Soy como las tormentas
que quieren ser amadas y temidas,
terror cósmico
porque quiero ser la adoración de alguien
y la destrucción de otros,
porque sé que soy prodigiosa, infinita.
Mente bendita e incomprendida
de deseos mortales, inmortales y grandeza.
Criaturas simples no lo entenderían.
¿Aprecias mi piel
pintada en oro
como retrato de Klimt?
Apuesto a que no has visto
nunca antes
antes nunca
nunca nunca
a una deidad como yo, aterradora
ataviada de perlas, joyas y uvas
con una melena nocturna y abismal
con un cuello que desprende aromas afrodisíacos
y labios como pétalos de brugmansia
que causa delirios y síndrome de Stendhal,
más todavía en la cúspide
se halla mi alma protegida;
blanca, púrpura, excéntrica,
noble y soberbia,
a veces amable
a veces víbora.
Ejerzo canto de sirena
a herir letal
a criaturas de toda fortaleza si los odio.
Y si te amo,
—solo una persona puede ser digna—
a salvo quedas en las enredaderas de mis brazos
y te tejo telarañas de pasiones
con los rocíos de mi erotismo
bailando al son del tambor de tus latidos.
Y desarrollo una naturaleza voyeurista
que busca en la mirilla de tu mente
todos tus deseos y fantasías,
observo que son como el néctar de las frutas tropicales
—será mi propia sed—
y yo ofrezco el complemento,
la solución definitiva,
con el paisaje de mi floración en miel
que te llevará a la Vía Láctea
donde está el universo infinito
para una aterciopelada locura.
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