-Ya estamos llegando?
-Estamos acá prácticamente.
-Es enorme.
Sofía discutía un pasaje tranquilo, donde de un salto alcanzaba, y sin esfuerzo, la vereda contraria donde había una hilera calculada de naranjos y limones. Se quejaba de tanto en tanto de los adoquines, que la lluvia y la dificultad del freno, a la vez que se quedaba conmovida cuando veía un pequeño brote emerger de una esquinita. Exclamaba que probablemente sería más seguro para los gatos -de las viejas, completabautomáticamente para mi adentro-.
De pronto empecé a notar que cuando más nos adentrábamos más se iba estrechando, más se disfrazaba de pasillo, más emanaba de las paredes olor a encierro. A casa húmeda de madera y a sillón con olor a perro.
Ambos nos frenamos a la vez.
-no te parece majestuoza? Dijo levantando la mano, como ofreciendo una copa frente a un balcón deteriorado.
-es una calle, So. Igual a las 29 que pasamos.
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