De haber suplicado un poco más, tal vez no yacería sus noches entre viejas maderas y almohadas empapadas de lágrimas; vagar por el mundo en una agonía eterna era el precio a pagar por un amor que jamás le perteneció.
Desde un inicio fue consciente de su naturaleza efímera, que, al igual que la vida de una flor de loto, su destino inexorable era marchitarse hasta disolverse en el tenue recuerdo de la complejidad humana. Siempre lo supo, y aun así, entregó hasta el último fragmento de su ser.
Su corazón dejó de ser suyo cuando ambos cuerpos se vovieron uno, murió cuando la primavera llegó, pero su amor esta se llevó...
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