La percepción del arte, y también hay “arte” en las redes sociales me conduce a elaborar una leve distinción entre mensaje metafórico, es decir desplazado (meta, al lado, fora, lugar). En principio habría que decir que la comunicación humana JAMÁS es del todo literal. Incluso el discurso científico más minucioso recurre a metáforas, por ejemplo, la metáfora de la fuerza, o la de la partícula. Puntos de partida oscuros que de hecho desplazan el contenido del discurso hacia cierta imagen canónica. En la sociología cuando hablamos de estado, o fuerzas productivas también incurrimos en cierta visión metafórica, la sociedad, la estructura, etc. Ya lo decía Descartes, la definición de Hombre como Animal Racional es insatisfactoria porque requiere que sepamos que significa animal y qué racional. Nietzsche decía que el lenguaje, las palabras, no son más que monedas gastadas que perdieron el troquel y ahora solo son metal, metáforas que de tanto usarlas nos hemos olvidado que lo son. Como el yo, o el poder.
De modo que cuando hablamos nos valemos de palabras, e incurrimos en metáforas distintas. Por ejemplo, no es lo mismo decir ventana (que viene de ventus, viento) que decir janela (que significa puertecita), pero que es similar a window (derivada de wind). Cada palabra es una metáfora, y se construye como capas geológicas de metáforas etimológicas.
El arte consiste en hacer operativas esos desplazamientos. Quien usa el lenguaje para crear belleza sabe que cada palabra tiene un peso y una textura, y una resonancia, y con ello construye una cadencia y cierta fluidez sonora. Que puede ser meliflua, cacofónica, aliterada.
Otra de las funciones del arte es el desplazamiento semántico. Y he aquí el punto interesante. Hablar con arte es decir las cosas desplazadas. ¿Por qué? Como he argumentado es inevitable hacerlo, incluso la ciencia es pictórica de modo ingenuo, pero también por un efecto psicológico. Parece que los seres humanos nos horrorizamos con la dirección (que en términos eróticos es lo obsceno, y nada mata más el deseo que “ir al grano”). El arte, y la comunicación efectiva en general se basa en formas mediatas de comunicación. De suerte que hay cosas que no se pueden decir frontalmente, se precisa un rodeo, una parábola, una forma de que la energía no queme y sea modulada.
A mi entender hay dos formas de desplazamiento. Uno es la indirección y el otro la ambigüedad. A menudo ambos factores se combinan en un mensaje. Para la primera aquello que se comunica no es directo, está desplazado, sí, pero el contenido es claro. Solo basta que usted conozca el código para entender la referencia, casi como una función uno a uno. X significa Y, y Z significa W. No es burdo, pero hay una clara intención comunicativa de expresar algo “sin decirlo”.
Pero la ambigüedad supone un régimen ético muy diferente. La ambigüedad no solo está desplazada, sino que X puede ser Y o Z o W. En cada caso usted elige qué implica el mensaje. La ambigüedad es mucho más cauta y tímida, en efecto, se esconde mientras se muestra. Mientras que la indirección desplaza pero es más honesta, y a veces torpe.
Por otro lado el grado de elaboración es variable, se puede ser ambiguo y llano. Por ejemplo, decir algo literalmente en un lugar donde no corresponde, y se puede ser indirecto con un complejo sistema simbólico, pero hartamente transparente. En general, el arte, y acá hay discusiones, el buen arte combina la indirección con la ambigüedad. Ya lo decía Kant, la obra de arte alberga una finalidad sin fin. Un fin (teleológico) que nunca es manifiesto y permite pensar virtualmente de forma infinita. Es porque no es obvio, pero es indirecto, pero además es ambiguo. Lo que supone que usted tiene la libertad de restituir lo que falta. Y al final cualquier interpretación es viable.
Digamos por último que existen distintos regímenes de mensajes. A veces un autor está claramente preocupado en transmitir un mensaje, en desambiguar y que el destinatario entienda inequívocamente lo que se le dice. Si ha de ser arte, o al menos tener modales, no se lo dirá con llaneza, se lo dirá indirectamente, sí, pero mediará una metáfora, una elaboración (eso que Nietzsche llamaría lo apolíneo). Pero otras veces el autor habla para no ser entendido, acaso para solo entenderse él mismo, y es deliberadamente ambiguo. Otras veces ni él sabe lo que hace, y es seguro que en términos hermenéuticos el destino de toda obra sea la ambigüedad, eso sucede cuando divergen los horizontes de comprensión. Usted toma una obra del siglo XVII y ya no tiene idea de qué se le quiere decir a quién, entonces proyecta de lo lindo. Usted le envía un mensaje cifrado en redes a alguien, pero pasa el tiempo, otro que no tiene nada que ver lo lee, y tal vez tenga la prudencia para intuir un mensaje, o tal vez se diga “no me importa, para mí esto significa esto”.
Entre la indirección y la ambigüedad transcurre cada una de nuestras interacciones, desde algo tan sencillo como decir “acá andamos” cuando nos preguntan “¿cómo estás?”. Pero creo que la distinción puede ayudarnos a entender formas distintas de comunicación. Nótese que cuando hablo de regímenes éticos, no me refiero a “bondad”, me refiero a estilos de comunicación diferentes. Pero en fin, este puede ser un aporte a las formas de comunicarse actuales.

Bonchi Martínez
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