Pretendía persuadirme de que aún subyacía en mí un vestigio de dignidad suficiente para reclamar este derecho elemental, siquiera una astilla de orgullo a la cual aferrarme mientras arrastro estos hilachos habituales que apenas cubren mi desidia. Adopté una sobriedad fingida —un ardid pedestre, casi cínico— para exteriorizar una indigencia material que me acecha como una sombra hambrienta, aun sabiendo que el vacío que me habita es de una estirpe metafísica distinta, una oquedad que, paradójicamente, me llena con su peso muerto, dándole una forma definitiva a mi propia ausencia.
En el vagón, la atmósfera es un caldo espeso de exhalaciones ajenas y luces fluorescentes que parpadean con una arritmia enferma. Un anciano se abandona a la inercia de su propia gravedad, encorvado bajo un tiempo que ya no le pertenece, la existencia le supone un lastre de plomo y, sin embargo, emana una sonrisa de una serenidad insultante. Su gratitud me resulta exasperante, como una bofetada de luz en mi propia penumbra. En el polo opuesto, un crío, apenas un esbozo de humanidad ensayando los rudimentos de la respiración en este aire viciado, replica ese gesto con una naturalidad que hiere. Les envidio esa capacidad de asombro, esa ceguera bendita ante el abismo que nos rodea. Cierro los ojos. El mundo se sumerge en la mudez del negro, pero el silencio es una mentira: de súbito, el estrépito de la estación, el chirrido metálico de los frenos contra el riel y la irrupción de la muchedumbre hacen que mi andamiaje neurovegetativo colapse una vez más. El aire se agota. Mi cuerpo se crispa en un espasmo defensivo, pero persisto en la ceguera voluntaria, apretando los párpados hasta que estallan galaxias de estática. Todavía no me rindo al caos exterior.
Entonces me asalta una imagen, vívida, de una electricidad punzante que recorre mi espina dorsal, el primer individuo que franquea el umbral, un desconocido cualquiera con el rostro borrado por la prisa, me deshace la boca de un impacto seco, brutal. Es la reminiscencia de un trauma que se niega a cicatrizar o quizá un anhelo sepultado bajo un envoltorio de celofán que mi torpeza no logró ocultar de mis propios instintos. Me visualizo ahí, desplomado contra el linóleo sucio, expectorando mi propio fluido vital, pero con una mueca que roza lo dantesco, un rictus de triunfo en la derrota. Mis dientes, anegados en ese elíxir ferroso, saborean el metal como una epifanía, un bautismo de realidad que me devuelve, por un segundo, la sensación de tener vida.
Mi verbo es errático, cual maquinaria descompuesta: abyecto, lúdico, depravado. Oscila sin tregua entre la invectiva más ácida y una pureza tan prístina que sobrepasa por su fragilidad; sin gradaciones, sin claroscuros, solo extremos que se tocan en el fuego. Soy la encarnación del estigma, el error de cálculo en la ecuación social. Me envuelvo en una taumaturgia de depredador, impostando una mirada de acero y hombros rígidos, solo por el pavor absoluto que me inspira mi propia condición de presa. Abomino de mi fragilidad, me produce náuseas el solo pensamiento de mi piel vulnerable... pero, de despojarme de esa debilidad, ¿qué esencia quedaría bajo este armazón de chatarra emocional? ¿Habría algo más que el eco de un golpe?
Mi anatomía se yergue finalmente por un torque cinético impulsado por el rencor acumulado en las coyunturas; una aflicción interna me atraviesa como una aguja fría, pero es insuficiente para hacerme sucumbir a una autocompasión estéril. No me daré el lujo del llanto. Regreso al refugio, a ese espacio donde las paredes parecen cerrarse sobre mis hombros. Golpeo el espejo con una de mis manos, esas herramientas torpes ya llagadas por la fricción del día, el borde del cristal astillado me obsequia una nueva incisión, limpia y roja. Contemplo el flujo hemático resbalar por la superficie reflectante, trazando mapas de un territorio perdido. Mi mirada, de una vacuidad absoluta, me devuelve una imagen que no reconozco y que, por lo mismo, me resulta insoportable.

Evan
Busco un ángulo muerto para mi tristeza, con la calma de quien no busca ser carga en el paisaje, pese a que su naturaleza aún demande la anomalía de una ternura que le rescate.
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