Escribía y borraba constantemente hasta encontrar la manera perfecta de hacerte enorgullecer de mi lenguaje, pero me mirabas indiferente sorbeteando el mate amargo que te acababas de preparar. Al rato, yo moría un poco por dentro buscando maneras para excusarte de tus actos inundados de frivolidad.
Era triste extrañarte de esa manera tan desesperada. Estabas parado frente a mí y no te podía tocar. Decías vos sabés que te habito en la sangre y me sonreías como si nada pasara. Siempre me pregunté qué sentirías si yo me fuera lejos también, si escribirías cartas para mí. Decías que me habitabas, pero en realidad, en lo más profundo del sentir, no estabas en mí.
¿Qué tan caro me sale quererte?
¿Dónde acaba el querer que no te alcanza?
Te veía agarrar la campera y una cajetilla de cigarros, perderte entre las calles de la capital. Lorenzo, a ti se te acabó el amor con la velocidad en la que te fumabas el cilindro mentolado que sostenías siempre entre los dedos.
Escribí una nota que tenía como destinatario tu nombre, la firmé con un beso marcado del color vino que te gustaba. No sé si alguna vez la leíste. Quiero creer que nunca lo hiciste, porque dolería más saber que encontraste esas palabras y te resignaste a no buscarme.
¿Qué tan barato te salió quererme?
¿Dónde comienza la tregua para mi alma?
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