Es la entropía, o tal vez el envés de la luz, buscando un nombre entre las ruinas de lo que alguna vez fue un propósito. Me refugio en el rigor de los números, en ese cúmulo de teoremas que parece más sólido que mi propia voluntad: una sopa de agonía sobre arrugado papel que pretendo usar para contener una inundación de sombras. Es un afán honesto, pero quizás ingenuo; son patadas de ahogado, el último estertor de alguien que intenta obligarte a eclosionar de nuevo en la superficie de lo que esta realidad, en su infinita crueldad, considera real.
Tú, en cambio, permaneces ahí, inalcanzable, envuelto en una perfección geométrica que el tiempo no logra erosionar. Te veo hermosamente perfecto, un punto de luz absoluta frente a mi propia estructura agrietada.
Te extraño de una forma que la física aún no logra cuantificar. Algo en mi pulso, débil en el tejido de mi tiempo, me dice que no te has ido del todo, sino que habitas una especie de suspensión que no logro discernir. Estás en todos los lugares y, simultáneamente, en la penumbra de ninguno, como un fantasma atrapado en los intersticios de mi propia percepción. No hay misticismo en esto, te lo prometo; es una certeza casi táctil, una carga estática que me eriza la piel. Es como si mi propia voluntad fuera un fluido que se gestó en el cauce de la tuya, una corriente derivada de tu propia existencia, aunque biológicamente fueras incapaz de engendrarme.
Me diste un motivo para no dejar que el flujo se detuviera, pero ahora ese motivo se siente como un ancla en un mar de brea. Hago malabares para que el vacío no sea mi único horizonte, para que el silencio no se convierta en la única frecuencia que mis oídos reconozcan. Intento recuperar la normalidad, pero mis dedos, torpes y temblorosos, fallan al rodear la porcelana. Levanto la taza de café con una lentitud penosa, sintiendo el peso de la gravedad como una condena, hasta que el control se me escapa y el líquido se derrama otra vez. Soy un mecanismo defectuoso en un mundo que exige precisión. Mis papeles se han convertido en un archipiélago de manchas oscuras, un mapa de mi propio fracaso cotidiano. Tal vez debería rendirme ante la aritmética básica de la cotidianidad, esa prosa gris que me exige operar con una rapidez que mi mente, perdida en vórtices de melancolía, todavía no alcanza. Quizás debería dejar de intentar descifrar el otro extremo del abismo sin haber dominado siquiera el lenguaje del ahora.
Pero me es imposible no ver una solución extremista en este desorden; me aferro a ponerle final a esta incógnita, algo que limpie el sistema de una vez por todas.
La existencia, observada bajo la lente implacable de la mecánica de medios continuos, no es más que un sistema sosteniéndose en un estado estacionario de no equilibrio, un equilibrio precario que se desmorona a cada segundo. Vivir es alimentar un gradiente de presión lo suficientemente feroz como para dilatar, aunque sea un instante, la llegada inevitable de la estasis, de la quietud absoluta que tanto me aterra.
Somos un flujo forzado, una corriente que se abre paso con dolor contra la resistencia viscosa del espacio-tiempo, un fluido que se espesa con cada pérdida. Mi identidad, la tuya, esa inercia de nuestra historia transportándose a sí misma, palpita en el término advectivo: somos el movimiento que se hereda a sí mismo un instante tras otro, una cadena de causas y efectos que se niega a romperse. Quise encontrar una respuesta a ese despojo de vida que se sintió tan extraño, tan obscenamente ausente, pero en el vacío lo que hallé fue un desplazamiento, una estela de lo que alguna vez tuvo calor. Tu partida fue la anulación de la fuente, el cierre de la válvula que mantenía el sistema con vida. Al cesar el gradiente de presión, tu sistema entró en un régimen de relajación viscosa, una agonía lenta y silenciosa. Tu energía cinética no se extinguió —el universo no es tan compasivo—; se fragmentó en una cascada infinita, descendiendo desde las escalas macroscópicas de tu voz hasta los micro-remolinos que hoy agitan mi memoria, disipándose como un calor residual que aún me entibia las manos resquebrajadas por el esfuerzo de sostener la esperanza de mis mañanas, una esperanza que se siente cada vez más como una condena. No eres una discontinuidad en el mapa del tiempo, no eres un corte limpio; eres como una tangente asintótica. Una pendiente que se estira hacia el infinito, alejándose pero jamás desapareciendo del todo, donde la derivada tiende a cero y el tiempo se vuelve un cristal inamovible, una prisión de ámbar.
Lo que queda es la sedimentación: ese equilibrio hidrostático final donde la materia, liberada por fin de la tiranía del flujo y del dolor de moverse, se entrega a la eternidad del olvido.
Termino el día sentado en la orilla de la cama, cabizbajo, con el peso del mundo hundiéndome los hombros. Te recuerdo y el aire se vuelve denso, difícil de procesar. Siento las lágrimas agolparse, calientes, rompiendo la última barrera de mi resistencia física, mientras me hundo en la penumbra de la habitación.
Me quedo aquí, por si algo, en este vasto universo, me da la pequeña ilusión tan siquiera de pensar que volveré a sentir tu abrazo como aquella vez, que ambos sabíamos que sería la última que emanaría el calor humano de la cotidianidad que ahora me mata.

Evan
Busco un ángulo muerto para mi tristeza; la calma de quien no busca ser carga en el paisaje, pese a que su configuración aún demande la anomalía de una ternura que le rescate.
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