Tengo algo que confesarte: hace media hora estoy pensando qué decirte en esta carta. Qué decirte en realidad no, porque desde el momento que me senté a escribirte supe lo que te quería decir, pero sigo sin saber cómo afrontarlo, cómo hacer para empezar de cero. Lo que pasa es que arrancar diciéndote “Hola, Julieta, ¿cómo estás?” —o “Juli” al menos, porque tu nombre completo me resulta demasiado implacable— sería una falta de respeto a la relación que hemos construído durante todo este tiempo, un método desatinado que demostraría sin más no haber entendido la métrica en la que hemos estado envueltos desde el día que nos conocimos. “Hola, Julieta, ¿cómo estás?” un mecanismo impersonal, de cassette, pero completamente eficaz para abrir una conversación entre dos personas que no son nada, que quizá se conocen y se aprecian mutuamente, pero a fin de cuentas no son nada. Nosotros, después de tanto tiempo, no creo que andemos necesitando este tipo de artilugios para decirnos las cosas el uno al otro. Más bien todo lo contrario, si el simple estiletazo de tu mirada me habilita para percibir los humores que te gobiernan en cada momento, fijate vos.
Así todo, no sabés lo difícil que me está siendo empezar a escribirte esta carta. No porque no tenga las herramientas para hacerlo —más bien sabrás que soy alguien con facilidad de palabra—, sino por la ácida reflexión a la que debería someterme en caso de que te quiera escribir esto como realmente lo quiero hacer. Porque una cosa es pensar y otra mucho más difícil es contar lo que pensás. Pensar es fácil. Lo hacés por vos mismo y podés acelerar con la tranquilidad de que no hay nadie en el medio a quien puedas herir. En el tema es cuando empezás a contar eso que pensás, porque ahora hay alguien del otro lado escuchándote y percibiendo a su manera eso que le estás contando. Y en este caso, temo la posibilidad de herirte por el simple hecho de estar contándote mis pensamientos.
Es que todo sucedió muy rápido. Ayer cuando trabajaba en el supermercado vi algo que me dejó reculando hasta el momento que se me hizo la hora de cerrar la caja. Esto que pasó fue simplemente una nimiedad, un hecho fugaz y silencioso que nadie más pudo notar teniendo en cuenta que en esos horarios suelo estar atendiendo solo en el supermercado. Si te tuviese que decir cuánto duró lo que te estoy mecionando, creo que te mentiría, pero más o menos suponé que habrá durado unos diez segundos. Sí, tan solo diez segundos me condujeron a no poder a no poder dejar de pensar en lo que vi y, como corolario, al día siguiente terminar escribiéndote esta carta. Teneme paciencia, si te cuento así nomás qué fue lo que pasó, creo que no tendría sentido nada de todo esto, dado lo difícil que te sería entender la conexión entre lo que vi ayer y esto que ahora estoy tratando de escribirte.
Anoche estaba cansadísimo y pensé que semejante agotamiento haría que me durmiese sin que me hiciera falta leer más de dos hojas de la novela que estoy leyendo. Pero no, no pudo ser el caso. Con tan sólo pasar algunas páginas fui cayendo en la cuenta de que mis ojos barrían renglones, siendo incapaces de interpretar una sola palabra de lo leído. Cuando desperté hoy por la mañana pensé en contártelo en el almuerzo, pero ni bien nos vimos me saliste con el tema de Galíndez en la oficina y el juicio de tu hermano con Beatriz. Recién cuando terminamos el café tras haber estado hablando de bueyes perdidos volví a pensar en decírtelo, pero justo se te dio por mirar tu muñeca izquierda y pararte de un salto tomando tus cosas, mientras me decías que nos veríamos a la noche y te despedías a las apuradas yendo en dirección a las escaleras. Horas más tarde cuando yo estaba en el súper y me preguntaste si me molestaba que no nos viésemos a la noche porque Laura te había dicho de verse, entendí que en algunas ocasiones las cosas simplemente pasan por algo: mientras vos comés con ella, yo encuentro el tiempo para escribirte estas palabras. Y me viene bien, para serte sincero, dado que mientras te escribo veo que no hubiera sido capaz de explicarme como lo estoy haciendo en una conversación, porque el simple hecho de ver tus ojos ansiosos y tristes —pero sobre todo tristes, porque como sé que me conocés, posiblemente sepas por dónde venga la mano— hubieran hecho que constantemente tropezase en mis malogrados intentos por explicarme y desconociera por completo cuál podría haber sido el desenlace de aquello. Si no te quisiera tanto como lo hago no perdería tanto el tiempo con rodeos innecesarios y sería más directo, por lo que espero que esta carta sea una implícita demostración de lo tanto que te quiero, aunque quizá en estos momentos te sea difícil entenderlo. Doy por sentado que hace un rato te diste cuenta de que no estoy usando los típicos vocablos que solemos usar entre nosotros de manera íntima y el único modo en el que me referí a vos desde el comienzo de este escrito fue por tu nombre completo. La explicación es tácita y la encontrarás a continuación.
