Donde habita el oficio: una casona contra el olvido
Abr 15, 2026
Hay salidas que se planean y otras con las que se tropieza. Esta fue de las segundas. Sin expectativas ni hoja de ruta, terminamos el 14 de abril de 2025 en el Museo Taminango de Artes y Tradiciones Populares de Nariño, departamento ubicado al sur de Colombia. El taxi nos dejó 16:00 justo en frente. En una casa de paredes blancas, techo de tejas desgastadas y columnas anchas de troncos. Era de dos pisos, pero no imponía: apenas llegaba a tapar la luz del sol.
¿Qué hacía una casona tan rural en medio de las calles pavimentadas con casas urbanas? Fue lo primero que me pregunté. Para entonces nos acercamos y alcanzamos a ver de lo que trataba.
Al entrar, la guía nos invitó a unirnos al grupo, que había comenzado el recorrido hace unos minutos. Ella llevaba un tapado de color rosa viejo con un pantalón de gabardina marrón; sin embargo, la temperatura para mí no era fresca. Por sobre su ropa tenía un parlante que cruzaba desde un hombro hasta su cadera, pero no necesitaba usarlo.
***
Las paredes del tiempo |
Luego de la primera impresión, seguimos nuestro recorrido hasta el hall principal de la casona. Al cruzar, fue como entrar en una dimensión suspendida. Las paredes hablaban, contaban la historia del lugar. Cada fotografía, cada fragmento visual, era un testimonio íntimo del pasado: eran huellas.
Tres carteleras de madera colgaban en esta habitación con la historia sobre el deterioro, el proyecto y la restauración. En una esquina, un mueble sostenía máquinas de escribir y un libro enorme de sugerencias. Al lado de ello, lo que en algún momento fue una puerta trasera convertida ahora en ventana. En el vidrio, un vinilo lleva el nombre del museo.
Una frase, amurada en una de las paredes, le daba sentido al conjunto:
—Lo imposible no existe si todo se hace con pasión y esperanza.
La firmaba el Dr. Pablo Morillo Cajiao, y parecía un susurro desde el corazón de la casa.
Mientras veíamos las imágenes de la estructura colonial, la guía nos regalaba su historia:
—La Casa es una construcción colonial del siglo XVII. Fue restaurada respetando las técnicas de su construcción y diseño originales.
Sus palabras eran pausadas. Como quien no solo informa, sino que honra. Nos contó también que, en 1971, fue declarada Monumento Nacional por el Ministerio de Educación y Cultura. No solo por su antigüedad, sino por lo que representa: un vestigio vivo de la historia nariñense, una arteria que sigue latiendo dentro del cuerpo moderno de la ciudad.
Lilia Patiño, administradora de la Fundación Museo Taminango de Artes y Tradiciones Populares, había dicho en una entrevista radial: “Es una reliquia arquitectónica”.
Y al estar allí, lo comprendimos. No es fácil mantener en pie una casa que ha resistido siglos, que ha sido testigo de guerras, fiestas, inviernos, generaciones. Más difícil aún es preservar la memoria de quienes la habitaron, de los oficios que se ejercieron en sus cuartos, de los silencios que tejieron sus muros.
Del jardín a un mate |
Al cruzar la segunda puerta de la sala, accedimos al jardín trasero. El aire cambió. Las plantas eran tantas que se volvían incontables: hojas anchas, tallos vibrantes, flores pequeñas que se escondían entre helechos. Era como si la casa hubiera contenido el aliento y, de pronto, lo liberara. El sol ya comenzaba a bajar; el patio se cubría lentamente con las sombras alargadas de los árboles.
Entre piedras irregulares y adoquines dispersos, se dibujaban los senderos estrechos que nos invitaban a rodear el corazón del jardín. Al rodear el centro, llegamos a lo que alguna vez fue el ingreso original a la casona. En la pared, un cartel de madera: Carrera 28A #12-30. Debajo, un banco que parecía esperarnos.
Esa entrada, separada de la estructura principal, daba acceso a lo que había sido la cocina original. Las paredes parecían hablar otro idioma: barro crudo, rugoso, irregular. Ese espacio me llevó inevitablemente a un recuerdo profundo. Pensé en mis abuelos, que crecieron en casas de barro en Corrientes, Argentina. Recordé cómo, con esfuerzo y tiempo, fueron modificándolas, agregando ladrillos, levantando techos nuevos. Diferente geografía, mismo origen.
