Hoy es el tercer día desde que Sol se fue. Ayer no escribí, me la pasé acostada, durmiendo, sin ganas de nada.
Hoy más que ayer y anteayer la culpa socaban mi consciencia. Me di cuenta que a diferencia de lo que creía, no siento la casa tan vacía como pensaba. Me di cuenta de que ella no estaba hacía mucho tiempo, solamente existía, pero ya no era. La culpa estruja mi rotó corazón ante la idea de que ella simplemente se quedó en una espera silenciosa de que yo estuviera lista.
Miro las ultimas fotos y vídeos que le tome y no la veo a ella, no veo ese resplandor en ella, solo veo el cansancio que tanto ignoraba. Y me culpo, me culpo por no haberla soltado antes, por tal vez no darle todo de mí, porque tal vez la podía salvar siendo más responsable. Pero, ¿qué sentido iba a tener? Solo iba a alargar lo natural y tal vez la iba a hacer sufrir más de lo que estaba sufriendo.
Hoy la culpa me llena y también la culpa por sentir culpa cuando tendría que estar recordándola con amor.
Pero el dolor no me molesta y la tristeza tampoco. Todos me dicen que no tengo que sufrir, pero el sufrimiento, el dolor y la tristeza hacen que ella este más presente en mí. Sé que voy a aprender a vivir con esto que siento, pero mientras no lo haga quiero sentirme libre de sufrir.
No los entiendo, ¿cómo pretenden que haga de 13 años como si nada? ¿Cómo pretenden que en tan solo dos días entierre todo lo que sentí por más de la mitad de mi vida? No quiero soltar, no a tan solo tres días. Viernes, sábado, domingo y lunes. Arranco una nueva semana sin ella.
El mundo de todos sigue girando, pero el mío está paralizado en el vacío de su ausencia.
Vuelvo a la culpa y no a la culpa por perderla, sino por haberla tenido por más tiempo de que debía. Durante meses odie y me molestaba mucho cuando las personas la veían y me decían “Que viejita que está”, porque me hacían consciente de aquello que yo con tanto empeño ignoraba. ¿Pero cómo me daba cuenta que ya estaba? ¿Cuál iba a ser la señal? Yo lo sé, había señales.
Ella estaba, pero ya no era. Yo lo sabía. Porque ya no se asustaba cuando llovía, porque ya no se quería subir a mi cama buscando consuelo en su miedo, porque no se escondía en el baño cuando los vecinos hacían ruido fuerte jugando al futbol, porque ya no me seguía por toda la casa, porque no salía al frente y al fondo, porque se cansaba rápido cuando íbamos a caminar, porque ya no comía ni tomaba agua. Solo dormía, dormía y se arrastraba. Teníamos que obligarla a hacer algo tan simple como comer y tomar agua. El ultimo día ni siquiera fue capaz de alzar su cabeza. Y eso me destrozo, porque sentí una culpa agonizante que quemó mi garganta con un fuerte sollozo e inundo mis ojos con una cascada de lágrimas. Y en menos de dos horas se fue. Se fue. Sol ya no está porque se fue.
Me pesa los lugares vacíos en la casa. Me pesa su ausencia. Todavía ni siquiera saque su alfombra de mi pieza y la sigo buscando con los ojos mientras estoy estudiando. Ahora ya no la puedo acariciar mientras estoy sentada estudiando.
No sé. Mientras más pienso, mientras más recuerdo más me duele, pero también más presente la tengo y más la amo.
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