Observabas el reloj de tu muñeca cada cinco minutos, así había sido la última hora.
Habíamos quedado en vernos, idea tuya, no mía, pero no podía ocultar la emoción que eso me producía, después de tanto tiempo nuevamente podríamos vernos. Aceptaste sin pensarlo.
No hubo hora exacta, pero estabas acostumbrado a encontrarte tarde con él, por lo que saliste de casa sin pensarlo apenas el sol se oculto, yendo una vez más a ese lugar donde pasaron juntos tantas noches, al sitio que los escuchó en conversaciones íntimas, al lugar que los abrigó cuando ambos necesitaban un descanso.
No hubo llamadas, no humo mensajes, solo un recordatorio temprano de que hoy quedarían.
Pero las horas pasaron y nunca llegó.
Aún no querías regresar a tu hogar, aún no estabas listo para aceptar que te habían dejado plantado sin excusa alguna, aún no querías ver qué te habían fallado. El reloj de tu mano marcó la una de la mañana y solo ahí decidiste volver.
No insististe, no mandaste mensaje, ni siquiera diste señal de que aquello te rompió.
Solo te refugiaste en ese silencio que él mismo creó y que ahora, no dejaba de apretar tu pecho.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.

Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión