Desde hace novecientas noventa y seis horas el color se puso en pausa.
Mis ojos ya no distinguen qué verde es más bonito
ni si el azul es azul o apenas gris.
La diferencia se borró.
¿Qué queda después de algo que te despierta?
El único huracán que logró tocar el suelo de mi piel
y luego se fue.
La ironía de sentirse tranquila
mientras cuelgas las tripas
en cada palabra que le dices a los amigos,
en cada vaso de cerveza,
en cada copita de ron.
El alma gotea en el balcón de un barrio que no conoces.
Todo parece correcto
y, sin embargo, se extraña
como si alguien hubiese muerto.
Quizás eso es lo que duele:
saber que sigue con vida,
que sigues viva,
que ninguna murió.
¿De dónde se saca la energía para vivir?
Me meto la mano al pecho y toco el corazón.
Aún palpita.
Aún vivo.
¿Y ahora?
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