En esta cocina había herramientas de paileria. La guía nos explicó que este oficio consiste en la fabricación, reparación y montaje de estructuras metálicas. Nos contó que estas herramientas eran antiguas, de cuando el trabajo era más artesanal, más físico, menos automatizado.
El jardín era un mundo aparte. Pequeños carteles de madera sobresalían de la tierra húmeda. Violeta, Fique, Manzanilla, Palma, Borraja eran algunos de los nombres que llegué a leer.
Un pequeño arroyo cruzaba esa parte del jardín. El agua corría con un murmullo constante, casi hipnótico. Un puente de madera lo atravesaba, elevándose apenas, como si temiera perturbar la armonía del lugar.
Un aroma me sacudió un recuerdo inesperado. Era fresco, mentolado, familiar.
—¡Mira, amor! Hay poleo —le dije a mi pareja en cuanto lo leí en un cartel con las plantas medicinales que cultivaban.
Había también otros yuyos —menta, cola de caballo, cedrón, yerbabuena— los mismos que trae frescos mi abuela Corrientes para el mate. Recorrimos ese sector tratando de encontrar la planta exacta, pero solo vimos la de cedrón. No importó, tan solo bastó un aroma para llevarme a casa.
La guía nos contó que cultivaban esas hierbas para atender con ellas a quienes, en algún momento se acogieron en la casa. Por lo que no era solo un gesto botánico, era una forma de cuidado, una práctica viva de hospitalidad.
Entendí que no era solo un jardín cuidado con ternura. Era una manera de amor, de cuidado, de decir que aún hay memorias que brotan, que germinan en el cuerpo como lo hacen las raíces bajo tierra.
De un telar a un origen |
Comenzamos directamente ingresando por la segunda puerta lateral izquierda. Me encontré con un piso rupestre y paredes blancas que envolvían artefactos de costura. En el piso se veían gotas blancas, y el aire fresco dejaba olorcito a pintura. En las paredes colgaban cuadros con mujeres y ovejas, o ambas. Representaban el proceso de teñido de la lana, la costura ancestral.
Uno de los telares más grandes exhibía cómo los hilos se entretejían hasta formar una tela gruesa, colorida, abrigada. La guía nos explicó que ese instrumento era el corazón del proceso textil, donde los hilos se entrelazan con la trama para dar vida al tejido. A su alrededor, se distribuían cañuelas —delgadas varillas que mantienen los hilos tensos y ordenados— y zanzadoras, a una herramienta que ayuda a enrollar el hilo, desenredarlo o guiarlo en el proceso del tejido. En un rincón descansaba un aspador: una estructura giratoria en la que se enrollaba el hilo para formar madejas. Había también husos y ruecas, más pequeños, más íntimos; eran las herramientas con las que se hilaba a mano, antes incluso de sentarse a tejer.
En aquel telar más grande reposaba una muestra de su trabajo. Estaba inmóvil, con un poco de polvo incluso. Pero ahí estaba. Los hilos, que parecían venir de diferentes lados, se entrelazaban al pasar por ahí y salían convertidos en una manta abrigada de varios colores. Hoy lo asocio a lo que alguna vez fuimos, como argentinos, como latinoamericanos, lo que fue esa casa: un lugar de refugio, de esperanza, donde llegaban personas —humanos de todos los rincones del mundo— a buscar un hogar, a ser comunidad, a construir un futuro.
La identidad de lo tradicional 16:40 |
Como las habitaciones externas eran construcciones de un solo piso, los techos eran bajos. Las tejas entretejían y terminaban poco más arriba de mi cabeza, donde podía ver en detalle cómo aún estaban sujetadas con cuero.
La guía, a quien habíamos visto llevar un micrófono y un pequeño parlante durante todo el recorrido sin haberlos encendidos, lo hizo finalmente al llegar a esta sala. Era una habitación separada del cuerpo principal de la casona, como un apéndice necesario. Entramos primero. Detrás de nosotros, ella se abrió paso y encendió la luz. Se colocó tras unas vallas de madera de mediana estatura y, al activar el micrófono, su rostro pareció iluminarse.
—Este es uno de los oficios más antiguos e importantes de Nariño. Es prehispánico… y está vigente todavía.