Siempre —y esto supongo que lo sabrás porque en más de una ocasión lo hemos hablado— más bien consideré a mi vida como una vida anodina y sin sobresaltos, una vida carente de emociones, que como corolario terminaron por transformar a mi vida con el paso de los años en una vida tranquila, desvaída y de muy bajo perfil. Y, desde que entré a trabajar en el supermercado hará más o menos unos cuatro años, tengo la sensación que aquella personalidad se ha intensificando en mi persona, dada la cantidad de ratos a solas que acostumbré a pasar trabajando. Acá la gente es pasajera y normalmente ni siquiera suele mirarme a los ojos. Pasa, me da sus productos, paga y se va. Y al lado mío, mientras tanto, nadie. Nadie en otras cajas, nadie como gerente. Sólo personas que entran y salen. Raúl suele aparecer en las quincenas durante algunas horas, me hace comentarios acerca de proovedores, de cambios en el modo de los cobros y de otros pormenores más, para luego volver a su vida que desconozco por completo pese a tratar con él desde el primer día que entré a este trabajo. Al menos en el fondo lo tengo al carnicero que, como es alguien de pocas palabras, me es difícil catalogarlo como compañía, sumado a que, además, como las góndolas nos dividen, en el mientras tanto ni siquiera podemos cruzar nuestras miradas. Como verás, son demasiados los ratos a solas que me paso, sobre todo en el horario de la siesta, dentro de ese galponcito que se ilumina únicamente con fríos tubos de luz de antaño. Ahora que lo pienso mientras te escribo —porque me he dado cuenta, escribiéndote, que escribir es otra manera posible de pensar—, no sé si es la forma más correcta de llamar al lugar donde trabajo “supermercado”; más bien es una despensa, una especie de súper-almacén con tan solo una caja. El problema es que como uno tantas veces entra y ve el cartel que está puesto arriba en la entrada rezando “supermercado” te termina entrando la ficha; pero la verdad que no, si uno se pone en exquisito, eso no es un supermercado. Por otro lado —saliendo de los aburridos gramaticismos y las exigencias lingüísticas— supongo que recordarás lo tanto que me costaban esos tiempos a solas al principio. Quizá no fuese tanto el hecho de la soledad en sí, sino más bien el no estar haciendo nada. Mi temor era que Raúl me viese completamente de más y tuviese la fatal idea de recortarme las horas o mismo de cerrar el súper en el horario de la siesta. Posiblemente también, dentro de ese temor, premaneciese la inconsciente encrucijada de encontrarme ante mí mismo sin saber qué hacer de mi vida; encrucijada que se veía resuelta con el simple paso de las horas, porque la gente empezaba a entrar al local y yo abandonaba esa fatídica sensación de estar tan de más.
Hago una pausa y veo lo escrito. Acabo de ver que te escribí más de tres carillas y aparentemente no he llegado a nada. Tantos circunloquios a fin de cuentas son la clara demostración de lo tanto que me cuesta llegar al punto. Todo colabora con el concepto, suma, pero en definitiva no es nada. Son palabras y palabras que lo único que hacen es aletargar el momento donde yo dé el salto y finalemente te lo diga. Cada vez me acerco más y cada curva es más difícil, más áspera de atravesar.
