mobile isologo
buscar...

Currículum para un puesto improbable.

Mar 2, 2026

322
Currículum para un puesto improbable.
Empieza a escribir gratis en quaderno

Esta mañana mi amigo Arturo recibió una llamada que no atendió.
No fue un gesto dramático ni una declaración ideológica, simplemente estaba mirando por la ventana, pensando en
cosas que no cotizan en el mercado laboral.

Minutos después llegó el mensaje.

"Lo llamo por su postulación a nuestra empresa."

El texto tenía ese tono administrativo que parece escrito por alguien que nunca miró una nube con atención.
Arturo lo leyó dos veces, apoyó el teléfono sobre la mesa, volvió a levantarlo y se quedó un rato observando el teclado como si allí estuviera escondida una trampa metafísica.

Podría haber respondido con un mensaje breve, claro, profesional.
Algo como, no sé, tal vez: “Muchas gracias, quedo atento.”

Pero Arturo nunca fue un hombre de respuestas breves.

Así que hizo lo que hace la gente cuando el pensamiento empieza a desbordarse, apretó el botón de grabar audio.

Lo imaginé sentado en su cocina, despeinado como siempre, con esa mezcla de lucidez y cansancio que tienen los gatos después de mirar demasiado tiempo el mundo.

Y..bueno, empezó diciendo, antes que nada debería aclarar algunas cosas sobre mi candidatura.

Hubo un pequeño silencio. No de duda, sino de acomodo existencial. Arturo explicó, con una tranquilidad que solo tienen los que ya no intentan impresionar a nadie, que sí, estaba buscando trabajo. Que necesitaba laburar. No por ambición desmedida ni por vocación empresarial, sino por esa insistencia desagradable que tienen las cuentas de aparecer todos los meses como si el universo fuera un reloj puntual.

Pero también aclaró que su relación con el trabajo tenía ciertos matices. Por ejemplo, no poseía una gran disponibilidad para rendir cuentas sobre cada movimiento de su respiración.
Las oficinas, dijo, con esa simetría de escritorios y calendarios, siempre le habían provocado una leve sensación de zoológico emocional. Tampoco tenía demasiada ropa planchada. No por descuido, aclaró, sino porque las camisas perfectamente alineadas le producían una
tristeza geométrica difícil de explicar.

Luego habló de la burocracia.

Dijo que cada vez que escuchaba palabras como "procedimiento" , "gestión administrativa" o "flujo institucional", su cerebro empezaba a estornudar ideas absurdas.
Una especie de
alergia mental que todavía no figuraba en ningún manual médico.

La amabilidad corporativa, agregó, también le producía una pequeña urticaria existencial.
Esa sonrisa calibrada que dura exactamente lo que dura una reunión de lunes.

En cuanto al respeto por la autoridad, Arturo lo definió con una frase breve.

No es que no la tenga, dijo, es que nunca logramos convivir mucho tiempo en la misma habitación.

Hizo otra pausa. Después explicó un detalle logístico importante…siempre llegaba tarde.

No por irresponsabilidad, aunque tampoco por eficiencia, sino porque el tiempo con él tenía un acuerdo extraño. A veces coincidían. A veces se ignoraban con una cortesía distante.

Miren, para mí es que la vida, dijo, funciona a destiempo. Como esos relojes viejos que deciden adelantarse o atrasarse según el humor del universo. Sin embargo, aseguró que poseía ciertas habilidades.

Podía transformar la tensión de una reunión de equipo en una referencia a Los Simpson con bastante rapidez. Y un lunes rutinario, ese animal gris que arrastra los pies por los pasillos, en algo parecido a una pequeña fiesta punk si aparecía una conversación interesante o una idea lo suficientemente absurda.

Dijo también que trabajaba con herramientas invisibles.

La intuición, que desarrolló por miopía existencial. La ironía, que utilizaba como terapia portátil. Y una sordera selectiva bastante útil para sobrevivir a discursos motivacionales. Arturo confesó además que se autogestionaba, se autoexigía y, cuando el cerebro empezaba a girar demasiado rápido, se automedicaba con algo que tuviera la delicadeza de apagar las luces del pensamiento antes de dormir.

Reconoció que no era particularmente hábil en tareas concretas. No sabía cambiar un cable eléctrico. No sabía preparar mezcla de concreto. Y si lo ponían en una cancha de fútbol, lo más probable era que confundiera el arco con una metáfora.

Pero tenía otras competencias.

Puedo hacer origami, dijo, con historias de abismo emocional.

Explicó que tomaba una angustia, la doblaba, después tomaba un recuerdo, lo plegaba, y a veces de ese papel arrugado salía un pájaro que volaba unos segundos antes de volver a caer.

Según Arturo, y quién soy yo para contradecirlo, esa era una metáfora bastante honesta de la vida.

Contó también que su trayectoria profesional incluía vínculos freelance y part-time emocionalmente sobrecargados, proyectos que nadie había acusado recibo y una larga temporada entregando empatía a pérdida como si fuera una empresa con pésimos asesores financieros.

En algún momento, dijo que gastó cuatro cuartas partes de su sueldo en terapia. No es muy bueno en matemáticas, pero yo sé más o menos lo que quiso explicar. Lo peor es que fue tanta guita invertida para que el diagnóstico fuera contundente porque el terapeuta le dijo que el problema era él.

Aunque inmediatamente agregó que el mundo también tenía cierta responsabilidad, pero ese diagnóstico no aparecía en ninguna factura.

 

En cuanto a la remuneración, Arturo explicó que no era ambicioso. Se conformaría con algo acorde al cargo. Noches sin mucho insomnio o días donde pudiera quedarse a ver alguna serie de comedia con la suscripción pagada a alguna plataforma de stream, y bueno, claro, el pago de sus contribuciones sociales. Nada extraordinario.

Y antes de terminar el audio dejó una condición administrativa bastante clara. Si la empresa decidía contratarlo, él iba a ponerlos a ellos dos meses a prueba.

Para ver si el lugar tenía sentido del humor, y para comprobar si la oficina toleraba, aunque fuera un poco, la peligrosa costumbre de estar vivo. Cuando terminó de grabar, Arturo se quedó escuchando el audio completo.

Lo reprodujo una vez. Luego otra. Después me lo envió.

Decime qué te parece, me escribió.

Yo lo escuché con paciencia, con cierta admiración incluso, y le respondí que estaba bárbaro.
Que era probablemente el
mensaje laboral más honesto que había oído en años.

Arturo me agradeció. Y hasta donde sé, el audio sigue en nuestra conversación. Porque, claro, al final no lo mandó al WhatsApp de la empresa.

Nicolás

Comentarios

No hay comentarios todavía, sé el primero!

Debes iniciar sesión para comentar

Iniciar sesión