Hubo un día
dicen,
en que el nombre del verdugo
sonó como una puerta mal cerrada.
No fue silencio.
Fue ese ruido raro
cuando algo cae
y nadie aplaude
porque todavía duele respirar.
Me sorprendí sonriendo
como se sonríe en los velorios:
con culpa,
con nostalgia,
con la certeza de que la alegría
no sabe dónde pararse.
Pensé en Venezuela
como en una casa saqueada
donde alguien anuncia: ya se fue el ladrón,
pero los cajones siguen vacíos
y el olor del miedo
no se va con el primer viento.
Hay ironías que solo entienden los cuerpos cansados:
celebrar sin fiesta,
esperar sin fe,
creer sin pruebas.
Porque una caída no es un comienzo,
es apenas un hueco.
Y los huecos también asustan.
Yo, que aprendí a quererla
desde lejos,
sentí algo inefable,
esa palabra que no alcanza
una mezcla de alivio y duelo,
como cuando el golpe termina
pero el moretón apenas empieza a hablar.
No sé qué viene.
Eso es lo más honesto que puedo decir.
No sé si la historia sabe ahora
caminar sin látigo,
si la esperanza recuerda su forma,
si el futuro no vendrá
con la misma cara
y otro nombre.
Pero esta noche
quiero creer, aunque sea torpemente,
que Venezuela no es solo la herida,
que debajo del desastre
todavía late algo hermoso,
terco,
indócil,
esperando que alguien
no la salve,
sino que la deje vivir.

JHONATAN DE JESUS BOBADILLA
Soy psicoanalista y escribo. Escucho en el diván y en la página: lo que duele, lo que insiste, lo que no se deja decir del todo. Hago de la palabra un lugar sensible y habitable.
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