Al final del día, se trata de eso, ¿no?
De los que te acompañan en momentos insólitos,
de los que te preguntan cómo te fue en el médico,
de los que te levantan cuando la vida te hace tropezar.
También se trata de estar:
de aplaudir más fuerte para que nadie quede solo,
de preguntar cómo estás,
de invitar un sanguchito de milanesa.
Las heridas son visibles,
aquejan el alma,
pero nos recuerdan
la dicha de vivir.
Porque si no se sufre,
¿cómo vas a disfrutar lo lindo?
¿Cómo vas a gritar un gol quebrando las cuerdas
si nunca perdiste,
si no te golearon en la cara?
¿Vas a entender acaso
la ausencia de un ser querido
sin la nostalgia?
Esa melancolía de invitar un helado,
y al probar de nuevo
el sabor del dulce de leche,
sentís que el tiempo se pliega,
y estás ahí,
riéndote con un abuelo.
¿Cómo vas a entender el amor
si no te toca perder?
Vivir la rutina sin esa euforia
que te daban todos los días con un beso.
Se trata de todas esas cosas:
de dormir contento
porque hiciste sonreír a alguien,
o porque te pegaron una mueca,
como una curita
después del raspón y el mertiolate.
Y también se trata de seguir,
aunque duela un poco,
de juntar los pedacitos del día
y armar con ellos algo sencillo,
como un mate compartido,
una charla en la vereda,
o un abrazo que llega sin aviso,
pero justo a tiempo.
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