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De Sábato a Cortázar, la bella locura de andar en rebeldía.  

Feb 4, 2026

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De Sábato a Cortázar, la bella locura de andar en rebeldía.   
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El artista es el loco que, gracias a su demencia,

 a su incapacidad de adaptación, a su rebeldía,

 ha conservado los atributos más preciosos del ser humano.

- Ernesto Sábato

 

Un amplio espacio atestado de tarros, telas, atriles, pinceles y pinturas cayendo desde los estantes.

La cálida luz de un farol tan grande como simple que se desprende como en caída libre desde la altura extrema de un techo descascarado

Un tablón que duerme sobre rústicos caballetes sueña con ser mesa y las hojas que encierran bocetos, permiten que lo haga. Allí donde se mire, se encuentran lápices capaces de danzar y más pinceles que modelan sus cabelleras, algunas cortas, otras largas o desmechadas, las hay abultadas o escasas, pero todas lucen infinidad de colores.

En ese caos de un viejo galpón, impregnado del aroma ácido y químico que produce la mixtura de humedad y pigmento, habitan las amantes de Apolo, dios olímpico de la música y patrón de las bellas artes. Esas ninfas que hechizan al hombre que está llegando.

El agudo grito de un pesado y oxidado portón mientras se abre, retumba entre los muros y un resplandor deja ver los inmensos bastidores.  

Acaba de entrar salpicado de luminosas partículas. Es el artista.

Se dirige al rincón que lo espera cada día, y cruzando sus piernas se sienta al estilo indio sobre una alfombra, distribuye frente a él, papeles en blanco, tintas chinas y cañas de bambú. Estira los brazos, junta sus manos y las apoya sobre sus pies, que están uno sobre otro. Solo escucha su respiración y su mente se conecta con la profundidad de su ser, vive la sensación de verdadera libertad y alegría. Visualiza puertas que se van abriendo a su paso y avanza llegando hasta lugares que hasta entonces desconocía. Es esa realidad que percibe, la que lo impulsa a realizar trazos con la tinta sobre el papel. Poco a poco regresa. Los sonidos del silencio comienzan a tener voz. Ya tiene la idea. Ha bosquejado su obra. La quietud y la calma le dan paso al movimiento. Es casi un terremoto, con sacudida de terreno y la liberación de energía que esto produce.

Traslada los lienzos de un lado a otro buscando la incidencia de la luz y las sombras hasta dar con la óptica exacta. Las musas se han acercado trayendo esa creatividad que requiere de una dosis de locura.

Puede que las divinidades inspiradoras duerman en ese galpón, pero es su ser el que habla y participa activamente de esa ceremonia secreta, la del proceso único y personal que encierra sus pensamientos, experiencia, su formación y su entorno. Ese fuego que no quema, que lo impulsa a componer y crear, ese, al que él se consagra.

Con esplendorosos colores y formas va trazando sobre la tela el camino que hará hasta el corazón del espectador buscando estremecer su espíritu y en cada pincelada, línea, o huella pretende comunicar lo que le está pasando.

Una lágrima se desliza por su rostro y la emoción se vuelve rayo que penetra la gota y se refracta en coloridas bandas.

Las musas han dejado de susurrar. La obra está terminada.

El viejo portón vuelve a chirriar, esta vez para cerrarse. Él, pletórico, llevándose el arcoíris entre las manos, emprende el regreso y allí dentro, sobre un lienzo aún fresco, queda su alma, esperando la mirada sensible de unos ojos que se enamoren de su rebeldía, que en cada pincelada puedan volar su vuelo, soñar su sueño y calar hasta sus huesos, como esa lluvia que no se elige al salir de un concierto, que nos contaba Cortázar. Julio Cortázar, el mismo que creía que todos tenemos un poco de esa bella locura que nos mantiene andando cuando todo alrededor es tan insanamente cuerdo.

 

 

 

Miriam Rodriguez Roa

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