(Un texto muy viejo y chiquito, que jugaba a polemizar con "La maldición divina" de Féliz de Azúa)
DESFIGURACIONES DEL DON DE LA HUMANIDAD
De todos los hombres y mujeres de esta tierra, fue el don de la transformación de la naturaleza. Tras lo que podría ser un cuento de grandes alquimias, el fuego ya no era sólo un incendio cósmico, ahora casi que salía de las manos de esos mortales, que frotaban piedra o madera y formaban chispas. La actividad creadora de tan particular especie transformó el fuego en hoguera, para darse calor, para cocinar, para hacer grandes espectáculos de sombras que contasen historias. Se pintaron las cuevas, tal como Picasso pintaría la noche y las estrellas, se cocinaron nuevos platos, de nuevas formas, se construyeron herramientas que araran la tierra mejor que las manos, se domesticaron animales y se disfrutaron nuevas combinaciones del sonido. El trabajo creaba la vida, las nuevas formas de vivir. La alquimia siguió sobre el mundo: su actividad creadora, como un impulso que nunca podría quebrarse, erigía aldeas, imperios, reinos, colonias o ciudades de hormigón sobre selva y llanura. Ya no había Rey León. Había grandes grupos de bipedos, que, período tras período, ponían su poder de creación al servicio de nuevas historias. Quién sabe cuándo y dónde, nació la opresión del uno por el otro, o del uno por los otros, aquella cosmovisión en la que ya no éramos iguales. Las sociedades se jerarquizaron, el don fue apropiado. Un método efectivo de posesión espiritual. Ahora los símbolos que subordinaban el trabajo originario (la transformación del mundo) eran complejos, jerárquicos, casi demoníacos. El trabajo de la humanidad ya no era esencialmente la creación de los medios y las formas en las que quería vivirse la vida; el trabajo era reformado a numerosas formas de la servidumbre. El don de creación de la humanidad, que ni siquiera osaba ocupar el tiempo en corromper los límites difusos entre el trabajo y el arte, fue disfrazado de un don al servicio del ojo de dios, del látigo del amo, del billete que marca el paso y la calidad de nuestra supervivencia. El trabajo ya no fue de todos y para todos, una revolución sobre el horizonte. Se convirtió en un hacer que ya estaba decidido por otro, por su confort, por su acumulación, por su egoísmo. Esclavos y emperadores. Reyes, nobles, obispos y siervos. Colonizados y colonizadores. El mundo es como un gran teatro, dónde siempre hay lugar para obrar en nuevos papeles. Hoy, ya no hay de todos esos, y todas las noches nos preguntamos ¿Quién podría ser más libre? Muchos elegimos esa profesión que aparecía en sueños…¿o no?
Y vamos cada día, o cada noche, a trabajar con el horizonte atravesándonos tanto los ojos que no vemos bien el camino, ni a los otros.
Ya no hay reyes que elijan sinuosas y faraónicas estatuas, que ostenten su dominio. Más bien lo que parece anhelarse es un dominio anónimo, fantasmal, sutil, voluntario. Una posesión tan tenue que no sepas si es real, porque es posible que esas cosas no existan. Los fantasmas, las entidades malignas, los reyes son esa cosa que sólo habita los cuentos.
.jpg-reduced-ed2pA2)
Ludmila
Escribo la vida para que haya algún testigo. Escribo todo para ahuyentar la nada. Para saber perder. Escribo para hacer suave la catarsis del alma. Escribo.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.
-increased-RLb0On.jpg)
Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión