Observo a esa chica recostada sobre su cama,
su cabello esconde las lágrimas que su corazón ya no pudo sostener.
Abraza con fuerza su vestido blanco, como si en él pudiera remendar las grietas de su alma.
Solo el brillo del sol, atravesando la ventana, se atreve a guiarla.
Pobre alma, condenada a vivir mientras lucha contra el deseo de morir.
Ha aprendido a reír para ocultar el cansancio, para esconder el corazón roto que tantas veces han lastimado.
Descubro mi cabello rizado dorado solo al observarme frente a mi espejo,
pero ya no reconozco a la chica que me devuelve la mirada; sus ojos dejaron de brillar hace mucho.
Solo queda un cuerpo que aprendió a respirar sin saber vivir,
esperando en silencio el día en que el dolor, por fin, decida marcharse o llevársela con él.
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