En el hueco de mis huesos guardo lo más importante, justo ahí donde todos pueden mirar. Me incomoda esta espera, aguardando al próximo que quiera asomarse; a través de esta osamenta se me escurren mis quebrantos. No hacen falta lágrimas cuando esta estructura ya es un colador.
La noche se despoja de su vulnerabilidad y me la hereda, como un abrigo que ya no me puedo quitar. Es tarde, y la impaciencia cuartea mis huesos. Me siento a esperar un transporte que sé, de antemano, que no llegará.
Después de las doce un hechizo se expira: los colectivos dejan de circular y las paradas quedan desiertas. Me abandono a mi naturaleza; un saco de huesos amontonados en uno de los bancos de espera. Allí descanso, no por voluntad, en una tregua vana, hasta que el frío me despierte o el calor me desasiegue, obligando a este resto óseo a avanzar más allá.
Inconsciente del tiempo estimado, mis órganos beben los restos del día a través de mis huecos. Cuando el estruendo mudo me reclama, no me opongo a su dictado; es momento de peregrinar hacia casa.
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