Domingo por la mañana.
Diecisiete minutos para el mediodía, para ser exacto. Amaneció gris luego de una tormenta. El frío se cuela por los huecos de mi piloto, siento las costuras de las medias y las arrugas de las bolsas de basura que me puse a modo de prevenir que le entre el agua porque están pinchadas. La gorra me aprieta y siento como me palpita pulsante la cabeza.
Salgo del supermercado Día, cruzo la calle y camino por la vereda de un bodegón. Construyeron un deck de madera con mesas y sillas pero al cerrar el local, quitan las tablas de los asientos y las mesas. Esto no es casual, se llama arquitectura hostil y fue ideada por un sistema que le niega a las personas que viven en la marginalidad un resguardo o un lugar para descansar.
Continúo caminando mientras doblo en la esquina, encarando hacia la municipalidad. Un hombre en situación de calle está lavando su ropa y la cuelga en las barandillas del banco aprovechando el viento, como un náufrago que busca llegar a la costa. Un gesto que considero un acto de rebeldía Camusiana: resignificar la estructura de una institución que deshumaniza a las personas; una breve expropiación temporal de la imaginería del capital. Hoy no es un pasamano de un lugar al que acceden quienes pueden: es una soga para colgar la ropa.
Unos metros más adelante, segundo encuentro con otra persona en situación de calle que me pide dinero para comprar algo de comer. Esta vez es una señora, de unos 65 años aproximadamente, su cabello comparte el color del cielo hoy. Con la voz temblorosa y una sonrisa casi desnuda como un bosque que ha sido arrasado por un escuadrón maderero me dice “si podes nomas, no te enojes” mientras intento no llorar ya que me siento doblemente culpable: mi cara por lo general lleva un seño fruncido terrible y porque no la había escuchado hablar la primera vez que me llamó porque llevo auriculares. Me desarma el hecho de que se me haya acercado con una vulnerabilidad palpable y mi rostro le haya hecho sentir que no es bienvenida. Le pregunto si puede comer galletitas con chocolate, asiente con la cabeza. Acto seguido le doy las galletitas y algo de efectivo también.
El verde opaco de las hojas de los árboles contrasta contra el cielo de cenizas. Sensación de encrucijada, de estar entre la espada y la pared. Estoy sentado en un banco frente a la plaza en Monte Grande esperando el bondi. Aprovecho para escribir para no espiralar. 5-4-3-2-1. A mis tres, una pareja dialoga de cosas cotidianas. Ella tiene el cabello y la voz muy similar a alguien a quien extraño pero no puedo contactar. Subo el volumen hasta que su charla se torna ininteligible como cuando uno quiebra después de tomarse hasta el agua del inodoro en una fiesta y sus amigos amablemente lo depositan en una cama hasta que recupere la dignidad. Sensación de escuchar a los demás tras la cortina del sueño proyectado por un coma mientras uno sigue durmiendo.
A mis pies, el viento hace deslizar las flores violetas de jacarandáes y algunas flotan en el agua del cordón que espeja el cielo. Recuerdo la escena de la criatura de Frankenstein poniendo una hoja a flotar sobre el agua de la alcantarilla donde estaba prisionero bajo la torre. Sobre mí, las palomas cantan su canción arrulladora de baja frecuencia. Veo pasar por la vereda del frente a laborantes que van a tomar la combi hacia un lugar donde no trabajo más. Paneo a la izquierda para no mirar la escena pero es peor. En la esquina de la plaza, bajo el cielo de concreto está el monumento a la madre. Mi mamá ya no está tampoco. Detrás de la efigie, el cartel de Banco Santander. Para ellos trabajé también cuando actué de vendedor. El día parece querer recordarme todo lo que perdí.
Un Caracara Plancus vuela como barrilete sobre la plaza. No tiene hilos, no se enreda con los cables ni choca contra las antenas.
Después de una hora llega el 435.
Yo quisiera poder volar también.
Dominguicidio por la noche.
Veinte y veintitrés. Subí al 51 expreso que va a constitución por autopista hace minutos. No es el colectivo que esperaba, pero me acerca a la civilización, precisamente hasta el shopping Las Toscas. Aunque no es mi destino, prefiero acortar distancia para no esperar en una ruta rural de San Vicente a oscuras y bajo la lluvia como un desquiciado.
