Entonces llegará el día. No sé cuándo será. Pero llegará. Vamos a estar todos juntos. Alguien va a tirar la idea de hacer una ronda y arrancaremos a contar historias imposibles.
El primero va a decir que una tarde escuchó hablar a Jesús, ahí entre la gente, como uno más. Después vendrá alguien que dirá que nació en Egipto cuando todavía levantaban las pirámides. Alguien hablará de Roma y de la inauguración del Coliseo. Otro recordará la entrada triunfal de Juana de Arco en Orleans. Un hombre contará que pasó una noche en Viena escuchando a Mozart tocar el piano. Después vendrá la historia de una chica que asegurará haber caminado por las calles de Nueva York, en los años 20, junto a Francis Scott Fitzgerald y Zelda Sayre. Alguien contará que vio despegar el Apollo 11 rumbo a la Luna. Y un chico dirá que escuchó a los Beatles cuando todavía eran cuatro pibes que no conocía nadie.
Todos van a contar sus experiencias, felices de haber estado ahí. De haber sido contemporáneos. Yo voy a escuchar en silencio. No voy a interrumpir a nadie. No voy a tener necesidad de apurarme. Pero cuando llegue mi turno, voy a ponerme de pie y voy a decir que yo vivía en Argentina en la época de Messi.
Ahí va a pasar algo. Todos me van a mirar con los ojos bien abiertos. Yo voy a hacer una pausa. Una pausa larga. Después voy a seguir. Voy a decir que lo vi salir campeón del mundo, en 2022, contra Francia, en aquella final que terminó definiéndose por penales. Ya un poco agrandado, voy a decir que cuatro años más tarde seguía viviendo en Argentina. Que pude ver cómo un país entero volvió a creer en algo gracias a unos tipos y a una simple pelota de fútbol. Que vi a millones de personas felices salir a la calle. Que vi cómo Inglaterra empezó a meter el culo contra el arco. Que después de ponerse 1-0 pensaron que ya estaba terminado. Que la historia ya estaba escrita. Pero no. Porque Argentina siguió yendo. Una vez. Y otra. Y otra. Voy a decir que vi el instante exacto en que esos ingleses se cagaron hasta las patas. Que los vi pedir agua. Que los vi mirar el reloj. Que los vi esperar que algo o alguien los salvara. Pero no había nada ni nadie que pudiera salvarlos. Porque entonces llegó Enzo Fernández y empató el partido. Y después Lautaro clavó el 2-1. Y Argentina volvió a quedar ahí, a un paso de ser campeón del mundo. Con Messi. Siempre con Messi. Como si el fútbol, después de tantos años, hubiera decidido devolverle todo lo que le debía.
Ahí voy a terminar. No voy a explicar nada más. Nadie va a decir una palabra. Algunos me van a mirar en silencio. Otros van a bajar la vista. Yo voy a dar media vuelta y me voy a ir caminando lentamente, sonriendo. A lo lejos voy a escuchar algunos murmullos. Pero ya no me va a importar.

Niyén Pibuel
voy por la vida muy tranquilo y sin apuros porque para mí es excesivamente larga y cada tanto aburrida :)
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