Caminaba por una vereda interna del enorme edificio que es nuestra universidad. Te escuché reír desde lejos, reconocí al instante tu aguda risa. Caminabas entre tus amigos, entre empujones y bromas. Se sentaron en la entrada y competían a ver quién lograba escupir más lejos.
Me viste pasar, incluso aunque intenté apurar el paso y no ser visto. Cada vez que intenté que no me vieras tuviste la habilidad institiva de verme. Seguí caminando por el pasillo que se dirige a la biblioteca sin ninguna intención de leer pero con muchas imagenes en mi cabeza que no lograba procesar. Nunca fui fanático de las preguntas sin respuestas, o de las respuestas que no dependian de mi enorme habilidad de formularlas.
Me vibra el celular en el bolsillo.
Él: te espero donde siempre
Claro, estaba yendo hacia donde siempre, donde entre libros y besos me juraste que ibamos a encontrarle "la vuelta" a esto. Caminaba hacía el mismísimo lugar en donde, por primera vez, me hiciste sentir que quizás estaba listo para volver a probar una vez más. Probar que podía ser visto. Probar que podía encontrarme en los ojos de alguna persona para la que mi nombre en una pantalla significara el mundo. A la que el solo roce de mis dedos despertara una repentina sensación de excitante incomodidad.
No te contesté. Entré y me puse a mirar libros al azar. Nunca me había detenido tan ausente y ajeno a la realidad a agarrar libros y solo sentír su peso en mis manos.
- Ese ya lo leíste.
Me asustó su rapidez. Me asustó su capacidad de recordar que una vez le recomendé ese libro porque lo había leído y me gustó. Me asustó no saber qué decir. Solo sé que estaba ojeando una página de ese libro porque recuerdo haberla subrayado, cuando de la nada, como si nada hubiera ocurrido, ahí estaba. Apoyado en el mostrador vacío de una biblioteca tan desierta que incluso el encargado no estaba a la vista. Seguí mudo.
Dijo mi nombre. Solo dijo mi nombre. Lo dijo entero, como a mi me gusta que diga mi nombre. Dijo mi nombre con un tono de voz que al día de hoy no entiendo. Dijo mi nombre de una forma que me hizo dolera la panza. Dijo mi nombre después de haberse ido sin saludar. Dijo mi nombre.
- Creo que te debo una disculpa.
Esa tarde, nos encontramos en una plaza de árboles frondosos a cinco minutos de la universidad. Habíamos caminado por largo rato, y el sol del otoño comenzaba a pintar naranja la escena. Todo podría haber sido una escena de la película más hermosa y más dulce que hubiera podido imaginar si no hubiera cometido el error de agarrarle la mano.
Tenemos veintitantos años. Vivimos en una ciudad en donde nadie se alarmaría de ver dos hombres quererse. Los dos tuvimos parejas, los dos amamos, los dos sufrimos. Me sigo preguntando por qué cometí el error de agarrar su mano. Todavía me sigo preguntando por qué me quedé callado cuando sentí como lentamente y sin intenciones de crear ninguna escena él me la soltó y levemente aumentó su velocidad de caminata.
- ¿Viste cuando no podés...
No terminó la pregunta. Se escuchó el ruido de la puerta. Se dio vuelta. Se alejó sin mirar atrás. Lo vi irse y encontrarse en el pasillo con su mejor amigo. Ese que nunca tuve el placer de conocer en un año entero de besarme con él en el estacionamiento de mi edificio cuando me dejaba despues de la materia noctura que compartíamos.
Sin mirar atrás. Dejándome atrás, con la vivencia en carne de saber lo que siente un fantasma. De repente, me sentí un estante lleno de libros que todos los días esperan ver pasar miles de personas que ojean sus títulos y siguen de largo. Era una mesa de lectura con su luz dulce y cálida que solo se propone cuidarle la vista a los lectores y luego ser apagadas hasta la próxima vez.
¿Cuando no podés qué?
Hace un año, desde la primera sonrisa que me hiciste en el pasillo que venimos "pudiendo". Pero quizás sea eso. Quizás sea que lo que podés vos y lo que puedo yo no es lo mismo. Quizás el hecho de que hace cinco días que se cumple un año del día ese que te crucé en la esquina de mi departamento. Y hablamos por primera vez. Y quizas eso te recuerde que hace un año que hacés el amor con alguien que muy probablemente no menciones. Que probablemente continuamente frenes el impulso de contar algo que viviste conmigo y solo conmigo.
Seguí parado por un rato, con el libro en la mano, mirando hacia el pasillo. En ese breve espacio de tiempo entraron y salieron varios compañeros nuestros. Algunos de ellos seguramente te vieron caminar por el pasillo, sin saber que no estabas mirando hacia atrás. Algunos de ellos seguro me vieron mirando hacia el pasillo y no notaron la estela de tu ausencia. Algunos de ellos probablemente no percibieron las astillas de un pedacito de mi alma que acaba de triturarse. Quizás nunca nadie sepa que en ese lugar, al costadito del primer mostrador grande de la biblioteca verde del sector sur yace en el suelo un fragmento mío que acaba de, simbólicamente, morirse.
Salí de ahí. Doble por el pasillo que da a la entrada trasera de la facultad. Cuando llegue a la mitad, me di cuenta que hacía diez minutos que no paraba de llorar. Había vuelto a sentir tus dedos desenredarse de los míos. Había vuelto a sentir la angustia de esperarte en la puerta del cine y que no llegaras. Había vuelto a revivir en mi mente cuando borraste mis chats y mi conversación en frente de mi.
Apoyé mi espalda en la pared fría del áula 1.7.
Vibró mi teléfono.
Me estabas llamando.
No atendí.
Miguel escribe cosas.
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