Con el paso de los meses, de a poco se me fue yendo esa incomodidad de estar haciendo nada a la hora de la siesta. Ahora cuando pasaba un largo rato así, me limitaba a tomar unos mates y esperar en silencio a que alguien entrase. Pero esa molestia, ese fastidio incesante por no estar haciendo algo productivo, a fin de cuentas se me había ido. Tan solo me limitaba a pensar en el mundo que acontecía fuera del supermercado, jugando a adivinar el tipo de vida que transitaba cada uno de los fulanos que entraba al local. Con el paso de los años, podría decirte que desarrollé una capacidad de observación difícil de tener en estos tiempos, donde la mayoría de las personas no saben aburrirse porque tienen a toda hora en su bolsillo cosas por hacer, mirar u opinar. Yo buscaba evitar eso y es por eso, como sabrás, que hasta el día de hoy dejo mi celular en el cuartito del fondo cuando voy a trabajar cosa de no tener la costumbre de usarlo en todos mis ratos libres; tenerlo tan a mano hace que sea imposible no caer en la tentación. Es un mundo de estímulos inevitables el nuestro, que además de alejarnos del aburrimiento, nos aleja también de fijarnos en los detalles de las cosas, de ese costado perceptivo y dichoso tan necesario. Y justamente a eso quería llegar con lo de “los detalles de las cosas”, porque te estoy escribiendo esta carta debido a que ayer cuando estaba en la caja solo y aburrido, se me dio por prestar atención, paradójicamente, a los detalles de las cosas.
La hora pico ya había pasado y faltaban unos quince o veinte minutos para que el local terminase de cerrar. El carnicero hacía un rato se había ido y yo estaba solo, a la espera de que algún apurado viniese, comprase algo a sabiendas de que el reloj le pisaba los talones y se fuera aun con el apuro a rastras, como si el acelere con el que entraban les fuese imposible de exhalar cuando la compra ya estaba consumada. Fue ahí, en el contexto que te acabo de mencionar, cuando entró ayer una chica joven, de veintipocos años, linda, sencilla y más bien delgada, que ni bien lo hizo fue directo para las góndolas del fondo que se pierden de mi perspectiva carcelaria. En este caso los ademanes del apuro no figuraban haberla interceptado y más bien tendía a hacer movimientos silenciosos, al punto que después de unos minutos casi que había olvidado por completo su presencia en el supermercado. Al rato volvió a aparecer con algunos productos en sus manos yendo hacia los carritos para tomar uno y volver a donde estaba. Y ahí fue, segundos después, que entró un chico casi que de su misma edad —pero envuelto en los susodichos ademanes— que, ni bien entró y vio lo que vio, fue ralentizando su caminata hasta quedarse quieto, como para poder contemplar lo que estaba viendo. Sus modos fueron los que llamaron mi atención: el paso apurado al entrar y la repentina baja en la marcha hasta quedar inmóvil y en silencio, como si su mundo se hubiese detenido por completo. Si alguien justo hubiese aparecido por detrás queriendo pasar, quizá le hubiera pedido que se hiciera a un costado dada la angostura de la entrada. Pero como nadie lo molestó por detrás, como nadie tuvo la osadía de interrumpir su hacer, el flaco se encontró con el tiempo y espacio necesarios para poder sostener sus ojos en dirección al fondo del establecimiento, sin que yo pudiese entender —dado que lo tenía de perfil— qué cosa miraba. Como pasaron segundos y el tipo permaneció casi que estupidizado ante lo que veía, se me cruzó por la mente hacer algún tipo de ruido o silbido para despabilar al flaco (admito que un poco me turbaba esa paz, esa contagiosa tranquilidad con la que el tipo miraba ¿hacia la nada?). Fue justamente ahí cuando empecé a sospechar de que en verdad observaba a la chica que, si mis cálculos no fallaban, andaba dando vueltas por las góndolas del fondo. Bajo ninguna circunstancia llegué a siquiera imaginar que él fuese un pervertido por cómo observaba a la otra persona. Ese método sereno, pacífico, con las manos en los bolsillos y la sonrisa a medio aparecer. Y de repente, así como si nada, hubo algo que cambió e hizo activar al tipo, que pareció haber resucitado luego de su mutación de mero observador a la de alguien capaz de moverse y vivir, dando unos pasos hacia delante y abriendo levemente los brazos para dar un abrazo, perdiéndose definitivamente de mi vista penitenciaria. Minutos después ambos reaparecieron juntos y ahí, recién ahí, terminé de confirmar lo que suponía (tampoco creo que se necesitase de una perspicacia excepcional para hacer aquella conexión). Cuando terminé de cobrarles, vi que eran las diez, por lo que cerré la caja y me levanté de la silla para acercarme a la puerta y ponerle el cartel de cerrado. Recién cuando me dirigí hacia el fondo para agarrar mis cosas e irme, fue que se me metió la imagen en el balero del flaco mirando esa chica —lamento sobremanera no haberles preguntado por sus nombres así lograba evitar a lo largo de todo este escrito mencionarlos como “el chico” y “la chica”—. Lo que me atrapó en él fue ese modo contemplativo, esa forma en que la miraba a ella, interrogándola con sus ojos, demostrando sin tapujos lo perdidamente enamorado que se puede estar de alguien con tan solo una mirada. Sonriendo, en silencio, casi que contagiado por la paz que le provoca el simple hecho de estar cerca de la persona que ama.
