Querida mía,
aún me acecha tu fantasma,
domesticando la penumbra
sentado a los pies de nuestra cama.
El rayo matinal de tus sábados
que rasga el aroma de las paredes,
dejando tus restos suspendidos.
Me observan, a regañadientes,
las páginas subrayadas de tus libros
que prometí leer.
Quisiera saber:
¿cómo vivir
cuando la boca ya no se me inunda,
cuando mi corazón ya no galopa
y las gallinas han abandonado mi piel?
Si el aire y este mundo entero
no son más que torpes bultos de aspereza.
Te olvido -sí-, querida mía,
en la superficie de los días,
los martes por la noche con mis amigos,
cuando los domingos simulan
un nuevo comienzo por las mañanas
y los perros ladran.
Pero al final, siempre que los días ceden,
tu fantasma me espera en aquel rincón
intacto de paciencia, y me devuelve
la forma de la felicidad,
la belleza de este mundo,
y a esta intemperie
que, por ahora, llamo
soledad.
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