a veces pienso que quise otra vida
pero la memoria —ese archivo humedecido— revuelve todo
y me devuelve un estante a punto de caerse
hay días en que despierto
y no sé quién está usando mi cuerpo:
una pieza tirada en alguna mesa ajena,
útil,
herida,
sin dueño
camino sin rumbo,
pateo una zapatilla vencida,
escucho el nudo del tiempo
apretándose en mis tobillos
la casa no habla
pero algo en sus puertas pesa distinto
y las ventanas respiran un aire que no reconozco
yo antes reía solo,
eso recuerdo,
aunque se parezca más a un sueño
que a una escena real
ahí empezó todo, creo:
el bajar la voz,
el miedo al ruido de tu sombra
—esa tormenta plegada que traías a cuestas—
y mi voz achicándose
hasta caber en tu bolsillo
hubo un instante chico,
un punto mínimo,
en que dije que sí
para que nada cediera:
ni vos,
ni yo,
ni la noche suspendida sobre nuestras cabezas
después vino el encogimiento:
una evaporación lenta,
una manera de desaparecer sin aviso
ni protesta
ni ceremonia
la barba avanza
en lugares que no miro,
la ropa vieja me cubre
y arma una carpa minúscula
para aguantar la intemperie interior
mis manos olvidaron su origen;
buscan herramientas
en rincones que ya no existen
no puedo decir “estoy triste”,
la palabra no entra,
lo que siento es un desarme sordo,
una lámpara que insiste
y al final cede
dentro de mí hay un pozo,
un descenso sin paredes,
un lugar donde el cuerpo cae
pero no golpea
cuando discutimos
algo se enciende en el pecho:
no es rabia,
no es miedo,
es un circuito gritando
con los cables al aire
las frases intentan nacer,
pero se empujan, se traban,
se rompen en la garganta
antes de encontrar salida
y entonces llega eso otro,
lo que no quiero,
pero igual me habita:
ese tirón desde atrás,
esa fuerza que usa mis manos
y golpea la mesa,
quiebra las tazas,
deja el aire tenso
con restos que no sé reconocer
veo tu susto,
ese paso atrás,
los hombros cayendo,
y la vergüenza me atraviesa
más lento que un vidrio caliente
pero igual me corta
necesito ayuda
lo digo,
lo pienso,
lo escribo,
lo vuelvo a decir
aunque nadie esté escuchando
porque si sigo ardiendo
sin nombre,
sin forma,
sin salida,
voy a terminar incendiando
lo poco que todavía me importa
a veces creo que queda algo:
una astilla,
una sílaba resistiendo en el polvo,
un gesto temblando en la penumbra
si llega a encenderse
aunque sea un instante,
si aparece un tornillo brillante
entre tanta sombra,
me alcanzará
para empezar
sin ruido,
sin fuego,
sin desaparecer del todo

Giovanni Battista Manassero
Escribo para encontrar lo extraordinario en lo cotidiano, entre el absurdo, la nostalgia y el mate bien amargo.
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