Resuena bajito; bajemos el pulso, escuchá, ¿No te dije que seguía sin nosotros? Estos parques ya los conocía, antes de vos ya me eran hermosos, después de imaginar que podrían conocerte los quiero bastante más. Incomprensible e incontrolable; se desató el futuro a grandes y pesadas gotas que me van embarrando de vos. En unas ropas que no quisiera lavar aunque sea lo debido.
Nadie me abriría las puertas vestido del enigma que me dejaron tus manchas. Miro al cielo y es tan distinto al que suelo ver, desde acá que te estoy cerca, veo el otro lado de nuestro puente metafísico. No vine en auto, te juro que lo crucé. ¿Pero donde estás? ¿Por qué no llegaste todavía? Quiero creer que te demoraste eligiendo la ropa o el color del paraguas.
Entiendo el juego cruel de nuestra incomprensibiliad, el puente unió más de lo debido, se nos fue un toque de las manos y de ambos lados los demonios están heridos. ¿Acaso no es buena noticia?
Casi divina; incluso por delante de preciosa. Y yo pretendiendo que te aparezcas en el barro del parque solo por el placer de confirmar que verdaderamente dejás huellas en algo más que en mí.
Tu último mensaje fue una duda; porque no nos suelta la mano el existencialismo y vos querías saber cuánto de todo era verdad. Qué chance hay de unión entre lo terrenal y lo divino?
Ay mi amor, el amor en este caso es una consecuencia necesaria en la interacción caótica de nuestros mundos. De todo lo ajeno al puente. Y no recaigamos en vagos conceptos, no estoy invocando cierta magia romántica, no se pareció a nada de eso.
La magia fueron tus manos convirtiendo al tiempo en espacios seguros, y quién iba a pensar que podrías atraparnos, que no podrías controlar los daños colaterales de tus propios hechizos.
Yo ya sabía de ante mano que tus uñas podrían desgarrarlo todo, que amas clavarlas en el espacio, intercambiarlo con el tiempo, pero mi ingenuidad no me dejó comprender que yo no podría escapar desde la propia terminología; si sólo sería un instante.
Tu omnipresencia inundó las calles del centro, las que reemplazaban mis venas. Ambos sabíamos que el espacio era infranqueable; y aún así no pudo con vos.
Irías a engatuzarlo en tu palabrerio con una capacidad envidiable.
Tu amor siempre le perteneció al momento, terminó tentando al sinsentido y es por eso que mantuve las puertas cerradas. El tiempo fue una búsqueda sin fin que me fue sumiendo de a poco, mientras te desvanecías, en una realidad tangible y alborotada para escapar un poco de lo intenso. Supe cuestionar tus intenciones; jamás tu maravilloso ser.
Perdón si mi retórica tiñó al amor, lo terminó convenciendo al sinsentido y su promesa. Siempre fuiste desde tu concepción no solo musa, sino un catalizador que me otorgó mi mayor capacidad, que volvió a estrecharme la mano conmigo mismo.
Me miro los dedos que no entienden de tu piel; sonrío ruborizado. Y recuerdo que te (y me) nutris de tu capacidad de vivir al margen. Así provocás la creación, detonás las secuencias divinas que me ingresan sin reparo a estados mentales elevados que nunca obtuve sin droga. Y es que casi son lo mismo. Te expresaste por mí; brotaste de mis tintas, todo el vehículo fue la poesía que ama sacarnos a pasear; ahora lo entiendo, y me encanta que no hayas llegado. Vos sos la fuente de todo, la estructura de la ciudad que la narrativa nos levantó.
Pero escribirte es desafiarte, cortarte las alas y pintarte un poco de mundo. Te pido perdón por aquello. Preciso sacralizarte a cambio de recobrar mi cordura. Ya no sé quién soy, por favor contame.
Un catalizador no sólo es reactivo; transforma el estado de los elementos involucrados. Y de alguna forma lo sabías, de alguna forma estoy enfrentando el alto precio. Me confrontaste con lo más alto de mí, cómo te lo pago?
Una fuerza subversiva que violento el orden natural de las cosas, de las mías, que ni siquiera entendía ordenadas. Lo transformaste todo con solo tocarlo y ni siquiera precisaste las manos.
Qué paradoja, colorada; la tuya de crear y destruir al mismo tiempo. Al final te poseía una divina humanidad. Y la mía, mi propia humanidad e imperfección estuvieron siempre en vos. Que sos perfecta e inmutable en tanto yo me desarmo.
Siempre fuiste el motor, que me abstrae de mí y me eleva sin este peso insostenible. Te abro la puerta ahora, vení vestida de vendaval y rompelo todo.
Te dejo impune, hoy retiré los cargos; queda cancelado el juicio.
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