Estoy empapado. Tengo frío pero no me puedo quejar porque soy team invierno. Prefiero esto mil veces antes que el calor. 18 grados a un día de comenzar un diciembre rioplatense es una victoria. Falla en la rodilla derecha, producto de la caída de hace unas semanas cuando me robaron el celular. Cuando la muevo, puedo sentir como flota la rótula frotándose por dentro -como cuando te ponés un sweater y con la cabeza estiras todo el frente hasta encontrar el hueco del cuello- contra la piel rígida producto del corte que está demorándose en cicatrizar.
Dolor punzante en la columna que calculo debe ser un disco que está aplastado como tubo de dentífrico a fin de mes. Levanté un árbol caído hoy, a pesar de que no tenía la capacidad muscular para hacerlo. La pasta se está asomando por el pico del tubo. Ésto me va a joder mañana en la clase de boxeo cuando toque hacer juego de cadera o esquivar los guantazos. Metáfora de mis vínculos, la danza púgil. Cuando subo al ring, estoy conciente de que puedo recibir pero también dar daño. Estoy acostumbrado a bancar los golpes pero siempre me contengo al momento de marcar. "pegá más fuerte", "dale sin miedo" me dicen desde la esquina. Estoy intentando.
Tengo el talón izquierdo que me pincha cuando piso, sobre todo cuando alguna piedra me da en el centro, posible espolón. Me rindo y me voy a sentar. No quería dejar mojado el asiento ya que luego de que yo baje, alguien más tendrá que sentarse pero los pies me están matando. Intento mirar por la ventana pero está empañada. Limpio el cristal como se limpia un espejo pero solo se ve una noche oscura. El abismo devolviendo la mirada. Elijo ignorar el presagio. Hay que elegir las batallas.
Bajo en Canning, cerca del paseo que emula callecitas europeas, muy aspiracional, muy de cheto. Solía venir acá después de pasear por Easy donde había una gata a la que apodamos “Kaelia”, nombre inventado que se me ocurrió de la nada y a la persona que me acompañaba le pareció creativo. No quiero ser un nigromante hoy. Acá hay fantasmas pero el abismo es aesthetic: está disfrazado con marquesinas, calles pseudoeuropeas, bares temáticos y letreros de neón.
Los autos pasan por el boulevard como estrellas fugaces, recordándome lo efímero de las cosas. El reflejo lumínico sobre el asfalto da la impresión de que el piso está hecho de diamantes, como un bifrost en medio del conurbano. La pequeña brizna que se forma cuando las ruedas salpican el agua se tiñe de colores con las luces, formando nebulosas que duran microsegundos pero que existen mientras las ves. Eso mismo es la realidad: luz que viaja por el universo rebotando en las cosas y golpeando las pupilas de las puertas del alma invitando a contemplarlas antes de que desaparezcan para siempre. Nuestro cerebro acepta la invitación y a cambio, les da forma y otorga sentido. Todo esto ocurre en attosegundos pero la belleza percibida y lo que nos hace sentir es el regalo que nos deja. Por eso se llama presente.
A mi izquierda, en el piso detrás del totem de "parada segura" que acompaña el humilde techo que me guarece de los elementos, yace mojada entre el barro un naipe de baraja española: el seis de copas invertido. Esta carta en tarot significa estar atrapado en el pasado, básicamente. No creo en dios ni en fuerzas superiores pero entiendo que la vida tiene esas cosas, ese humor cósmico de dios travieso y cruel. Una de las más grandes y graciosas bromas -y quizá la más cruel de todas- es como te pone personas en el camino, gente que continuamente expresa que quieren una personificación del amor que vos sos totalmente capaz de brindar, y mucho más también. Pero hay un pequeño problema: en la lotería de la genética no saliste sorteado con los parámetros y atributos que de otra manera, harían que les atraigas.
La lluvia cae suave pero sin detenerse. Pequeñas gotas de inconveniencias. Cosas que no te matan pero te hacen mas fuerte. A veces no quiero el gradualismo. Me gustaría que la lluvia cayera toda de un solo golpe devastador que me saque del juego, ésta vez definitivamente.
“Tendría que pensar que me está pasando pero es que estoy cansado de pensar” me dice Pity en los auriculares. Pensar duele. Sentir duele. Pero sin observador no existe fenómeno. Sin narrador no hay historia. Lo que no se percibe no existe. No se puede dejar de mirar porque si se deja de mirar, la realidad se transforma en nada. “No tengo ganas de seguir, pero tampoco tengo ganas de parar”. Cuánta razón.
Si te gustó este post, considera invitarle un cafecito al escritor
Comprar un cafecitoRecomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.
Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión