Te observo,
y la ausencia pesa.
Eres el eco marchito
de lo que creí amar,
una sombra que arrastra los pies,
un reflejo distorsionado,
un prisma roto.
En tu mirada, ya no vive la chispa.
El mundo, hoy, te ignora.
Mientras…
En la aparente calma de mis ojos,
un mar revuelto azota el alma,
un peso de roca me comprime el ser.
La culpa, raíz amarga, me susurra:
tú lo arrastraste.
Te pedí volar sin alas;
tú no estabas listo.
Te arranqué de tu suelo,
abrí mi propio firmamento
y te llevé lejos.
Te mostré un mundo nuevo,
pero era mi mapa estelar, no tu constelación.
Yo, amo este vasto cielo…
pero ya no te amo a ti.
Volé, y en el aire me encontré,
mi lugar propio,
un brote, un intento de florecer.
Mi corazón cruje, se rasga, se rompe.
Tus palabras, eco ausente,
truenos que me quiebran.
Tu inacción, el rayo que me calcina la piel.
Tú y yo,
tristes siluetas
sin horizonte,
el fracaso de aquel sueño.
Afuera,
un engaño: nadie adivina mi desierto interior.
He librado batallas contra mi propia arena.
Aun así, la sonrisa es un muro,
disfraz de calma que no me engaña.
Yo, que llevo en el alma profundas heridas,
sonrío para no gritar, escribo para callar.
Soy la pareja perfecta y atenta cuando hay compañía,
pero en mi placard, las sombras acechan la noche.

Azira Enea
Escribo desde el cruce de raíces y desiertos. Mi poesía explora amor, identidad, la huella del alma y del mundo en mi ser, tejiendo belleza en lo esencial y simple de la vida.
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