Hoy quiero tu amor, me pides.
Me retraigo y a la vez me acerco.
Dudo.
Tiemblo.
Miro sin mirar las trastiendas de los infinitos bazares, repletos de camafeos bizantinos, los aros de oro que poseyó una diosa vestal, las joyas y puñales de curiosas formas y filigranas, monedas milenarias, muelas de santos en suspenso que me ofrecen por doquier.
Estoy rodeado de oro.
¡Qué poco me recuerdan la humildad de ayer!
Camino en círculos frente al frontispicio eterno del Santo Sepulcro y te digo sí
y me dejo llevar por su majestuosidad, por el desorden de los inquietos
que traspasan la Puerta de los Leones detenidos.
Ahora no dudo, pero tiemblo.
Decido amarte y navegar, si es preciso, por lo dormidos techos de Jerusalén,
desechando imágenes controladas, puntos punitivos en el horizonte
que amenazan la tarde
-suspendida en la paz-
e ir más allá del Muro de los Lamentos, que predice el final de los tiempos.
Ante cada una de las puertas y sus tumbas milenarias,
decido mirarte a la cara,
decido verme reflejado en ti
Quiero sentirme que soy parte de tus extremos,
de tu piel
y admito un sí.

Yom Hernández
Aquí un licenciado en Historia, loco por la literatura que lee y escribe pertinazmente. Padre de tres libros publicados por Ed Atlantis, Ed Adarve, Ed Cuadranta.
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