No voy a soltar.
Va a tener que usar esa lanza.
¡Señor!
Creí,
canté,
volé,
me resistí.
Dibujé en el agua
queriendo fundirme,
como el torrente
bajando —bifurca
y decide—.
Me dejó avistar:
lo efímero de ser,
el delirio real.
Mi nombre no importa,
sí, ¡mi propósito!
Pesan en la balanza dorada
mi corazón,
los doce,
bajo el brazo, el libro.
Ellos dirán.
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Damaso
Reside en la eternidad y su reinado vive cuando los relojes mueren. Despiertan los predestinados a ser lo fuera de lo normal por poseer el don de ser portador del bello milagro.
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