En un pequeño pueblo, vivía un hombre al que todos conocían como Don Soberbio. No era su nombre real, claro, pero nadie recordaba cómo se llamaba en realidad. Caminaba con el pecho inflado, la mirada por encima del hombro, y una voz que sonaba siempre como si estuviera corrigiendo al mundo.
—Yo sé cómo se hacen las cosas —decía—. No como ustedes.
Sabía más que el médico, más que el maestro, más que el panadero. Si alguien cometía un error, lo señalaba con un “Te lo dije” sin piedad. Y si alguien tenía éxito, murmuraba: “Tuvo suerte, no talento”.
Hay una trampa muy común en este asunto. La soberbia no siempre se nota. No llega gritando “¡Aquí estoy!”. A veces se disfraza de seguridad, de independencia, de éxito. Don Soberbio creía que era autosuficiente, que podia solo, que no necesitaba pedir ayuda. “¿Para qué voy a escuchar a ese si yo ya lo sé?”, pensaba. Y ahí está. Esa vocecita. Pequeña, pero peligrosa.
Con el tiempo, la gente empezó a alejarse. Al principio con cuidado, luego con alivio. Nadie quería estar cerca de alguien que nunca escuchaba, que jamás pedía perdón, que creía tener siempre la razón.
Un día, Don Soberbio enfermó. Nada grave, pero necesitaba ayuda. Tocó puertas, pidió favores… y nadie respondió.
Solo entonces, sentado en su casa vacía, entendió. No era que lo odiaran. Era que su soberbia había construido muros, no puentes. Había elegido tener la razón, y había perdido todo lo demás.
Desde ese día, algo cambió. Empezó a escuchar. A preguntar. A decir “no lo sé”, “gracias”, y a veces incluso “tenías razón”.
El pueblo, sorprendido al principio, fue volviendo. Ya no le llamaban Don Soberbio. Le decían Don Sabio. Porque habían entendido algo que él también aprendió:
La sabiduría no está en saberlo todo. Está en saber callar, escuchar, y reconocer que siempre podemos aprender.
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