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DESPEDIDA

Jun 25, 2026

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                                               DESPEDIDA

 

El médico recorrió con la vista el informe con el diagnóstico. Luego lo dejó sobre el escritorio, y mirando a su paciente, exclamó:

-Es lo que temíamos.

Al oír esto, Carlos se estremeció. El médico advirtió la desazón de su paciente, y se explayó en detalles específicos que, aturdido, Carlos no pudo entender.

-No obstante agotaremos todas las posibilidades médicas, incluidos los nuevos tratamientos experimentales- concluyó el doctor.

Carlos se despidió del médico. Salió a la calle y el frío del invierno lo atropelló. Entonces miró hacia el cielo encapotado y se deshizo en un largo y piadoso suspiro. Al ver cómo la vereda se humedecía al ritmo de la llovizna, apuró el paso hacia donde había dejado estacionado su auto. A medida que avanzaba, la llovizna resbalaba por su campera dejando hilitos de agua que luego el viento desparramaba. Cuando llegó a su auto, entró y se quedó observando cómo las gotas de llovizna se apelotonaban sobre el parabrisas.

-Rosa… rosae… rosarun…

Preocupado, advirtió que ya no podía recordar el resto de la conjugación. Miró el paquete envuelto con papel de regalo que descansaba en el asiento de al lado, y partió con rumbo al cumpleaños. Al dejar la ciudad observó la lisura de los campos y las vacas que, a lo lejos, semejaban pequeños promontorios. Al rato abandonó la ruta principal y continuó avanzando por un callejón de tierra húmeda. Casi llegando a su destino, se cruzó con un viejo vecino, pero fingió no verlo para no verse en la obligación de saludarlo. Llegó y estacionó frente a la tranquera. Luego tomó el regalo, cerró el auto y comenzó a desandar los ochenta metros que lo separaban de la casa. Mientras avanzaba, observaba cómo el viento caracoleaba sobre el tremedal del terreno.

Rosa … rosae… rosarun… repetía, una y otra vez, empeñado vanamente en completar la conjugación. Cuando estuvo frente a la casa observó el gran alero de madera donde solía sentarse en los veranos para oír el ruido de las tormentas. Entonces vio a Batuke ovillado contra uno de los postes de madera del alero. Carlos lo llamó silbando, pero el perro, sin moverse, solo atinó a alzar la cabeza. Al acercarse a la puerta oyó el rumor festivo proveniente del interior. Golpeó dos veces seguidas, pero nadie atendió. Golpeó con más fuerza una tercera, y al abrirse la puerta el vocinglerío de la fiesta lo atropelló.

-¡Casi me volteás la puerta!- le reclamó Paula.

-Llamé dos veces y nadie atendió.

Haciendo un gesto de desgano, Paula le franqueó el paso.

Nadie se acercó a saludarlo, exepto el padre de Paula, quien, luego de estrecharle en silencio la mano, regresó con el grupo de personas con las que estaba hablando. Carlos se sintió un extraño en medio de la sala de la que había sido su casa, .

-¡Carlitos, tu papá!- exclamó Paula.

El niño fue corriendo al encuentro de Carlos. Viendo que su madre lo observaba, apoyó por un instante su cabeza sobre el pecho de Carlos y se alejó corriendo con su juguete nuevo. Los mayores se miraron sin hablar, hasta que Paula inquirió:

-¿Ya te dieron los resultados de los estudios?

- Aún no- respondió Carlos que, de inmediato, también preguntó:

-¿Tu amiguito no vino?

-No empecemos-, exclamó con firmeza, Paula.

Carlos desvió la vista hacia los globos que colgaban sobre la pared, alguna vez pintada por él.

-¿Vas a tomar algo?- le preguntó Paula, señalando la botella de vino que coronaba el centro de la mesa.

-Dejé de tomar- respondió cortante, mientras encaraba hacia la puerta.

-Quedate hasta cortar la torta.

-No- respondió si darse vuelta.

Cuando salió de la casa, vio llegar un automóvil del que descendió un hombre joven y bien vestido, trayendo consigo una enorme caja envuelta en papel de regalo. Aquel hombre avanzó unos pasos y Batuke salió a su encuentro haciéndole fiesta y ladrando. Al observar aquel cuadro, Carlos se sintió por completo derrotado. El hombre pasó a su lado sin mirarlo y desapareció por la puerta que había quedado abierta.

Entonces Carlos se subió el cierre de su campera, y se alejó con lentitud  hasta desaparecer tras la fina cortina de la llovizna.

 

 

 

 

Roberto Dario Salica

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