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Dios no existe, igual voy a rezar

cielle.

Jan 3, 2026

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Lo único que me queda son las palabras, el arma más frágil y endeble que existe.

Puedo prender velas, repetir oraciones cargadas en un murmullo herido, llorar frente a una estatua y pedir, pedir, pedir ayuda, pedir protección. Pedir fé, porque ya casi no me queda. Porque se gasta como la tinta, se va en cada plegaria y quedo sin nada.

Mi insignificancia me condena a ocuparme de lo mundano; lo único que puedo controlar es llegar temprano al trabajo, acariciar a mi gato, decirle a mi familia que la amo. Asegurarme de que lo escuchen.

Pero pendula sobre mi cabeza esa amenaza silenciosa y omnipresente, de que mi destino puede ser decidido por una vida no más importante que la mía. Aunque no la vea, me quema la nariz con el olor a podrido que lleva consigo, ese inconfundible aroma a sangre fresca que ya tomó.

La muerte es justa, el hombre no.

Así que rezo, de nuevo, aunque ya sin fuerzas. Prendo otra vela, recito otro padre nuestro. Aunque mis palabras nunca lleguen al cielo, aunque caigan y retumben en el piso del convento, tintineen contra la cerámica y me hagan recordar lo sola que estoy, arrodillada frente a una imagen vacía.

Si nada nunca cambia, si siempre vamos a vivir a merced de la crueldad, hasta el último instante voy a usar mis palabras, mi voz. Porque es lo único que me queda.

cielle.

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