lo que tienen y se sienten bien con ello.

Una de las paradas más dramáticas fue cuando llegamos a Paz de Ariporo. Salí a comprar un cargador que se adaptara al bus y un tipo me miró de una forma grotesca. Me sentí intimidado; vio mis aretes y sentí que me los iba a arrancar. No le di más vueltas al asunto, compré algo de comer porque no encontré cargador y subí nuevamente al bus. El tipo entró también y me observó de nuevo. Entré en pánico y le comenté a las personas con las que iba que eso no me parecía correcto. Cinco minutos después llegaron dos uniformados y nos pidieron las identificaciones. Les di la mía y automáticamente salieron del bus y comenzaron a llamar a varias personas, pero a mí no me llamaron; solo retuvieron mi identificación. Al final, fui el último en recibirla nuevamente y solo me preguntaron si era el hijo de “Osorio”. Les respondí que sí y me dejaron tranquilo. Fue súper extraño y tuve miedo; era mi primera vez viajando en bus y no sabía cómo actuar en ese tipo de situaciones. Al final retomé mi viaje y, en medio de quejas, porque ya estaba cansado de estar sentado y de pie, solo quería llegar a mi casa. Cuando llegué, me recibió mi hermana mayor. Tuve mucha suerte porque ya no tenía batería. Ella estaba un poco ebria, pero aun así le di un fuerte abrazo y le dije: “Ya llegó tu hermano”.

De camino a la casa de mi madre vi nuevos espacios en Arauca: modificaron puentes, vías y andenes; todo se veía mucho mejor que antes. Llegué a mi hogar y mi madre me recibió con una hamburguesa. Me senté en el comedor y, mientras comía, solo pude llorar, porque los extrañaba mucho. Extrañaba con todas mis fuerzas a mi familia. Allí me sentí seguro. Me recosté en el regazo de mi madre y lloré como un niño pequeño; fue tan aliviador. Sentí que soltaba una carga enorme. Mi sobrino me abrazó muy fuerte y los animalitos de la casa también me reconocieron de inmediato.

Al día siguiente estuve con mi madre en la mañana, charlando mientras le ayudaba con el aseo y preparábamos el desayuno. Tenía más arruguitas que antes, pero su mirada seguía siendo la misma, llena de sueños y metas. En la tarde salí con mi hermana y fuimos a La Barcaza, un lugar nuevo en el malecón. Allí nos encontramos con dos amigos de la niñez y nos pusimos al día, cabe recalarca que me tire al rio, termine oliendo a perscado toda la tarde. Vi por primera vez en muchos años el atardecer llanero y me cautivó desde que nacía hasta que se ocultaba. Fue una experiencia gratificante. En los siguientes días estuve en casa. Salí con un amigo que hacía mucho no veía y le conté cómo me estaba sintiendo. Creo que no supo cómo responder a mis sentimientos, pero me dio compañía, y eso es muy valioso.

El 31 me senté a pensar en lo mucho que ha cambiado la persona que inició el año y la que lo finalizó. Son dos personas completamente diferentes, pero lo extraño es que las conozco a la perfección: somos el mismo, pero con un montón de cosas en medio. Siento que, a medida que crezco, me reconozco más en lo que hago y en lo que ocurre a mi alrededor, y eso... me gusta muchísimo.

Sentí que estaba lleno de nuevas emociones; lo denominé “dopado de amor”. Todos me veían como el niño que sonríe, como una definición de paz, una persona que es amor y lo reparte sin límites. Aconsejé a muchísimas personas; muchas me pidieron que les hablara, que les diera un pequeño empujón, y lo hice sin esperar nada a cambio. Creo que llegué con un mensaje: dejar atrás esa idea tradicional del amor y del aguante.

Mi visión de la vida es como andar en bicicleta: disfrutar de los pequeños momentos, de las personas y del presente. Todos quedaron conmovidos por mi ideología de vida. Hablé con mi padre y él me dio respuestas fuertes. Una de ellas fue: “Yo los dejé a ustedes de niños y a su mamá porque, si no lo hacía, no hubiese podido hoy en día darle la universidad a sus hermanos, tener mi hogar y estar estable económicamente. El sacrificio más grande que he hecho fue dejarlos solos, y por eso te pido perdón; eres el único al que le he dicho esto”.

Esa respuesta me partió el corazón y me hizo llorar. Tal vez lloré mucho, pero hasta cierto punto lo entendí: nuestras decisiones nos cambian la vida, y aceptarlo es el primer paso para comenzar a vivir. Esta mañana me invitó un caldo de pescado porque estaba algo caris bajo y me llevó a pasear con mi hermana mayor, los dos niños grandes y él, todos en una moto, sin casco. Qué irresponsabilidad, pero ¿sabes? Me gustó mucho, porque dejaron sus diferencias para compartir en familia nuevamente. Creo que eso habla mucho de las personas: de la reconciliación y de lo importante que es hablar. Ese orgullo que muchos creen que es bueno o que da carácter es, en realidad, un gran limitante.

Me despedí de mi abuela, que es como una segunda madre para mí. Me tomé un vaso de café mientras hablábamos de la vida. Me despedí de mis tíos y, cuando llegué a la casa, me despedí de mi madre. Ella lloró mucho; le dije que iría nuevamente para verla más seguido y le pedí disculpas por no haber ido en años. Le dije cuánto la amaba y le expresé todo mi amor. Me regañó por llegar algo tomado ayer jajajaja, pero recibí el consejo y la abracé muy fuerte.

En todo mi trayecto de Arauca a Medellín sentía que pensaba mucho, pero sin ideas claras. Ya en el bus, al ver la ciudad, pude pensar de una manera más calmada y agradable. Por eso escribo esta noche. El resultado de estos momentos es que tengo ganas de seguir devorando el mundo a bocados, de seguir siendo amor. Y si te sientes perdido, regresa a tu lugar de origen: encontrarás las respuestas si estás dispuesto a correr riesgos, a dejar la comodidad y a disponerte a ver más allá de nuestros bloqueos emocionales.

Andrew Osorio

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