Nací sin pedirlo
con un alma que siente más de lo que debería.
Un alma que no sabe soltar,
que guarda los silencios,
las miradas que no dijeron nada,
los sueños rotos
como quien guarda brasas en los bolsillos.
Desde niño supe
que la calma no era mi idioma,
que dentro de este cuerpo sereno
vivía el desorden suave de un huracán
aprendiendo a quedarse callado.
Mis ojos no vinieron solo a mirar:
fueron hechos para leer lo invisible,
para tocar con la mirada
aquello que el mundo decide ignorar.
Y eso pesa.
Pesa más de lo que me atrevo a decir.
Hay mañanas
en las que despierto con un incendio
latiendo bajo las costillas;
otras,
solo con cenizas tibias
recordándome que algo ardió.
No sé callar lo que siento.
Si lo intento, me consume,
me enferma por dentro.
Por eso canto,
por eso dibujo,
por eso escribo:
no para mostrarme,
sino para seguir respirando.
Para darle forma al fuego,
aunque sepa
que no siempre salva.
En la desesperación me pregunto
por qué el dolor sabe volver,
por qué la culpa me habla incluso dormido.
Busco respuestas en libros,
en plegarias,
en la paciencia de Dios…
y apenas las rozo,
como quien toca el agua
y la pierde.
Hasta que entiendo:
mi alma no quiere silencio,
quiere sentido.
Y solo halla descanso
cuando convierte el caos en arte.
Tal vez esta sea mi maldición:
sentir lo que otros no notan.
Pero también es mi don:
hacer de cada herida un poema,
de cada lágrima un símbolo,
de cada noche en vela
un juramento íntimo conmigo mismo.
No nací para olvidar.
Nací para sentir.
Y para transformar ese dolor
en algo que resista al tiempo,
como un fuego
que no quema…

jesus Arriaga Duran
no sé si se me ha ido la tan mala llamada “inspiración” o simplemente no encuentro palabras para transmitirte un poco de lo que siento, de lo que pienso, y de lo que soy.
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