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cubículo post-amargura.

Sep 22, 2025

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la chaqueta roja, desgastada en los bordes y con un olor a cuero viejo que nunca terminó de irse, había sido un hallazgo accidental en una tienda de segunda en itaewon. la había comprado como quien adopta una piel nueva, un disfraz para noches en las que quería ser alguien distinto. aquella madrugada la llevaba abierta, con el pecho apenas cubierto por una camiseta sin mangas, el sudor marcando sombras sobre su clavícula. los jeans ajustados tensaban cada movimiento, como si el cuerpo reclamara una libertad que él mismo se negaba.

la fiesta estaba en hannam-dong, en un edificio alto desde cuya terraza se alcanzaba a ver el río han dormido bajo las luces. todo allí tenía el sabor de lo prohibido: vasos de cristal demasiado caros, música que vibraba hasta quebrar el aire, cuerpos que se chocaban en la penumbra como si nunca fueran a volver a tocarse. entró como un extraño, pero pronto se deslizó como un rumor. besó labios de desconocidos, dejó que algunos lo acariciaran como si fuera suyo, sintió dientes hundirse en su boca y manos extraviadas tantear la tela roja de su chaqueta. era un ciervo cercado y al mismo tiempo el cazador, dejando rastros de sí en cada roce, en cada mordida.

y entonces, entre el humo y el eco de la música, lo vió. un rostro que despertaba algo enterrado, una figura que se le antojaba parte de su memoria aunque no pudiera nombrarla. no recordaba el nombre, quizá nunca lo supo, pero había una familiaridad en la respiración, en la manera en que aquel ser lo miraba como si hubiera esperado todo este tiempo. las palabras sobraron; bastó el roce de una mano, el temblor compartido, para arrastrarse juntos al baño de la discoteca. el cubículo se convirtió en un santuario roto: paredes húmedas, cerámica helada, el golpeteo de la música filtrándose por debajo de la puerta. allí, entre jadeos y empujones, dejó que su cuerpo se desbordara. por fin recordaba esas palmas matequillosas que sabían depravar; la pequeñez del cuerpo ajeno que hace mucho tiempo no sentía y la cogida de su vida. lo que lo desgarró no fue el contacto en sí, sino la voz que lo llamó por su nombre, desgarrada, hundida en un gemido que lo atravesó hasta dejarle el flujo sanguíneo en calma. su pelvis quedó empapada por la precoz personalidad aquella, no sabía si de sudor, de lágrimas o de esa mezcla inconfesable de deseo y derrota. el frufrú de las prendas y la humedad eran la delicia de la escena pornográfica, casi-barata.

cuando salió del lugar, se sentía casi moribundo. el amanecer lo golpeaba sin compasión: el sol trepaba sobre seúl, clavándose hasta en sus pestañas. el cigarrillo que encendió al salir tenía un sabor amargo, demasiado real, como si el humo le recordara que aún estaba vivo a pesar de la resaca del cuerpo. caminó con la chaqueta arrastrando el olor de la noche, con la certeza de que todo aquello no era más que otro episodio que se borraría en el ciclo de su rutina.

había algo cruel en aquella normalidad que lo reclamaba. como si después de cada desborde, de cada mordisco y de cada voz pronunciando su nombre en la penumbra, todo debiera reducirse otra vez al silencio.

y, con los labios todavía entumidos por besos de desconocidos, la dermis sensible por el anecdotario erótico del cubículo, supo que no había más opción que seguir. seguir hundiéndose en el humo, en la música, en esa vida donde siempre amanecía un poco más roto.

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