No hay marcas visibles.
Nadie podría señalar el lugar exacto donde ocurrió el miedo.
Fue un segundo inclinado hacia la violencia. Un gesto que avanzó demasiado. Una cercanía que no pedí. Recuerdo haber sentido que mi cuerpo se volvía ajeno, como si me hubieran desalojado de mí misma.
No pasó.
Pero estuve a un paso de desaparecer dentro de ese instante.
Desde entonces me acompaña una alerta silenciosa. Camino midiendo el aire, desconfiando de las distancias cortas, de las puertas cerradas, de las manos que no conozco.
Lo más extraño es esto: sigo siendo yo, y al mismo tiempo no del todo. Algo se quedó detenido en aquel borde, mirándolo todo con los ojos abiertos.
A veces quisiera volver a la persona que era una hora antes. La que no sabía que el mundo podía volverse amenaza en un parpadeo.
Pero también sé esto:
Salí.
Y salir, aunque haya sido por un hilo, es una forma de volver a nacer, incluso si el temblor tarda en irse.
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