Del “hombre no es gente” o de la ceguera del opresor: Estado, cazadores-recolectores y anarquismo
Jan 7, 2026

El problema de una concepción que sitúa en el varón la imagen del enemigo es similar al que se observa en ciertos movimientos religiosos, cuando el “otro” se convierte en enemigo únicamente por haber nacido en un grupo distinto.
La deshumanización que surge de esta atribución ontológica de maldad es una característica cognitiva del pensamiento humano, presente en todos los ámbitos de la vida en sociedad.
No es, por tanto, ilógico que una violencia institucionalizada, incrustada en las relaciones cotidianas y ejercida sobre los cuerpos de las mujeres, produzca como efecto el odio hacia los hombres individuales que encarnan —real o simbólicamente— esas violencias. En ese marco, todo hombre, por el simple hecho de su género, pasa a ser leído como una amenaza: un peligro potencial, un violador en esencia.
Este fenómeno conduce a la construcción de una idea que, por su carácter, es casi mitológica: que son los hombres, en todas partes, los responsables directos de la violencia y que es, ante todo, la transformación de sus subjetividades la que librará al mundo de la misoginia, la guerra, la desigualdad y la dominación sobre los cuerpos de las mujeres.
Si este fuera el caso, y la responsabilidad del cambio dependiera exclusivamente de transformaciones individuales, progresivas y acumulativas de un número creciente de sujetos, entonces dicho cambio no sería más que una fantasía.
Sin embargo, esta fantasía ha excluido de la conversación una realidad antropológica transversal a todas las sociedades que han alcanzado el estatus de Estado, o que han iniciado ese camino: que Estado y equidad de género son términos estructuralmente opuestos, si entendemos la equidad en un sentido existencial y no meramente legal.
Esta fantasía, según la cual el hombre individual es el responsable último de la violencia, elimina como consecuencia lógica el cuestionamiento de la existencia misma del Estado como origen estructural de la opresión. Un argumento que pretende liberar termina, paradójicamente, favoreciendo los engranajes de la dominación.
La evidencia antropológica, demográfica e histórica indica que el surgimiento y el mantenimiento del Estado dependen de la regulación de la reproducción femenina. El Estado necesita cuerpos, y la propiedad privada requiere asegurar la transmisión de la herencia y la certeza de la paternidad; ello conlleva, necesariamente, el control de la sexualidad, el matrimonio y la autonomía de las mujeres, y desemboca, finalmente, en una tensión política estructural entre sus cuerpos y el Estado.
Este hecho, junto con la existencia de sociedades cazadoras-recolectoras como los Hadza, !Kung, Pirahã y Batek —en las que no existe la propiedad privada, la herencia ni el Estado y, por tanto, tampoco la necesidad de controlar los cuerpos femeninos—, así como con el carácter situacional y no permanente de su autoridad y la participación plena de las mujeres en la vida social, con altos grados de autonomía y libertad, permite sostener que la violencia institucionalizada contra las mujeres es un producto del Estado. Estas sociedades no están exentas de conflicto, pero no existen en su seno estructuras culturales que legitimen la violencia masculina.
Así, mientras exista el Estado, la misoginia, la guerra y la desigualdad no desaparecerán, porque constituyen el mismo fundamento de su origen, como afirma Marvin Harris en Caníbales y reyes:
“En muchos sentidos, el surgimiento del Estado fue el movimiento del mundo desde la libertad hacia la esclavitud.”
El Estado puede expandir las libertades legales de las mujeres, pero estas libertades no son permanentes si amenazan su existencia. La derogación de Roe v. Wade en los Estados Unidos muestra que los derechos logrados por las mujeres en las últimas décadas pueden ser fácilmente revocados.
La realidad última de la vida social es que quienes controlan el monopolio de la violencia son, en última instancia, los dueños del planeta. En el momento en que la autonomía de individuos regulares amenace su estatus de manera irrevocable, no dudarán en aniquilar e imponer el orden fascista que siempre han ocultado en sus corazones tras una fachada democrática.
El Estado es incompatible con la equidad de género, y no existen reformas posibles a su estructura que puedan generar una situación distinta. La pregunta fundamental, en este caso, es si necesitamos el Estado, presidentes, ministros, militares, propiedad privada o herencia.
¿Es el Estado fundamental para la existencia humana?
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