Soy tan desdichada
que mi única compañía
es la muerte.
Me sigue desde el día
en que conocí la tristeza,
y yo, como una ilusa,
terminé aferrándome a ella
hasta volverme adicta.
Pero incluso en medio de su frialdad
encuentro consuelo;
al menos ella no me abandonaría.
Cuando la oscuridad me envuelve
y nubla mi juicio,
convirtiéndome en una criatura
hecha de pena y dolor,
la vergüenza recorre mis huesos.
Qué miserable debo parecer desde afuera.
Qué ridículos deben sonar
mis lamentos,
mendigando ternura,
comprensión
y un poco de… ¿amor?
No soy más que un corazón
desesperado por ser amado.
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