me arranqué del pecho el nombre
como quien quita un abrigo mojado
que ya no cobija
me quedé desnuda, muda,
sin siquiera mis ruinas
el espejo devolvía a otra
más honda que yo
una que no hablaba,
solo miraba fijo
como si esperara que algo sangrara
me dejé caer —
no como vuelo
sino como piedra en agua sin fondo
abajo no estaba el infierno
sino un silencio más terrible:
el mío
pasé años encerrada en un minuto
y en ese minuto me tragué los siglos
los gritos de mi madre
la mano del hombre al que no dije que no
las veces que fui sombra de mí
pero un día —ni siquiera luminoso—
me descubrí respirando
como si fuera importante
y lo era porque lo estaba buscando
con una aguja en el alma
cosí lo que quedaba
tejí una piel a medida de mi espanto
me nombré sin temblar
me paré aunque dolía
y entendí que vivir
no era vencer al abismo
sino invitarlo a tomar té
y seguir masticando el pan
aunque no tenga sabor
porque esta soy yo,
sin abrigo, sin miedo,
pero de pie.
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