En mi cabeza rebusqué el significado de prehispánico: Dicho de América o de lo relacionado con ella. Lo anterior a la conquista y colonización españolas.
Nos habló de un saber heredado por generaciones: una técnica de impermeabilización aborigen que aún resiste. Una práctica ancestral desarrollada por los pueblos originarios de la región, los indios Mocoa, que consiste en recubrir recipientes de madera y cerámica con una resina vegetal procesada. Esa resina proviene de una planta llamada Mopa-mopa, que crece en Mocoa, en el departamento del Putumayo.
La guía nos mostró una fuente con lo que a primera vista parecían ser semillas o brotes pequeños.
—Es la hojita que va brotando —explicó. — Cuando se cocina, se funde y se vuelve maleable. Así se moldea sobre la superficie de los objetos.
En la habitación colgaban platos, vasijas y cuencos decorados con patrones minuciosos, que a mis ojos interpreté como mándalas e ilustraciones. En su mayoría en negro, rojo y dorado, pero también había excepciones en azul y verde.
Según nos contó la guía, cada familia aborigen tenía su propio patrón decorativo que los identificaba. Eran formas transmitidas de generación en generación, guardas que hablaban sin palabras: "Esto somos, esto es nuestro". Pero ese conocimiento, como tantos otros, se fue diluyendo con el paso del tiempo, con los silencios forzados de la historia. Este descubrimiento no era un hallazgo casual; fue el resultado de un proceso de investigación y recuperación iniciado por Artesanías de Colombia en 1973. Un trabajo de memoria.
Me hizo pensar ¿Cuál es el nuestro trabajo de memoria como argentinos? Y llegué a esos pañuelos blancos, el de las madres de plaza de mayo. Aquellos que surgieron por la búsqueda de una identidad, porque hubo a quienes se la negaron. Esos trozos de tela que en algún momento parecían insignificantes y hoy lo significan todo.
El valor del trabajo |
La guía avanzaba en el recorrido, pero nosotros nos quedábamos siempre por detrás. Desde el frente de la casa ingresamos a una habitación que antecedía a la de los telares: era el cuarto de carpintería.
Al traspasar la puerta, el aire cambió. Un leve olor a madera seca, a barniz antiguo y a polvo creaba un ambiente rústico. Las herramientas —afiladas, pesadas, gastadas— colgaban ordenadamente de las paredes.
Una colección de pequeños juguetes tallados: trompos y yoyós de madera, se exhibía en una de las paredes. No pude evitar sonreír. Algo en esos objetos, tan simples, tan perfectos en su imperfección, me llevó a una escena: niños y niñas jugando en un patio de tierra, girando sus trompos como si fueran planetas de una infancia más lenta, más tangible. ¿Qué quedó de esas infancias? ¿Es posible recuperarlas entre tantas pantallas?
La habitación estaba repleta de piezas: cuadros tallados, pies de cama torneados, botones gigantes, sandalias de madera —que se veían muy incómodas, por cierto— y otras herramientas que hablaban de un tiempo en el que el detalle era un lujo. Pocas eran las familias prestigiosas que podían permitírselo. Hoy, en cambio, el diseño tiende a lo minimalista, lo impersonal.
Afuera, dos habitaciones más —separadas del cuerpo principal de la casa— nos esperaban para cerrar el recorrido.
La primera habitación, a la izquierda, era una pequeña sala de herrería. El calor residual del metal parecía haberse quedado impregnado en sus paredes. Frente a nosotros, una colección de herramientas e instrumentos antiguos se exhibía sobre estantes de madera: ollas pesadas, planchas de hierro, moldes, ganchos y una placa metálica que reunía herramientas cuyo uso desconocía por completo.
Aunque no podía asegurar si esas herramientas se usaron en Colombia, en Argentina o en otro rincón de América Latina, todas parecían hablarnos de lo mismo: de un modo de vivir que tenía al trabajo como columna vertebral de la dignidad.
La guía mencionaba cómo muchas de estas labores han cambiado con el tiempo. La tecnología avanza, los procesos se automatizan. Los herreros, los carpinteros, los tejedores aún existen, pero sus herramientas y sus ritmos ya no son los mismos. Y entonces me surgió la pregunta inevitable: ¿pierde valor un trabajo cuando pierde su forma artesanal?
