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Debajo de ritmos ajenos, una lucidez íntima ocurre

Feb 1, 2026

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Debajo de ritmos ajenos, una lucidez íntima ocurre
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Escribo porque hay cosas que no quiero pensar demasiado.
Prefiero dejarlas ser, para comprobar que el corazón sigue ahí,
que todavía responde cuando algo lo toca con suavidad.

Escribo cuando siento.
Cuando algo insiste por dentro y no encuentro otra forma de sostenerlo
sin que se me derrame.

Contigo pasa que no pienso en ideas,
pienso en sensaciones.
En esa forma tuya de estar donde las palabras no empujan,
se recuestan.
Como si dijeran, sin decirlo: quédate un poco más.

Me descubro queriéndote
no desde el impulso,
sino desde una atención sostenida.
Hay días en los que me descubro
queriéndote en silencio,
en lugares donde la ternura
todavía me habita
y no necesita explicación.

Si alguna vez te preguntas
qué me gusta de ti,
tengo respuestas claras.
No estoy jugando.
De verdad te tengo presente.

Me gusta tu voz cuando aparece despacio,
como llegan las cosas buenas:
sin ruido,
sin prisa.
Como una canción de cuna
en la que una confía
para descansar.

Me gustan tus manos,
las marcas que te acompañan,
esas señales que dicen que has vivido
sin necesidad de contar la historia completa.
Me gustan las cosas bobas y tiernas que dices,
tus gestos pequeños,
tu sonrisa cuando no actúas para nadie,
cuando tus ojos se hacen pequeñitos
y el mundo, por un momento,
se vuelve más amable.

Hay detalles tuyos
que se quedan conmigo
sin pedir explicación.
Formas de mirar.
Presencias que dicen más
cuando no dicen nada.

Lamento que solo nos hayamos visto una vez.
Pero hay cercanías
que no se miden por la frecuencia,
sino por la huella.
Por un beso pequeño en la mejilla
con todas las ganas
de rozarse los labios.
Ese gesto breve
abrió un lugar
que aún no se cierra.

A veces quisiera tenerte cerca.
No para pedirte nada.
Solo para estar.
Y, con cuidado,
ir más allá de tu cuerpo:
explorar tu mente,
saber qué te mueve,
qué te abruma,
qué te vuelve blando.
Hacer de nosotros un mundo pequeño
donde lo nuestro exista
sin fingir.

Me siento pequeña contigo.
No diminuta,
sino a salvo.
Como cuando una descansa
porque confía.

Como cuando el cuerpo recuerda el cariño
de la infancia
y pensábamos que las nubes
podían comerse,
aunque en realidad
eran algodón de azúcar.
Con una inocencia
que todavía no ha sido robada
por lo salvaje de la mente.

No escribo desde la prisa.
Tampoco desde la carencia.
Me reconozco infinita de amor.
Escribo desde el reconocimiento
de algo que empieza a importarme
más de lo que había previsto,
aun sabiendo
que tengo que cuidarme.

No busco dramatismos.
No me interesa exagerar lo que siento.
Me interesa la verdad,
esa que se dice con ternura
porque sabe que puede herir
si no se trata con cuidado,
como cristales
viajando en cajas frágiles.

Tal vez esto no sea el inicio de nada.
No lo sé.
Pero sería injusto
no nombrarlo,
guardarlo
como si no tuviera peso.

Hay afectos que no piden promesas,
ni respuestas, ni certezas.
Pero sí piden presencia, claridad, cuidado.

Este es uno de ellos.
Y si no puedes habitarlo conmigo, no pasa nada.
Solo dime la verdad con la misma suavidad con la que yo te escribo.

Blanca Cruz Gálvez

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