Purgándote de mi alma con palabras lastimadas, escupiendo el fuego que me quemaba por dentro y haciendo de cada letra una confesión visceral de cuánto te extrañaba.
Vomitando nostalgia del hombre que construí con la esperanza de la redención, poniendo intenciones en tus acciones como un intento desesperado de sostener una rosa de la que solo quedaban espinas. Porque el dejarte ir quedó atrofiado en medio del corazón. Tu acto de amor más grande fue ese: demostrar que fuiste la más hermosa de las posibilidades, pero no de las mías.
Como cuando éramos chicos y veías las propagandas en la tele: el anhelo de ser, de sentirte dueño de las magnitudes que caben en un sueño. Conocerte fue pasar por una vidriera sabiendo que jamás iba a poder tenerte; pedirte, rogarte, plasmarte en miles de cartas suplicando piedad en la agonía de tu falta.
Lo más irónico de todo es que el odio nunca tornaría mi mirada; al final del día, fuiste lo más hermoso que mi alma, carente de fe, presenció. Me enamoré de tu libertad y, si alguna vez la perdieras, dejarías de ser aquello que amé. Abrí la puerta de la jaula para que vueles, pero descubrí que nunca entraste.
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