Fue una sensación extraña, casi ajena. Observaba esos instrumentos como reliquias de un mundo que ya no es, pero que aún palpita en el fondo de la memoria. ¿Y si todo esto desapareciera? ¿Y si nadie recordara que alguna vez existió? Porque lo que no se recuerda, se pierde. Y lo que se pierde deja un hueco que ni la tecnología ni el diseño moderno podrán llenar.
Algunas cosas son lineales y otras cíclicas. Mientras las industrias de las tecnologías se actualizan, algunas modas se reutilizan, pero el valor por trabajo se mantiene, siempre. Inevitablemente estos instrumentos humanos terminan siendo los vestigios de lo que alguna vez fue el arduo esfuerzo humano. Que, sin importar lo que surja en la modernidad, nunca será suficiente.
La vocación |
Rodeamos la casona por fuera, dejando atrás el jardín hasta volver al punto de partida. Esta vez, en lugar de entrar por la planta baja, subimos unas escaleras exteriores que llevaban directamente al balcón del segundo piso.
En la parte superior, colgaba un cartel: “Imprenta de tipos griegos” y, justo debajo, el nombre “Leopoldo López Álvarez”.
Éramos unas veinte personas en el grupo, y entre los murmullos pude distinguir acentos diferentes. Un par de voces hablaban en castellano, pero no como el nuestro. Eran europeos, españoles. Uno de ellos comentó:
—Esto también lo hemos visto allá.
Ese “allá” no era una palabra más. Marcaba una distancia de más de ocho mil kilómetros. Una palabra separa mundos, pero también los conecta. No pude evitar pensar en las huellas de la historia colonial, aún impresas —literalmente— en las herramientas que ahora contemplábamos. ¿No es irónico? Lo que fue instrumento de dominación también es, hoy, vehículo de preservación.
Leopoldo López Álvarez fue juez, traductor, tipógrafo. Instaló en esa misma casa una imprenta con tipos griegos importados desde Europa. Desde allí tradujo a Virgilio, a Homero, a Esquilo. Pensé en el contraste: un hombre del siglo XX, en una ciudad del sur colombiano, reproduciendo clásicos de la antigüedad con sus propias manos.
La guía, con su tono pausado, nos explicó que López fue jurista y humanista en Pasto y que había vivido allí mismo, en esa casona. Fue entonces cuando el espacio adquirió otra dimensión. Ya no era solo un museo: también había sido hogar, taller, refugio.
Imaginé la escena: López inclinado sobre una mesa, con los dedos manchados de tinta, alineando las letras con precisión. Como si supiera que ciertas palabras no sobreviven sin cuerpo. Y ese cuerpo es papel, es tinta, es madera. Es oficio.
Me conmovió ver la prensadora original en una esquina de la sala. Estudio Comunicación Social, y en ese momento no pude evitar pensar en todo lo que cambió —y en lo que todavía permanece. Mientras afuera el mundo vive en scroll infinito, adentro esa máquina sigue hablando del tiempo en que comunicar era tallar, imprimir, encuadernar. Cuidar la forma y el contenido como una artesanía.
Y tal vez fue eso lo que más me conmovió: la quietud, la concentración, la belleza silenciosa de una tarea hecha con las manos y con el alma. Porque en ese instante, entendí que mi vocación no empieza ni termina con una pantalla. Que existe una línea invisible que me une a personas como él, que también creyeron que las palabras importan, que deben ser defendidas, cuidadas, transmitidas.
Esa sala, esa imprenta, ese nombre tallado sobre la puerta, me hablaron más claro que mil discursos. Me dijeron que la vocación no es solo una carrera. Es una forma de habitar el mundo. Y que, a veces, basta una letra prensada en silencio para recordarnos por qué elegimos lo que elegimos.
***
Este museo resguarda el arte popular que ha dado identidad a Nariño. El que, como dijo su administradora, permite que el pasado y el presente dialoguen, sin gritos ni algoritmos, sino con formas, texturas y saberes. Según lo que aprendimos, conserva más de 860 piezas que narran el trabajo, el ingenio y la historia de quienes habitaron estas tierras desde tiempos coloniales.
La visita fue un recorrido por todas sus habitaciones. Fue como estar encapsulados en el tiempo, sin manecillas de reloj que contabilizaran los segundos o los minutos. Cada sector, cada cuarto, cada esquina de esa casa no necesitaba ni principio ni final, solo que la revivan, en el tiempo que fue.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.
Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión