Cuerpos en tránsitos: Pequeña etnografía sobre estética, identidad y corporalidad en jóvenes
Sep 25, 2025
Introducción:
A lo largo de la historia, el cuerpo ha tenido relevancia en diversos ámbitos, pero durante las últimas décadas ha pasado a ocupar una posición central en las formas de autodefinición, las relaciones sociales y la participación cultural,sobre todo entre jóvenes. Más allá de una mera entidad biológica, el cuerpo es hoy día un espacio cargado de significaciones, prácticas, tecnologías y emociones, que opera como un vehículo para la expresión identitaria. En la actual época, marcada por la visibilización, la romantización de lo cotidiano y el uso constante de redes sociales, el cuerpo se torna un espacio en el que inscribir valores, aspiraciones y contradicciones propias de lo contemporáneo.
Dado este contexto, los jóvenes (mayoritariamente de entornos urbanos) moldean, experimentan y negocian irrefrenablemente su corporalidad en diálogo con discursos sociales sobre belleza, estética, éxito y género. El cuerpo no es únicamente objeto de observación o intervención, sino que es también escenario y protagonista de procesos de subjetivación. Las maneras en que este se cuida, se muestra o se modifica dan pistas de cómo se vive la pertenencia, el deseo o la resistencia frente a normas culturales dominantes.
El presente análisis se centra en cierto grupo de jóvenes, con el objetivo de comprender cómo construyen su relación con el cuerpo y la estética en su día a día. A través del estudio, se investiga en sus rutinas estéticas, sus motivaciones, las influencias que reciben y las tensiones que atraviesan. Se tratan prácticas como el maquillaje, el peinado, el vestuario, las modificaciones estéticas, el entrenamiento, entre otras, para mostrar cómo estas acciones no únicamente configuran la imagen externa sino que también intervienen en el desarrollo de la identidad subjetiva, emocional y relacional.
Dichas prácticas, no son simplemente superficiales, sino que están impregnadas de significados individuales y sociales. En ellas, se busca la pertenencia a ciertos grupos, la búsqueda de reconocimiento, la afirmación de autonomía o la introducción de normas sociales. En un contexto social que está atravesado por ideas contradictorias como son el autocuidado y la autoexigencia, la aceptación y el ideal, o el empoderamiento y la presión social, este estudio busca aportar una mirada crítica y empática sobre la forma en que los jóvenes significan y viven su corporalidad.
Por último, se trata de explorar el cuerpo no como un objeto dado ni como un simple contenedor de información externa, sino como una construcción inestable que se moldea a través de las experiencias personales, relaciones de poder y estructuras sociales amplias. La perspectiva etnográfica utilizada pretende aportar claridad a las formas en que la juventud y su corporalidad se convierten en objetos de producción de información y de transformación en la sociedad actual.
Justificación:
En las últimas décadas el cuerpo ha dejado de ser considerado un simple soporte biológico o un dato natural, para convertirse en un espacio central de expresión, control, experimentación y producción de identidad. Esta transformación ha estado ligada a cambios culturales mayores, como el auge de la cultura visual, proliferación de redes, la expansión de la industria del bienestar y la creciente accesibilidad a procesos de modificación. En este contexto, el cuerpo funciona como un medio de comunicación, un proyecto a trabajar y una plataforma en la que se plasman procesos de inclusión, diferenciación, validación y resistencia.
Los jóvenes configuran un grupo en el que esta centralidad de lo corporal se expresa con gran potencia. La juventud se define como una etapa de búsqueda de identidad, afirmación de pertenencia y exploración de formas de subjetivación. En este grupo, las prácticas estéticas no responden únicamente a modelos normativos impuestos de manera externa, sino que también incluyen deseos de autenticidad y creatividad. El cuerpo pasa a ser un territorio en disputa, estando tanto moldeado por las expectativas sociales como por los afectos, los deseos y las estrategias individuales o colectivas de negociar sentido.
Los entornos urbanos como las instituciones educativas intensifican estas dinámicas, ya que en ellas se concentran discursos sobre el rendimiento, la productividad, la belleza, la salud y la exposición constante. A través de diversos medios encontramos discursos que promueven doctrinas para verse de ciertas formas o mostrarse de ciertas otras, estando muchas veces atravesadas por lógicas de consumo y competitividad. No obstante, estas normativas no operan de una manera lineal, sino que son resistidas o transformadas por los mismos jóvenes desde sus vivencias personales, su pertenencia social y sus contextos culturales o de clase.
Desde este marco, resulta relevante cuestionarse factores como de qué forma viven los jóvenes su cuerpo en dichos contextos, cuales son las prácticas que llevan a cabo para modificarlo, cuidado o exhibirlo, cuales son las tensiones que experimentan entre la libre elección y la presión social, y que sentidos construyen en torno a lo estético y lo corporal. Estos planteamientos son claves para poder comprender no sólo los modos contemporáneos de vivir el cuerpo, sino también las formas en que se configuran las subjetividades juveniles en una sociedad atravesada por lógicas de autoexigencia, neoliberalismo afectivo y búsqueda de autenticidad.
El motivo de esta investigación podría, pues, justificarse por su potencial para aportar una mirada empírica y reflexiva acerca de las formas en que los actuales jóvenes significan y habitan sus cuerpos. De igual forma, busca cuestionar los discursos simplistas o estigmatizadores que se circulan con mucha frecuencia entre las nuevas generaciones, especialmente los relacionados con sus prácticas estéticas o la “obsesión” con la imagen. A través del enfoque etnográfico, se pretende contemplar voces, experiencias y significados que los propios jóvenes reproducen en lo respectivo a su cuerpo, revelando tensiones, afectos y estrategias que atraviesan este proceso.
El objetivo de la investigación presentada es el de comprender cómo los jóvenes estudiantes construyen su relación con el cuerpo y la estética en la vida cotidiana, a partir de un análisis situado de sus prácticas, discursos y emociones vinculadas a la corporalidad.
Otros de los objetivos que persigue esta investigación son: Describir y analizar las prácticas estéticas cotidianas desarrolladas por las jóvenes (maquillaje, tatuajes, rutinas de ejercicio, intervenciones en el cuerpo,...); explorar las motivaciones, afectos y significaciones personales que los jóvenes atribuyen a dichas prácticas, reconociendo su papel en la construcción de identidad; indagar en los discursos sociales, mediáticos y culturales que influyen en la configuración de modelos corporales y estéticos y como estos son aprobados o resistidos por los jóvenes; identificar las tensiones y contradicciones que los sujetos experimentan en torno al cuerpo, tales como autenticidad frente presión normativa, autocuidado frente autoexigencia,...aportar una lectura crítica y empática que visibilice la complejidad de las relaciones entre cuerpo, estética y juventud en contextos marcados por transformaciones socioculturales aceleradas.
Fundamentación teórica.
El cuerpo, en contextos contemporáneos, no puede ser entendido simplemente como una entidad biológica. Se trata de una construcción cultural, histórica y simbólica atravesada por relaciones de poder, estructuras normativas y tecnologías de subjetivación. Desde una mirada crítica, el cuerpo emerge como un espacio en que se articulan los discursos sociales y en el que se inscriben prácticas y mandatos que configuran al sujeto en su experiencia cotidiana.
Según Michael Foucault (1975), el cuerpo ha sido históricamente objeto de regulación, disciplina y control por parte de las instituciones sociales como la escuela, la sanidad o la prisión, pero constituye también un medio de expresión de deseos, resistencias y posicionamientos. En este sentido, el cuerpo no es únicamente una superficie pasiva, sino un escenario activo en el que se negocian sentidos sobre la belleza, el género, la salud, el éxito, la normalidad o la desviación. Para Foucault, el poder no actúa únicamente de manera represiva, sino que produce cuerpos útiles, normados y legibles a través de prácticas discursivas y materiales.
Desde otra perspectiva,para autores como Maurice Merleau Ponty y Emmanuel Mounier la fenomenología ha subrayado que el cuerpo no es algo que el sujeto simplemente posee, sino una condición fundamental de su existencia en el mundo. Merleua-Poncy afirma que somos nuestro cuerpo en tanto que a través de él percibimos, actuamos e interpretamos la realidad. Este enfoque plantea que el cuerpo es un mediador entre lo subjetivo y lo social, entre las experiencias vividas y las estructuras simbólicas a las que se enfrenta.
En esta línea, prácticas corporales como el maquillaje, los tatuajes, la modificación corporal o la elección de la vestimenta no deben ser consideradas como algo trivial ni simplemente ornamental. Estas acciones responden a formas concretas de producción de subjetividad, inscriben narrativas personales en el cuerpo y permiten a los sujetos narrar quiénes son, quiénes han sido o quienes pretenden ser (Cifuentes, 2011). El cuerpo se convierte así en un texto, una especie de biografía viviente que da pie a la relación entre el mundo y el sujeto.
Un ejemplo relevante para nuestra investigación es el del tatuaje, cuya resignificación social es un reflejo del cambio en las formas de habitar el cuerpo. Si en el pasado fue asociado a marginalidad o criminalidad, hoy día se ha ido integrando como una forma legítima de arte o expresión con valores estéticos, identitarios y afectivos. Según Gartner (2006), en las culturas juveniles urbanas los tatuajes no identifica solamente a quién lo porta, sino que también configura una narrativa corporal sobre su historia, sus emociones y sus posicionamientos frente al mundo.
Más allá de los tatuajes, las prácticas estéticas de la juventud como arreglarse, elegir ciertos accesorios o aportar determinados estilos responden a una doble lógica. Por un lado, están mediadas por dinámicas de mercado, consumo cultural y estandarización de la belleza; y por otro lado, pueden expresar búsquedas de autenticidad, estrategias de diferenciación y demandas de reconocimiento social. Desde la teoría de la performatividad de género de Judith Butler (1990), puede afirmarse que el cuerpo se convierte en un espacio en que se “actúa” la identidad. Esta no es un núcleo interior que se expresa, sino una construcción que se produce a través de la repetición de actos corporales regulados socialmente. Así, el género, la belleza y la pertenencia se encarnan mediante gestos, modos de vestir, posturas y estilos de vida.
El espacio universitario constituye, en este marco, un escenario especialmente relevante para el análisis de estas dinámicas. Allí confluyen procesos de socialización secundaria, tránsito hacia la adultez, búsqueda de autonomía y exposición constante a juicios simbólicos. Según Gómez y Sastre (2007),la vida universitaria no solo implica una formación académica sino también una reconfiguración identitaria en la que el cuerpo se vuelve un soporte visible de esas transformaciones. Es en este contexto en el que las marcas estéticas, las decisiones sobre el cuerpo y las estrategias de presentación de sí adquieren un valor social particular.
En suma, este estudio se inscribe en una mirada crítica y compleja del cuerpo como espacio simbólico, relacional y performativo. Las prácticas estéticas juveniles son comprendidas aquí no como meras elecciones individuales, sino como actos cargados de sentido social, político y emocional. A través de ellas, los y las jóvenes negocian su identidad, procesan tensiones culturales y buscan construir un lugar propio en el entramado social. Explorar estas prácticas desde una perspectiva etnográfica permite acceder a los modos concretos en que la corporalidad se convierte en territorio de expresión, conflicto y agencia.
Metodología
El estudio se lleva a cabo a través de la etnografía, un método de estudio cualitativo que busca comprender en profundidad la vida social, las prácticas culturales y los significados que crea una comunidad bajo su propia perspectiva. Este método de estudio se ha extendido a estudios de varias ciencias sociales dado que rompe la barrera investigador-investigado, ya que el investigador trata (dentro de lo posible) de integrarse en el grupo y escuchar las voces de aquellos que lo componen, además de tener una posición crítica ante su propio punto de vista o posicionamiento inicial.
Durante el desarrollo de este trabajo, debe tenerse en cuenta el impacto que tiene la figura de una investigadora en el grupo y las propias vivencias/opiniones acerca del tema desde los que se ha desarrollado la entrevista. Como sujeto que concuerda en las categorías de las investigadas (mujeres en su veintena que se dedican a estudiar un campo social y hacen uso de su corporalidad y expresión a través de ella) no puede llevar a cabo este estudio desde una plena objetividad, y más allá de querer que sea lo más neutral posible, debe buscarse dar espacio a todas las voces posible que puedan ayudarnos a desarrollar resultados lo más ajustado a la realidad posibles.
Para obtener la información buscada, se ha realizado un grupo de discusión con diferentes estudiantes para así escuchar vivencias que encajan en lo que reflejaba la base teórica y a la vez obtener nuevas perspectivas que habían sido pasado por alto. Seleccionando a varias mujeres e invitándoles a participar en una conversación acerca de las vivencias dadas de su corporalidad y la significación que dan a la corporalidad y expresión estética de las personas con las que comparten espacios académicos se obtienen datos de interés para el desarrollo de esta etnografía. Otro de los medios de recogida de información ha sido la inserción en el grupo y observación de las prácticas relacionadas con lo estudiado de los usuarios.
Análisis de datos y resultados.
A las participantes se les presenta el tema de estética, corporalidad e identidad como una conversación guiada sobre experiencias y prácticas de su vida y cotidianidad como usuarias del sistema educativo. Se presentan diferentes preguntas de discusión en las que reflejar la diversidad de opiniones y emociones respecto a algunos temas como el maquillaje, el vestuario y las modificaciones corporales entre otros.
Al empezar la conversación sale a debate la vivencia de la presión estética ejercida por contextos sociales como la educación y la familia. Las participantes compartieron experiencias en las que sus cuerpos fueron vistos como objetos de corrección, burla o juicio, sobre todo en edades muy tempranas. Comentarios como “Tienes entrecejo” o “Esos pantalones parecen de pescar” parecen comentarios que por muy simples que parezcan destacaron por dejar mella en algunas de las usuarias, al punto de seguir en su cabeza a día de hoy y seguir presente en el desarrollo de sus acciones, como evitando ciertos tipos de prendas de ropa o llevando a las usuarias a someterse a métodos de depilación definitivos aún habiendo sido señalado por alguna de ellas “a mi me da igual que estén ahí” refiriéndose al vello corporal. Estas narrativas iniciales van dando voz a las ideas resaltadas sobre las expectativas sociales reflejadas en el cuerpo femenino,y así este se convierte en un objeto que debe responder a ciertas normas. Al nombrar este tipo de actos va observándose como las usuarias responden en algunas prácticas al patrón esperado aunque expresen notoriamente su disconformidad al respecto, desarrollando su corporalidad conforme al ideal normativo.
Además de las restricciones en la indumentaria o estilo, las participantes hablaron de la presión indirecta y directa respecto al cuerpo, sobre todo en la adolescencia. desde motivos de desarrollo nombradas como inseguridades como “mis tetitas” hasta acné o cambios hormonales han hecho que sus cuerpos hayan sido percibidos como motivos de vulnerabilidad o imperfección. Dentro de los tipos de presión, las chicas destacaron que la presión directa era solo una pequeña parte del juicio social al que se habían sentido sometidas, y que otros hechos como escuchar comentarios a terceras personas, opiniones generales sobre corporalidades no deseadas y recibir miradas (o no recibirlas) entre otras vivencias las han hecho ver su cuerpo o estilo como un objeto problemático. Destaca también durante el estudio la conversación sobre el efecto de la comparación con otras personas y sobre todo esta comparación al implicar amistades. Se nombraba la autocrítica ajena como un contexto que llega a ser hasta doloroso, como comentarios de amigas respecto a su propio cuerpo como “que horror, me estoy poniendo gorda” o “tengo un grano asqueroso”.
Otro de los puntos de discusión pasa a ser el concepto del “autocuidado” y cómo se percibe y vive este acto. Acerca de ello, se dividen diferentes voces, señalando algunas de ellas que el autocuidado puede llevar a procesos dolorosos o exhaustivos, hasta voces sobre cómo algunos actos de autocuidado pueden ser procesos bonitos y divertidos, pero no excluyéndose una idea de la otra. Nos encontramos ante explicaciones de autocuidado que se realizan por rutina y pueden resultar sacrificados, como la depilación o el deporte; y se habla también de otros actos que pueden situarse en este marco y se tratan desde una perspectiva algo más positivista, hablando del acto de maquillarse o vestirse como una parte muy entretenida de algunos eventos, pero sin librarse aún así de la presión de “estar guapa”, ya que llega a ser una preocupación que hace que las emociones de las participantes puedan verse mermadas, transmitiendo esta idea a través de frases como “y no te ves bien, y estoy de fiesta y no disfruto porque pienso en que no estoy guapa”.
Entre los relatos hablados sobre la relación entre el autocuidado y el ideal estético, se nombra el ejercicio físico como un tema fundamental de debate. Este se nombra inicialmente como un proceso de autocuidado con fines de desarrollar una vida saludable, pero a través del debate se habla del deseo no tan enunciado de cambiar el cuerpo con fines estéticos. Se presenta el deseo inconsciente de estar más delgada, y se habla de cómo trata de no hablarse abiertamente de ello porque no es un discurso que se considere apto para su extensión, y se presenta también la vivencia contraria, el deseo de subir de peso y como este no se habla por no ser percibida socialmente como una persona con “derecho” a tener inseguridades corporales. Siguiendo con la conversación sobre físico, se habla de cómo los opiniones de lo físico se reflejan en las opiniones de la vestimenta, ya que a personas con ciertas características físicas se les insta a realzar su figura y ser sugerentes, mientras que a otras se las invita a taparse ya que su cuerpo se clasifica como demasiado vulgar, y este tipo de juicio acaba haciendo que se exprese casi un enfado con el ideal y la visión incómoda hacia el cuerpo. Esta presión se explicó como un fenómeno muy presente en algunos niveles académicos como los primarios y secundarios, pero se señalo como algo positivo la propia presencia de ella en el ámbito universitario y cómo esto había incitado a las participantes a poder realizar prácticas estéticas que en etapas anteriores habían sido duramente juzgadas y burladas.
Las prácticas relacionadas con el pelo y el maquillaje aparecen en los relatos como experiencias complejas y se sitúan como resultado de la presión social, el desarrollo de inseguridades hasta la necesidad de transmitir a otros algún posicionamiento. Algunas expresan como su inicio en el maquillaje respondía a reclamos y comentarios como “que cara de muerta” o también cómo una forma de insertarse en grupos en los que el maquillaje es un elemento cotidiano y extendido. Dichos relatos, reflejan que el maquillaje más allá de una decisión estética, es un mecanismo de protección ante miradas ajenas que ayuda a evitar juicios y exclusión. A su vez, otras reivindican un uso más personal, desde perspectivas indiferentes (“me daba igual como fueran mis amigas”) hasta un medio de comunicación para expresar su estado de ánimo. Esta dicotomía señala como el cuerpo se enfrenta constante debate y corrección, y cómo el individuo batalla con expectativas desde una edad muy temprana. En este contexto, incluso el peinado se convierte en un gesto estratégico, ocultando el pelo sucio o dejando de peinarse para no destacar demasiado. Estos relatos dan cuenta de cómo la estética cotidiana no es neutra ni superficial, sino que forma parte de un sistema de significación en el que las jóvenes transitan entre el deseo de visibilidad, la inserción y la construcción de identidad.
La conversación en torno a modificaciones corporales como tatuajes, piercings y operaciones destaca cómo la estética choca con factores de clase, género y posicionamiento social. La mayoría de las participantes expresaron interés por modificaciones como tatuajes o piercings, aunque esto solía presentarse como un deseo frenado tanto por presiones externas como la familia, o presiones internas como la autopercepción y el no querer enfrentar el juicio social. Destaca el relato de uno de los sujetos sobre cómo le afectaba el hecho de ser mujer a la hora de modificar su cuerpo, expresando que “si fuera un tío me hubiera llenado de tatuajes”, señalando así el hecho de que el cuerpo masculino y el femenino se juzgan de maneras muy diferentes. El contraste entre la aceptación de modificaciones menos intrusivas como los piercings en el cuerpo femenino y la contención con modificaciones más definitivas como los tatuajes refleja el cuerpo femenino visto como un objeto político. Además, se señala el ámbito social como una categoría social que frena la libre modificación corporal, aunque se expresa también el deseo de que el ámbito de estudio y posterior trabajo que habitan no sea de ese tipo.
Respecto a la significación de las modificaciones estéticas, predominó el discurso de que estas deben tener un “significado” personal. Esto puede entenderse como una estrategia que tiene por objetivo dar un sentido a un acto que se lee socialmente como superficial. Aún así, de manera minoritaria, también apareció la idea de modificarse corporalmente como un acto de placer y diversión, sin necesidad de justificar ese acto, y refleja la idea de habitar la corporalidad como un acto de deseo y efimeridad.
A lo largo de la discusión, emergen también conversaciones sobre cómo influyen las modas y la idea de destacar o de no hacerlo. Salen a debate corporalidades presentes en el contexto y sentimientos de admiración, y también pensamientos de por qué no llevaban a cabo expresiones estéticas tan disidentes o destacables como las que pueden observarse, saliendo voces de gustos personales y también discursos sobre como el modo de vida en el que estamos envueltos no da espacio a que trabajemos en nuestra corporalidad desde fuera del molde social. Se habla de las prácticas estéticas como un acto de comunicación, y que como incluso ir de manera consciente según el ideal transmite también mensajes. Es contradictorio que tras el discurso de comodidad dentro de estéticas más sencillas surja la idea de no querer ir igual que el resto, lo que sitúa la estética en un línea de difícil comprensión para los individuos.
Además, la mirada familiar se señala como una fuente primaria de inseguridades y pensamientos acerca del cuerpo, y se destaca como muchos pensamientos obtenidos de esta institución han acabado siendo permanentes en lo inconsciente.
La estética, en este sentido, aparece como un espacio de tensión constante: entre el deseo propio y la mirada del otro, entre lo político y lo práctico, entre el canon y la subversión. El cuerpo, lejos de ser un lienzo neutro, es experimentado como un campo de batalla simbólico, cargado de normas, deseos, contradicciones y resignificaciones.
Discusión
Desde la normada perspectiva crítica del cuerpo de Foucault, es evidente que las experiencias recogidas en el estudio reflejan la idea del disciplinamiento y regulación de los cuerpos. Comentarios que podían llegar a parecer irrelevantes, no son hechos separados, sino una representación del entramado normativo que produce cuerpos legibles, aceptados o desviados. Estos comentarios se leen como micro prácticas de poder que crean mandatos estéticos en el cuerpo desde edades tempranas, creando sujetos que aún desde la discordancia, actúan muchas veces conforme las normas impuestas. Algunas de las prácticas descritas por las entrevistadas reflejan cómo el poder opera no únicamente en lo externo sino desde una interiorización de lo que debe ser el cuerpo.
Judith Butler nos ofrecía también una clave esencial para comprender cómo los sujetos no solo habitan un cuerpo, sino que lo performan de manera constante. Las preocupaciones reflejadas como no sentirse guapa en ciertos contextos o evitar algunas prendas por opiniones ajenas revelan que el cuerpo no es una superficie neutra, sino un lugar en el que se repiten, a veces involuntariamente, guinness de género y belleza. La identidad femenina, en este marco, no se descubre sino que se construye a través de actos de género,como el vestuario y las formas de habitar el espacio. Así, las prácticas dejan de ser actos triviales para leerse como actos performativos con significación social.
Desde la fenomenología, el cuerpo es la condición de posibilidad de nuestra experiencia del mundo. Las narrativas reflejan cómo la corporalidad es vivida no solo como una superficie para ser vista, sino como un mediador que organiza afectos, recuerdos y posicionamientos, las emociones negativas ligadas al juicio ajeno, como la vergüenza o la incomodidad no se experimentan fuera del cuerpo, sino en él. Igualmente, prácticas como maquillarse para expresar un estado de ánimo o transmitir un mensaje, o no utilizar ciertas cosas para no destacar son ejemplos de cómo el cuerpo es vehículo de la subjetividad, pero a su vez un espacio de negociación con las expectativas sociales.
El autocuidado muestra ambigüedad, dado que aparece en parte como una práctica impuesta y agotadora, pero aparece también como un espacio de disfrute o expresión personal. Esta tensión ilustra cómo los discursos hegemónicos sobre el cuidado de sí mismo se entrelaza con prácticas de control disfrazadas de elección. Foucault advertía que el poder moderno no sólo reprime, sino que invita a cuidar de uno mismo, produciendo sujetos responsabilizados de su propia conformidad. En este sentido, incluso aquello que se presenta como una elección personal está mediado por estructuras de poder.
Tal como se señala en el marco teórico, prácticas como los tatuajes o los piercings constituyen formas de inscribir en el cuerpo una biografía, un deseo o un posicionamiento. Los sujetos reflejan esto al vincular las modificaciones con significados personales, pero también con límites sociales relacionados con género y clase. Algunos testimonios revelan la dimensión política que enfrentan los cuerpos femeninos. A su vez, también hay voces sobre el derecho a modificar el cuerpo por placer o libertad, lo que construye también un mensaje político y social muy fuerte acerca de la propiedad de los cuerpos.
Prácticas diarias sobre maquillaje, vestimenta y peinarse aparecen como formas de comunicación social. En el contexto universitario en el que las presiones parecen atenuarse, los estudiantes vislumbran un espacio de mayor libertad respecto a las estéticas, aunque se destaca la idea de que no es una experiencia extendida a todos los ámbitos universitarios. Aún así, las presiones estéticas no desaparecen por completo, ya que se arrastran aquellas que se viven en etapas anteriores y en espacios no académicos, lo que sigue señalando al cuerpo como un texto colectivo, en el que cada elección está cargada de significados.
Finalmente, lo más destacable de los relatos es la idea del cuerpo como un territorio en disputa, ya que más allá de lo puramente físico, es un espacio de convivencia para lo político, lo emocional y lo social. Al mismo tiempo, la familia, la escuela y los grupos aparecen como instituciones que inscriben normas, generan inseguridades y se reproducen modelos estéticos. Sin embargo, también hay posibilidades de creación de sentido propio y de reapropiación. Tal como plantea el marco teórico, estas prácticas no deben ser leídas como prácticas individuales sin relación con el contexto,sino como actos profundamente cargados de sentido, en los que se negocia la identidad, el quién se es, quien se quiere ser y como quiere habitar el espacio.
La etnografía presentada se enfrenta a diferentes complicaciones en su desarrollo. Por un lado y la más notable, existe una incapacidad para llegar a voces masculinas dada su baja presencia en el ámbito de estudio, existe una presencia masculina y de una amplia diversidad de identidades de género en el entorno cuyo relato posiblemente cambiase los resultados pero el acceso es limitado. Por otro lado, este estudio podría llevarse a otros espacios académicos siempre y cuando vuelvan a realizarse los grupos de estudio y las encuestas a estos para que los resultados se ajusten lo más posible a la realidad. Por último, en el desarrollo inicial del tema se reflejan unas ideas de resultado que han podido llegar a sesgar de manera ínfima la forma de proceder con el análisis.
Conclusiones y recomendaciones
Tras la recogida y análisis de información pueden resaltarse grandes datos, tanto positivos como negativos. En cuanto a nuestro espacio de investigación, las vivencias respecto a la presión social podrían clasificarse como positivas, dado que los participantes señalan este contexto como un entorno muy seguro para desarrollar prácticas estéticas de todos los tipos con la mayor comodidad posible. No se observan testimonios sobre vulneración o juicios conscientes en el aula, ni por parte del profesorado ni por parte de otros estudiantes, mientras que si se cuentan ese tipo de vivencias en otros ámbitos lectivos como otras etapas como primaria, ESO, Bachillerato o incluso en espacios del mismo nivel pero de diferentes ramas, como puede ser el caso de facultades de otros grados en los que quizás si se esperan unas prácticas estéticas mucho más específicas y marcadas.
El estudio evidencia que la estética cotidiana no es una práctica carente de significado, sino una tecnología de género y clase, que regula y moldea los cuerpos desde cortas edades. Los sujetos relatan experiencias de varios tipos que revelan la interiorización de un ideal normativo de belleza. Esto se alinea con teorías como las de Foucault y Butler. Lejos de tratar de una cuestión de autoimagen inseguridad individual, las experiencias explican como la relación corporal y las complicaciones y ellas nacen en lo social y está atravesada por diversas instituciones y se manifiesta a través de prácticas corporales repetidas. La preocupación estética no es superficial, sino una estrategia para evitar el juicio social o la exclusión, lo que resalta el carácter político del cuerpo.
El autocuidado aparece como un territorio ambivalente en el que coexisten prácticas impuestas por el canon y actos de disfrute o expresión subjetiva. Esta convivencia de ideas revela cómo la idea del autocuidado puede acabar siendo una trampa en la que el sujeto es el único responsable de su conformidad con el ideal.
Las decisiones estéticas son comprendidas por las participantes como medios de comunicación emocional y de construcción identitaria. De esta forma, el cuerpo se convierte en un lenguaje que transmite pertenencia, estados de ánimo o posicionamientos ante la norma. Esta dimensión performática de la estética refuerza la idea de que el cuerpo es una construcción social en constante negociación.
Las modificaciones estéticas también se enfrentan a dos posiciones, por un lado, se explican como actos de autonomía y expresión personal, y por otro, están sometidos a juicios de género y de clase. El cuerpo se somete a regulación y una amplitud de voces necesitan justificar las modificaciones bajo una significación, esa “biografía viviente”, pero existen a su vez las voces que reclaman las modificaciones como gesto de resistencia, reapropiación y simple gusto.
A diferencia de otras etapas, el contexto universitario en el que se realiza el estudio se percibe como un entorno tolerante con disidencias estéticas. Esta supuesta seguridad no elimina al completo la presión social, pero sí ofrece nuevos horizontes de experimentación con la expresión estética. Esta observación sugiere que los entornos institucionales pueden jugar un rol clave en la reproducción o cuestionamiento de las normas estéticas.
Existen diferentes posibilidades de intervención. En primer lugar, podría contemplarse la posibilidad de diseñar programas formativos desde la educación secundaria hasta la universitaria que aborden críticamente los mandatos estéticos, las construcciones de género y el impacto de los discursos sociales sobre el cuerpo. Esto puede incluir talleres, debates o asignaturas específicas que invitan a cuestionar los ideales normativos y fomentar el pensamiento autónomo sobre la corporalidad.
Se podría también fomentar actividades y entornos (en universidades, centros culturales o asociaciones juveniles) en las que las personas jóvenes puedan experimentar con su imagen y estética sin temor a la sanción social. Esto implica garantizar un entorno de respeto y no discriminación hacia las corporalidades no normativas, y puede incluir desde ferias de expresión corporal hasta campañas de visibilización de cuerpos diversos.
Otra opción es implementar formaciones obligatorias para profesionales de la educación sobre cómo sus comentarios, actitudes o acciones pueden reforzar estereotipos corporales o afectar la autoestima de estudiantes. Esto ayudaría a frenar la reproducción institucional de violencias simbólicas sobre el cuerpo.
En rasgos mucho más amplios, las universidades y centros educativos pueden desarrollar campañas institucionales para sensibilizar sobre las microviolencias estéticas, visibilizar sus efectos psicológicos y emocionales, y promover una cultura del respeto y la aceptación corporal.
La creación de grupos de apoyo o espacios terapéuticos accesibles donde jóvenes puedan compartir experiencias relacionadas con la presión estética, el juicio corporal o la autopercepción. Estos espacios deben promover el cuidado colectivo y la validación emocional, especialmente para quienes han vivido experiencias de violencia simbólica o corporal podrían representar una vía de eliminación de la presión estética.
Dentro de las instituciones, debería evaluar críticamente las normativas sobre apariencia y vestimenta en instituciones educativas y laborales para asegurar que no reproduzcan sesgos de género, clase o normatividad corporal. Garantizar la libertad de expresión estética sin que esta implique penalizaciones explícitas o implícitas.
Por último, apoyar prácticas artísticas juveniles (como el maquillaje creativo, los tatuajes, la moda disidente o la performance corporal) como formas legítimas de expresión política e identitaria.
Esta investigación antropológica podría ampliarse hacia otras identidades de género, otros ámbitos universitarios e incluso a rangos de edad correspondientes a otras etapas académicas como la secundaria y así ajustar los resultados y recomendaciones al grupo específico con el que trabajemos.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.

Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión