Hace ya cuatro años tengo un romance con una mujer despampanante, una señora de belleza tan única que llega a ser escalofriante.
Es de tez pálida y muy delgada, ella casi está en los huesos, tanto que puedo sentir sus costillas contra mi pecho cuando me ahoga en sus fríos besos, y su pelo negro furioso me envuelve siempre en la cama, mientras me pierdo en sus blanquecinos ojos, y oigo su voz rasposa decirme que me ama.
Nunca la veo tan seguido, ya que suele estar ocupada. Me visita solamente en solitarias noches heladas, y me susurra siempre al oído que escapemos, que me vaya con ella, que atrás no dejemos nada. Yo siempre le respondo "no puedo, pues mi esposa vuelve mañana."
Esta noche me visitó, me encontré con ella al abrir la puerta. Traía consigo una botella de vino añejo y un sombrero negro que la cubría al bajar la mirada. Su vestido colgaba de sus huesudos hombros que sostuve con cariño al abrazarla.
Bebimos al borde de mi balcón, admirando la larga caída, sintiendo la lluvia que nos empapaba y el gélido soplar de la suave brisa.
La llevé a mi cama y la desnudé, siempre se ve más hermosa que antes, e hicimos el amor entre lágrimas y sudor, dos desesperados amantes.
Como muchas otras veces, me rogó acompañarla, hoy la sentí tan cercana, pero dolió mi alma cuando como de costumbre afirmé "sabes que no es posible, pues mi esposa vuelve mañana."
Se fue entre resignación y silencio a eso de las dos de la madrugada, y recién fue que pude dormir, reviviendo recuerdos de mi noche con ella, ya que aún no me toca partir.
Al amanecer vino mi esposa, con su luz siempre tan radiante. La besé, le pregunté por su noche y le di de comer, mientras ella solo sonreía, ignorante.
Nunca podría decirle a Vida la verdad, pues la verdad no cabe en su mente. Nunca imaginaría a su esposo en un amorío con doña Muerte.
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