Tengo muchas dudas del modo en el que llegaste hasta acá leyendo este escrito. ¿Tendrás en claro por dónde va la mano o en verdad no tenés la más remota idea? ¿Sentís que hay algo en toda esta trama que no conecta, que no tiene nada que ver con nosotros dos? O mejor dicho, te lo pregunto de manera inversa, ¿te suena algo de todo esto? ¿Sentís habernos visto representados en algún mínimo detalle dentro de las simplísimas actitudes que te estuve mencionando? Si querés que te sea sincero, cosa que siento que merecés dada la cantidad de hojas que has leído hasta acá, yo no. Sí, como te digo: yo no, ¿será posible? A mí no me suena nada de todo esto. Más bien, si te tuviese que ser sincero: todo lo contrario. Después de haber salido del cuartito y buscado la moto, pensé que aquella imagen del chico mirando a la chica sería completamente efímera y pasajera, y me la olvidaría así sin más, sin pena ni gloria. Pero no, ¿sabés por qué para mí al subirme a la moto y correr con ella a lo largo de la avenida no pude sacarme esa imagen de encima? Porque esos gestos, esas miradas, esa sonrisa a medio abrir, esa paz definitiva, me dieron la sensación de que eran algo completamente ajenos a nosotros dos. Como que si por haber naturalizado el hecho de estar juntos hayamos dejado de vernos de ese modo o —aun peor— nunca jamás hayamos sido capaces de mirarnos así. Algo que me gustaría preguntarte después de haberte dicho todo esto es si a vos sí, si a vos te suena ese tipo de mirada, si es que es algo familiar entre nosotros dos y soy yo nomás el delirante que tiene este tipo de ideas. ¿Para vos alguna vez nos miramos así, con ese orgullo, con esa alegre devoción de saber que estamos frente a la persona que realmente amamos? En el apuro, cuando me lo pregunté por primera vez, respondí que sí, ¿podés creer?, pero luego cuando se me fue yendo la velocidad del día, cuando comí algo, cuando me acosté, cuando traté de finalmente cerrar los ojos para irme a dormir, me fui preguntando si alguna vez habíamos logrado mirarnos así. “Alguna vez tuvo que haber sido…” fue mi reflejo, pero después empecé a dudar de aquella impoluta certeza. Cuando profundicé en el concepto, fui entendiendo que quizá ese “sí, en algún momento lo habremos hecho” era una simple evasiva para no continuar ahondando en aquella introspección y cuestionándome de las visicitudes de nuestra relación.
Te lo voy a preguntar una vez más y te prometo que va a ser la última vez que lo haga, para que realmente lo pienses: ¿para vos alguna vez nos miramos así? Tomate el tiempo necesario para pensarlo; no porque yo tenga la necesidad de que me lo respondas, sino porque quiero que te hables a vos misma sin evasivas ni frases preconcebidas. Hay muchas parejas que andan por el mundo con la capacidad de sobrevivir como lo hemos estado haciendo nosotros durante todos estos años y, es más, creo que si nos lo propusiésemos podríamos perdurar más en el tiempo. Pero esta pregunta que te voy a hacer a continuación es la que no me dejó dormir anoche y aún circunda por mi mente: ¿y si tenemos la capacidad de querer más, de amar más, y en realidad nos estamos quedando en la comodidad de lo fácil? Creo que una persona tan espectacular como vos se merece a alguien que te mire de ese modo, con esa profundidad que te confieso que nunca logré tener, con esos ojos envueltos de entusiasmo, de fervor, de paz. Si querés veámonos, encontrémonos en un café —vayamos al de la esquina de Rivadavia así te pedís ese cortado que tanto te gusta— y charlemos del tema. Pensemos formas para encontrarle la vuelta, digámonos las cosas que tanto amamos uno del otro y meditemos mecanismos necesarios que puedan salvar nuestra relación. Porque lo que más me duele es lo tanto te quiero y lo tanto que te voy a seguir queriendo. Dudo que algún día olvide lo felices que hemos sido, quizá nunca lo haga. El problema es que hay una realidad que a escondidas ha permanecido desde la noche de los tiempos, y sospecho que a estas alturas me resulta inevitable: la certeza de nunca haber podido mirarte de ese modo, y la trágica sensación de que jamás voy a poder hacerlo.
Agosto 2024.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión