Mi nombre es Magdalena y soy coleccionista.
Guardo cosas. Cosas que los mortales suelen dejar perder en sus recuerdos, pero yo no. Yo las atrapo, las guardo y las cuido.
Cada mañana desde hace mucho, mucho tiempo me pongo mi sombrero y salgo a buscar maravillas. Llevo cofres, frascos, botellas y maletines, por si el día me regala algo digno de guardar.
Así es mi colección... un poco de todo, hecho de nada.
Una mañana escuché la pava. Cantaba agudo y nítido, avisando que el agua ya estaba lista, hirviendo y ansiosa. Atrapé el silbido justo antes de que se apagara, y ahora lo guardo en una lata redonda. Me refugio en él cuando quiero sentirme tranquila, en casa.
Una vez un rayito de sol se coló por la ventana una tarde de invierno. Lo atrapé con las manos antes de que se escapara. Cálido y brillante. Lo guardo para las noches en que la oscuridad me abraza fuerte y no me deja dormir.
El abrazo de mi mamá no lo atrapé: ella me lo dio. Lo guardé en el cajón más cercano a mi cama, para los días en que el frío se abarrota en mi cuerpo.
En los días que la rabia, roja y estremecedora, brota por mi piel, guardo la suavidad de las nubes: esponjosa, blanca, la más mullida que existe. Acudo a ella esos días, y despacito, todo se calma.
Así es mi colección... un poco de todo, hecho de nada.
Esa sensación de estar recién bañada la pesqué una tarde, saliendo de la ducha con el pelo goteando y la piel tibia. La guardé enterita, tal cual, en un frasco con tapa de corcho. La uso para los días en que la confianza no hace su aparición estelar, y necesito sentirme un poquito más brillante.
Una tarde de tormenta, con la nariz pegada a la ventana, atrapé el olor de la lluvia. Húmedo. Mojado. Lo guardo en este frasquito para cuando la melancolía invade mis pensamientos.
Caminando por la ciudad, lo escuché. Se subió a upa sin permiso y se quedó dormido contra mi pecho. Le pedí prestado su ronroneo (con mucho cuidado) y ahora vive en este cofre especial, para esos días en que la cabeza no puede más y el corazón parece que va a explotar.
Así es mi colección... un poco de todo, hecho de nada.
El abrazo de gol lo atrapé en la cancha, un domingo de mucho ruido. Fue un abrazo eufórico, apretado, de esos que te levantan del piso sin avisar. Lo guardo para cuando necesito esa valentía de ir a buscar lo que quiero.
Las palabras de mi abuela las guardo desde hace mucho, mucho tiempo. Son suaves, son tiernas, y siempre traen un consejo escondido dentro, de esos que solo se consiguen con los años. Las uso cuando me siento perdida y abatida, cuando no sé bien para dónde ir.
Guardé, cuando era chica, la dureza de una raíz vieja, grande y rugosa, en una caja de madera. Recurro a ella cuando la debilidad se apodera de mí, y necesito sentirme firme y fuerte, como un árbol.
Así es mi colección... un poco de todo, hecho de nada.
Los secretos de cocina de mi abuela los fui guardando de a poquito, calientes y humeantes, mientras la miraba cocinar sin mirar ninguna receta. Los llevo conmigo para cuando me siento lejos.
La inmensidad del mar la guardé en un frasco enorme, casi imposible de cerrar: un océano entero, apretado ahí adentro. Lo admiro cuando me siento chiquitita, y necesito recordar que hasta lo más grande del mundo cabe en un frasco si uno sabe guardar bien.
Los aplausos los conseguí en una plaza, luego de un show de patinetas. Fuertes y ruidosos. De esos que hacen cosquillas en el pecho. Los guardé en esta botella para esos días en que no me quiero sentir ignorada.
Así es mi colección... un poco de todo, hecho de nada.
Pero si me preguntan cuál es mi tesoro más grande, la respuesta es una sola. Está guardado en este baúl de madera noble, que no necesita candado, porque siempre está abierto y muy bien cuidado: el apoyo de mis amigas. Incondicional. Respetuoso. Genuino. A él no solo recurro en los momentos donde me siento perdida, sino también en los momentos de inspiración y alegría, cuando necesito esa palmada en la espalda de que todo va estar bien y que yo puedo.
Y en eso, las escucho. Pasos y risas que se acercan por el sendero. Son mis amigas que vienen a tomar unos mates.
Abro la puerta de par en par y las invito a pasar.
Hoy no hay nada que buscar afuera. Hoy destapo el frasco con olor a lluvia, abro la cajita con los secretos de cocina de mi abuela y dejamos que el ronroneo del gato nos entibie los pies mientras charlamos.
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