Qué martirio pensarte humano,
entenderte de carne y hueso,
con manos que no deciden buscarme,
con una boca que no pronuncia amor,
al menos no a mí.
Te pienso lo suficiente humano
para saber que tus ojos brillaron,
pero nunca por mí.
Duele tu crueldad,
porque eso también es humanidad.
Me ves, pero no encontrás razones,
razones para que te importe,
para que yo importe,
para que esto importe.
Podría construir Roma en tres días
y quemarla en uno;
sin embargo,
no lo notarías,
porque mis palabras no pesan.
Escribo; sin embargo, me gustaría gritar.
Más inútil sería:
más alimento a tu ego moriría.
Podría llorar un río
y apagar el incendio en Roma,
pero solo sonreirías
y pedirías que la incendie otra vez.
¿Qué color
tengo que tomar
para que me veas?
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