A veces siento que todo ocurrió ayer: los besos, las caricias, las promesas que juramos eternas. Vivíamos con la certeza ingenua de que nada podría rompernos.
Hoy lo que permanece no es tu presencia, sino el eco de tu voz, resonando en mi mente como una memoria que se niega a apagarse. Pensarte ya no es suficiente; mi cuerpo recuerda lo que era tenerte conmigo y acusa tu ausencia como si fuera una pérdida física.
Las mañanas son la prueba más difícil. Despertar y no encontrarte convierte lo cotidiano en un martirio silencioso. La casa guarda rastros tuyos en cada rincón, y aunque intento avanzar, todo me devuelve a lo que fuimos.
Fuiste quien reinició mi vida, quien despertó en mí una versión más viva, más abierta. Y también fuiste quien decidió partir. Comprender eso ha sido el aprendizaje más duro.
Amarte me enseñó intensidad. Perderte me está enseñando fortaleza. Y aunque una parte de mí todavía quisiera susurrarte cuánto te amo, la otra entiende que no puedo vivir esperando tu regreso.
Por eso hoy no te retengo. Te agradezco lo vivido y te libero.
Adiós.
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